Vez una se era una hermosa puesta de sol. Su cálida luz anaranjada bañaba los cuerpos entrelazados de un caballero y su amada, perdidos en un beso eterno. Una mano enguantada se anidaba entre los rizos dorados de la bella damisela. Ambas figuras permanecían perfectamente inmóviles, como congelados en el tiempo por algún encanto, igual que todo el paisaje a su alrededor. Ni el viento mecía los árboles, ni los pájaros batían sus alas. El mundo se había reducido a una mera pintura, un solo instante sin comienzo ni fin. Y entonces el sol emprendió un largo viaje del oeste hacia el este.
La damisela abrió los ojos, separó sus labios de los del caballero, y retrocedió un par de pasos con una gran sonrisa en el rostro. El hombre la miraba con una expresión de alivio que poco a poco cedió ante la angustia, puntuada por un ceño fruncido. La chica caminó en reversa hasta sentarse en una silla de piedra, mientras el guerrero seguía retirándose hacia unas escaleras de caracol. Al perder de vista a su amada, sacó una espada de su vaina. Descendió los peldaños corriendo hacia atrás. Jadeaba por el esfuerzo. Cuando llegó a la base de la torre, miró hacia arriba y vio a la damisela, quien le dirigía una mirada llena de esperanza y una pizca de miedo. El caballero le llamó con un grito, y ella se escondió detrás de una cortina.
El joven exhausto miró por encima del hombro y vio un enorme dragón que yacía muerto en lo alto de una colina. Una jabalina ensangrentada salía de uno de sus ojos esmeraldas. El guerrero se agachó, luego se acostó en el suelo y comenzó a rodar cuesta arriba hasta llegar a la altura de la bestia. Agarró la lanza, viendo cómo se le insuflaba vida a la criatura. Ambos levitaron y describieron un gran arco parabólico en el aire. Gotas de sangre regresaron al ojo reptil y lesionado, que las absorbió rápidamente. Aún aferrándose al arma blanca, el hombre se separó del monstruo y voló hacia su corcel blanco, cual marioneta tirada hacia atrás por una cuerda invisible. El dragón lo vio con temor, luego pánico, después furia y odio a la vez que succionaba una gran bola de fuego por la boca.
El hombre aterrizó sobre el caballo con gracia, los pies primero, luego se sentó en la silla de montar. La yegua bajó una colina al galope, moviéndose en reversa. Fue cada vez más despacio, llegando al trote, luego caminando. Se paró al lado del cuerpo de un soldado caído, que aún sostenía un escudo chamuscado. A su mano muerta y rígida el caballero le devolvió la lanza, antes de mirar hacia arriba. El engendro alado surcaba el cielo en zigzag, aspirando largas hileras de fuego que regresaban con violencia a sus tripas.
Una llama abrasadora se extinguió, revelando a un jinete cuya piel cambió de un tono negro quemado a uno más rozagante y saludable. A medida que el dragón chupaba sus propias flamas, le devolvía la vida a más soldados. Soltaban alaridos de pavor, balbuceando palabras incomprensibles. Aunque no por mucho tiempo. Mientras más crecían en número, más firmes se volvían sus gritos de guerra. Sus rostros expresaban valentía y coraje. Flechas y jabalinas quebradas se recompusieron y se levantaron del suelo, volando por el aire para regresar a sus dueños como atraídos por un imán. Cuando el último caído había resucitado, el dragón se comió una chispa final y subió en picada hasta desaparecer tras las nubes. Los jinetes se unieron y se organizaron en formación militar. Se retiraron hacia la seguridad de la ciudad amurallada.
El rebobinado del tiempo se aceleró.
La caballería regresó al pueblo como un escuadrón de héroes, la última esperanza de aquellas tierras. Volvieron a sus casas, besaron a sus esposas, se quitaron la armadura y reanudaron sus vidas cotidianas. El mensajero real se despidió del último guerrero y cabalgó en reversa hasta el palacio. Subió la escalinata y habló con el rey, quien se veía primero airado, luego devastado, de corazón roto. El servidor le informó que su hija había sido secuestrado por un dragón, y su majestad recuperó la compostura.
