La cloaca

Nadie le cree a un niño, sobretodo cuando dice que ha visto un monstruo. Ni aunque tenga pruebas. Una vez pronunciada “la palabra con m”, da igual lo que dice a continuación. Su versión de los hechos y sus teorías, por lógicas que sean, son descartadas en un parpadeo como los delirios de un chiquillo con una imaginación hiperactiva. Es nuestra naturaleza. Al ser humano no le gusta la oscuridad, ni lo desconocido. Porque nos dan miedo. Y en lugar de enfrentarlo, preferimos ignorarlo. Todo esto lo puede decir en retrospectiva, pero en cierto momento fue una difícil lección. Una que aprendí el día que cumplí doce años.

Lo recuerdo como si fuera ayer.

El sol brillaba, opresivo. El asfalto absorbía sus rayos, intensificándolos hasta convertir la calle en un verdadero sartén. Nos freía vivos. Como de costumbre en Nashville en plena canícula, el aire estaba cargado con tanto vapor que casi nos asfixiaba. La humedad hacía que sudáramos como cerdos. En vano, porque nuestra transpiración ni siquiera se evaporaba para enfriar nuestros cuerpos. Apenas servía para empapar nuestras camisetas, empezando con los inevitables círculos que se dibujaban alrededor de nuestras axilas.

No que le prestara mucha atención en el momento. No, aquel día estaba tan contento que me valían un bledo el calor y los mosquitos que nos acosaban sin piedad.

Porque acaba de cumplirse uno de mis sueños.

El regalo era un Redcat. Para los que no saben, es una especie de cochecito a carreras a control remoto. El obsequio más cool de mi vida. Había querido varios juguetes ese año, pero nada se comparaba con aquello. Y mis papás lo sabían. Afortunadamente habían decidido darme dos, para que pudiera jugar con mi hermano mayor. Y eso hicimos en cuanto terminó nuestra pequeña comida en familia.

—¡Toma eso! —gritó Lucas, apretando con fuerza un par de botones del mando.

Su carro frenó en seco justo antes de dar una vuelta en u. Las llantitas rechinaron sobre el pavimento de la calle. Evitó con gracia las ramas que habíamos colocado en su camino a manera de obstáculos. Me iba a ganar la carrera, y eso no me gustaba ni un pelo.

—No tan rápido —mascullé, tratando de reproducir las mismas maniobras con mi propio cochecito. Sacaba la lengua de manera inconsciente al concentrarme. Un tic de la familia.

Fue inútil. El carro de Lucas cruzó la línea blanca que habíamos dibujado en la calle con tiza. El mío tardó diez penosos segundos más en llegar a la meta.

—Te lo dije, Elijah. Yo siempre gano —anunció mi hermano con una fuerte de dosis de soberbia.

—¡No es justo! ¡Tú empezaste a la de dos, no de tres!

Lucas descartó mi acusación con un gesto de la mano.

—¿De qué hablas? Empezamos al mismo tiempo —Sonrió, engreído—. Y aunque no fuera así, tardaste como medio minuto más que yo en llegar a la meta. Ni al caso.

Mi primer instinto habría sido proferir un insulto bobo, pero antes de que lo hiciera me distrajo un carro que venía hacia nosotros. Era nuestra vecina bonachona, la Sra. Walker, en su viejo Prius azul. La saludé con la mano, sonriendo como si todo estuviera bien en mi mundo. Me devolvió el gesto detrás del volante. A veces ella nos regalaba galletas recién salidas del horno nomás porque le gustaba compartirlas, y a cambio uno solo tenía que ser amable con ella.

En cuanto se metió a su casa, a escasos metros de la nuestra, volví a incriminar a mi hermano.

—¡Hiciste trampa!  Quiero una revancha.

Lucas esbozó una sonrisa satisfecha.

—¿Sabes qué? Podemos hacerlo otra vez. Pero si yo vuelvo a ganar, me debes cinco dólares —Noté un destello artero en sus ojos antes de que continuara—. Y tendrás que decir en voz alta que soy el mejor. Sin excepciones.

De repente sentí calor en mis mejillas. Y no fue por las temperaturas de verano.

A veces me caía re-mal mi hermano. Sobre todo en aquellos años, cuando era prácticamente la definición de un adolescente ingrato. No podía permitir que se saliera con la suya.

—Acepto —le dije, extendiéndole una mano para cerrar el pacto.

Él la apretó con la suya. Sin decir una palabra más, recogimos los coches y volvimos a colocarlos en la posición de inicio. Lucas apretó los botones para acelerar y frenar al mismo tiempo, haciendo que las llantas chirriaran sin que el carro se moviera. Una táctica de intimidación.

Empezamos la cuenta regresiva al unísono. Esta vez, en cuanto pronunciamos la palabra «tres», los dos cochecitos se lanzaron a la carrera en perfecta sincronía. Sin trampas esta vez.

Apreté con frenesí los botones del control remoto, sacando la lengua como de costumbre. Tenía que dedicar cada onza de mi materia gris a la tarea, no podía permitir que Lucas me ganara de nuevo. Los dos carros zigzagueaban velozmente, evitando hábilmente los pequeños obstáculos en la calle.

No sé cómo ni en qué momento empezó, pero el maldito coche de Lucas iba más rápido que el mío. A medida que avanzaba por la carrera de obstáculos, se alargaba la distancia entre nuestros carros. Pulgada por pulgada.

—¿Qué te dije, hermanito? —se mofó Lucas, con una grotesca sonrisa dibujada en sus labios.

—Vete a freír espárragos —repliqué.

Miré ceñudo mientras el carro de Lucas llegaba a la mitad del recorrido un par de segundos antes que el mío. Tenía que hacer algo si quería ganar la carrera. Y rápido.

Tomé una decisión.

Mi cochecito dio una vuelta cerrada en u y apreté el botón del acelerador con fuerza. Mis nudillos se pusieron blancos mientras dirigía el juguete directo hacia una rama a toda velocidad. No iba a parar.

O era una pésima idea, o era la mejor del mundo. Como tantas cosas en esta vida.

—¿Qué haces? —preguntó Lucas con desconcierto, mirando de reojo mi curiosa maniobra.

Quería usar la rama con una rampa, solo tenía que atinarle con el ángulo perfecto…

Lo vi como en cámara lenta.

En cuanto mi coche hizo contacto con la ramita, cogió vuelo. Surcó el aire, describiendo un arco elegante con su trayectoria. Por un instante fugaz pensé que iba a lograr mi meta: saltarme los demás obstáculos de la carrera y adelantarme a mi hermano.

Pero no fue así.

El carro emprendió su ineludible descenso hacia la tierra, y al observarlo se me hundió el corazón. Se había desviado del rumbo que tenía en mente, y ahora el bólido volaba directito hacia el peor destino para un juguete:

La alcantarilla.

Chocó contra la rejilla con un leve clinc.

—¡Nooooooo! —grité a todo pulmón.

Me lancé hacia el cochecito, pero fue demasiado tarde. Se me desgarró el corazón. El mejor regalo de mi vida había pasado por un hueco y caído a las profundidades inmundas debajo de la calle, engullido por el abismo.

—Ay, cabrón —soltó Lucas, igual de sorprendido que yo.

Aún en estado de shock, no le presté atención a la palabrota.

No sabía qué hacer, ni cómo sentirme. Había esperado casi todo un año por ese obsequio, mis papás no solían darnos muchos. Decían que ahorrar para nuestras propias cosas ayudaba a forjar el carácter. El problema es que apenas me pagaban un par de dolarcitos a la semana por ayudar con las tareas en la casa. Quién sabía cuándo iba a poder comprar otro juguete igual.

Empecé a temblar.

Sentí un par de lágrimas formarse en mis ojos.

—Oye —me dijo Lucas, poniendo un brazo sobre mis hombros—. Todo va a estar bien, ¿OK?

Lo miré por un momento, perplejo. Su expresión había cambiado, y por un momento mi hermano pareció preocuparse de veras por mí.

—Sé cómo podemos recuperarlo —continuó.

—¿Re… recuperarlo? —repetí.

Tardé en comprender qué quería decir.

—Sí, lo que dije. El carro no está perdido para siempre, nada más está en el alcantarillado. Y yo sé cómo entrar ahí.

Arqueé una ceja. Nada de lo que decía tenía sentido.

—¿Pero por qué sabes eso? Mamá siempre dice que no debemos jugar donde ella y papá no nos puedan ver.

—¿Y siempre haces lo que mamá te dice?

Ahí estaba otra vez. Ese tonito altivo inherente a los hermanos mayores.

—Pues… no, supongo.

—Eso, hermanito —respondió Lucas, dándome una fuerte palmada en la espalda—. Y créeme que ni se van a dar cuenta. Probablemente están ocupados viendo la tele ahora mismo.

Le eché una mirada furtiva a nuestra casa. Aunque las cortinas de las ventanas estaban abiertas, nadie estaba a la vista. La única luz prendida se encontraba en el cuarto de mis papás, donde con toda probabilidad ya estaban acostados en la cama para ver una película aburrida con puro diálogo y cero explosiones.

Aún así tenía mis dudas sobre lo que proponía mi hermano.

—¿Pero qué tal si nos pasa algo? ¿Quién nos va a ayudar?