El único testigo de lo sucedido terminó su relato ante los cortesanos y con prisa desanduvo el camino hasta aquella maléfica torre. Constató con terror que la princesa estaba allí presa, luego escuchó un grito de socorro proferido del ventanuco más alto, y después caminó tranquilo hasta su finca en las estribaciones de la sierra. El sol se metió en el este y salió por el oeste. Una y otra vez. Con cada día que pasaba, se acaballan los rumores de que un dragón rondaba por aquellos lares.
Una mañana, o tal vez por la tarde, la damisela dejó de llorar y bajó resignada por las interminables escaleras de caracol. Al llegar a la base de la torre, una mujer encapuchada quitó una cerradura y le abrió la puerta. La agarró del brazo y jaló, forcejeó con ella y caminó hasta el dragón que las observaba con sus pupilas frías de reptil. Se la entregó. La criatura envolvió a la chica por la cintura con unas garras filosas. Extendió sus alas descomunales y despegó sin ni siquiera batirlas, mientras su ama desaparecía entre las sombras.
La damisela se retorcía a lo largo del vuelo vertiginoso. La sangre seca en su torso volvió a un estado líquido y entró por sus heridas; su piel volvió a estar lisa y suave, sin marcas. Los jirones de su vestido se zurcieron y se repararon con cada movimiento del dragón, quien acomodaba el peso de la muchacha entre sus garras. Aterrizaron en un hermoso jardín con un aleteo agitado, meciendo los árboles con rachas de aire. La criatura escamosa soltó a su presa, quien chilló con espanto. Se tranquilizó al perder de vista al dragón, quien saltó hacia el bosque y se escondió entre las sombras. La chica desanduvo el largo sendero florido hasta el palacio real, felizmente ignorante del peligro que acechaba a escasos pasos de ella.
Tras otra puesta de sol por el este, un zumbido esotérico emanó de una choza anidada en las montañas rocosas, lejos de las miradas indiscretas. Toda suerte de amuletos, hierbas y cráneos adornaban sus paredes. Sentada en medio del único cuartucho sucio y oscuro, iluminada apenas por una vela mortecina, una bruja revolvía algún mejunje en un caldero. Las brasas debajo de él cobraban vida, irradiando una luz roja cada vez más intensa. El rictus inquietante grabado en los labios de la anciana se desdibujó cuando esta comenzó a murmurar encantos en un latín adulterado. Sacó un ojo de lagarto del turbio líquido burbujeante y lo puso en la mesa al lado de ella.
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Una carcajada antinatural sacudió la casucha. La hechicera abrió un pesado libro y recorrió sus páginas amarillentas con un dedo arrugado y torcido. Sonrió, revelando dientes ennegrecidos.
Un silencio de ultratumba se apoderó del lugar. Ni los búhos ululaban, ni una solo burbuja surgió del caldero. El mundo se convirtió en una especie de pintura lúgubre, sin vida ni el menor movimiento.
Hasta que la bruja sonrió de nuevo.
Volvió a pasar su dedo maltrecho por aquellas páginas inmundas, esta vez en sentido inverso. Encontró la información que necesitaba y cerró el grimorio. Se rio hasta casi desencajarse la mandíbula.
—Ahora veo todo, querida.
Y era verdad. Veía absolutamente todo.
Agarró el ojo de lagarto y lo echó a la poción hirviente. Gracias a él, la nigromante había logrado observar con total nitidez el fracaso de su plan de cebar a los guerreros con la princesa raptada. El dragón no lograría vencerlos en una batalla de campo abierto. Pero no se preocupaba, todo tenía una solución, sobre todo cuando veía el futuro en todo su esplendor. Solo era cuestión de adaptarse y urdir otro plan mejor. Confiaba en que el caos y las sombras volverían a reinar sobre aquellas tierras.
Una última risa malsana hizo eco por la noche.