—Ay, por favor, Elijah. ¿Acaso eres demasiado gallina para explorar un túnel donde fluye el agüita de la lluvia?

La mera acusación me provocó un súbito rubor. Como para cualquier muchacho de mi edad, la menor insinuación de cobardía era el peor mal imaginable. Tenía que demostrar que ya no era un niñito.

—Hagámoslo, pues.

Era la señal que Lucas esperaba.

Sin pronunciar una palabra más nos marchamos de ahí, dejando atrás la relativa seguridad de nuestra casa.

La caminata no fue tan larga, pero se sintió casi eterna por el calor sofocante. Pisoteamos varios céspedes, demostrando una descarada falta de respeto a la propiedad de nuestros vecinos mientras tomamos el atajo que decía conocer Lucas. Supimos que nos acercábamos al lugar indicado al llegar a un área de pasto triste y amarronado. Como en aquel lote baldío no había aspersores, la sequía hacía estragos más que visibles. A pesar de que el sol ya empezaba a bajar por el cielo veraniego, seguía tan brutal como siempre. La tierra polvorienta bajo nuestros pies absorbía sus rayos con casi la misma intensidad que el concreto.

Anduvimos cuesta abajo por un ratito más hasta llegar a un riachuelo sinuoso. Aunque difícilmente se podía clasificarse como tal, ya que el flujo del arroyo se había reducido a un patético hilo de agua que fluía alrededor de unas piedras. Apenas lograba mojar las colillas de cigarrillo que se esparcían por el suelo. Escudado de las miradas indiscretas gracias a una hilera de magnolios, era el sitio ideal para que Lucas fumara cigarros (y probablemente hierba) con sus compas rebeldes después de la escuela.

—Ahí está —anunció Lucas.

Apuntaba hacia donde desaparecía el hilillo de agua sucia. Un hoyo había sido esculpido en el hormigón, parecía una gran boca inánime empotrada en la ladera de una colina. Una rejilla metálica cubría la apertura, evitando que toda suerte de desechos humanos entraran al túnel. Latas oxidadas, envoltorios de plástico y papel medio disuelto formaban una capa sólida en frente del entramado de hierro limoso.

—¿Tengo que entrar ahí? —pregunté con incredulidad.

Hice un mohín de asco.

—Ay, no seas niñito. No puede estar tan mal —respondió Lucas—. ¿Ves esa colina? Si caminas por ese túnel, te va a llevar directito a nuestra calle. Si te fijas, dimos vuelta en un círculo para bajar hasta acá. Entonces nuestra casa ni siquiera está tan lejos.

—Pero… ¿qué hay dentro del túnel? ¿Alguna vez has entrado?

—Sí, claro. Una vez, cuando jugaba verdad o reto con unos amigos. No había nada, solo olía un poco mal.

Le eché otra mirada desconfiada a la boca del túnel sucio. No sabía si creerle o no.

—Ya, no te rajes ahora. Te estoy tratando de ayudar, ¿eh? ¿Quieres tu juguete o no?

Sus ojos de color azul acero se clavaron en mí. Detecté un destello travieso en ellos.

Aun así acepté el desafío. No iba a permitir que mi hermano se burlara más de mi cobardía.

—OK —pronuncié con voz trémula.

No lo sabía, pero acababa de sellar mi destino.

—Excelente —contestó Lucas, sonriendo de oreja a oreja como el gato de Cheshire—. Sígueme.

Caminé con él hasta la entrada del túnel, contemplando con grima su pinta guarra. Lucas se inclinó para agarrar una sección de la rejilla. Jaló de ella con fuerza. El metal cedió con un chirrido, dejando al descubierto una pequeña abertura. Justo del tamaño suficiente para que cupiera mi cuerpo flaquito.

—¿Qué esperas? —preguntó Lucas con impaciencia—. ¡Anda! No tengo todo el día.

Respiré profundo.

Había llegado el momento de enfrentarme a mis miedos.

Me agaché y bajé la cabeza para pasar debajo de la rejilla. En cuanto mis pies cruzaron el umbral, el metal volvió a su sitio con un sonoro ¡clang! La salida estaba oficialmente cerrada.

Miré atrás por instinto, una parte de mí había esperado que Lucas me siguiera.

—No te preocupes, aquí me quedo para abrirte cuando termines. Y una cosa más —Sacó su teléfono y encendió la linterna. Tuve que entornar los ojos, el brillo repentino me cegaba—. Toma esto. Está muy oscuro ahí dentro.

—OK… gracias —dije, extendiendo una mano para aceptar el celular. No fue precisamente un alivio. Aún no sabía si Lucas hacía todo esto para ayudarme, o si solo quería verme chillar al ver algún bicho salir de un río de caca. Ya podía imaginar su carcajada burlona.

Me volteé y emprendí la travesía hacia lo desconocido.

Decir que el lugar era cochino sería quedarse corto. Había visto basureros más limpios. Con sumo cuidado, evitaba pisar los desperdicios inmundos que habían logrado colarse por la rejilla, la mayoría de origen desconocido y aspecto baboso. Mi mente preadolescente no comprendió qué eran los circulitos de goma translúcida en el suelo, pero en retrospectiva habían de ser condones usados que alguien había tirado ahí con displicencia para esconderlos. El túnel era estrecho y el techo bajo, obligándome a bajar la cabeza en permanencia. En lugar de ver hacia delante, apenas miraba mis pies que chapoteaban un charco interminable de color marrón. Lo peor de todo era el olor. Afuera casi no se notaba, pero en aquel espacio reducido el hedor se volvía asfixiante. Apestaba a cloaca. Es decir, a una combinación nauseabunda de excremento humano, moho y productos químicos variopintos. A medida que avanzaba, aquella peste de mil excusados se acrecentaba.

La iluminación natural del túnel disminuía con cada paso. Me alejaba cada vez más de Lucas, y ahora dependía plenamente del haz de mi linterna para no tropezar con alguna porquería. No distinguía gran cosa al otro lado del corredor de hormigón, solo una negrura intimidante. Esperaba ver alguna abertura más que llevara a la superficie, algo que pudiera confirmar debajo de cuál calle caminaba. Pero no había nada.  Apenas tenía la vaga sensación de ir en la dirección correcta.

Mientras seguía andando por aquel pasaje sombrío y húmedo, nació en mi mente un solo pensamiento:

¿Por qué mis papás aún no me habían dado un celular? Lucas apenas era dos años mayor que yo y usaba el suyo todo el perro tiempo. Eran esenciales para hacer un montón de cosas básicas. Quizá si salía exitoso de esta pequeña aventura me dejarían de ver como un niño y me darían mi propio iPhone.

Al menos podía soñar.

Iba a paso de oruga, en parte porque me costaba horrores ver delante de mí, pero sobretodo porque no quería salpicarme más de lo necesario con aquella agua turbia. Al cabo de unos largos minutos llegué al final del camino, el túnel había desembocado en uno más grande. Formaba una intersección con forma de T. Y eso no lo había mencionado Lucas.

¿A dónde tenía que ir?

Miré a la izquierda, después a la derecha. Barrí la zona con mi linterna, pero no pude apreciar ninguna diferencia. Solo percibí que ahí confluían varios conductos como aquel que había atravesado, probablemente los de todo el vecindario. Por un momento pensé en rendirme y desandar todo el camino. No tenía ni idea de qué hacer a continuación. Después sentí una punzada de vergüenza al imaginar la enorme sonrisa satisfecha que se dibujaría en la cara de Lucas cuando me viera volver con las manos vacías.

—No —me corregí en voz alta—. Tú puedes con esto.

Me armé de valor y tomé un paso hacia adelante, adentrándome en el laberinto de la cloaca. Se escuchaba la corriente de agua, que ahora se había vuelto más caudalosa. Si no fuera por el maltrecho camino de ladrillo a un lado, habría empapado las perneras de mi pantalón. Dada la apariencia opaca de aquel líquido turbio y maloliente, era imposible ver el fondo y por lo tanto calcular su profundidad. Aun así estimé que me habría llegado arriba de las rodillas, como mínimo.

Una rata chilló a lo lejos.

Me sobresalté, soltando un grito por reflejo. El sonido hizo eco por el recinto cavernoso, disminuyendo poco a poco hasta fundirse con un silencio sepulcral.

O casi.

Un gruñido grave surgió de la oscuridad, como respuesta a mi arranque de miedo primario. Debía provenir de algo grande. Muy grande.

No. Eso era imposible. Ya no creía en los monstruos que acechaban en la oscuridad. Eso era cosa de niños chiquitos, me dije.

Ignorando mi pulso que se aceleraba a pesar de mis mejores intentos de calmarme, me enfoqué en mi misión: tenía que encontrar ese condenado juguete.

No tuve que buscar por mucho tiempo, pronto reparé en el brillo de un objeto que yacía en la orilla de aquel río sórdido. Había reflejado la luz de mi linterna al barrer el área. Me agaché para inspeccionarlo.

¡Sí! ¡A huevo! Por fin había encontrado ese carrazo de ensueño en miniatura.

Pero a ver, ¿qué tenía pegado a las llantas?

Cogí el cochecito y lo levanté para verlo más de cerca, iluminándolo con el teléfono. Tenía una especie de hebra finita enroscada alrededor de las ruedas. El hilo estaba bajo tensión. Al cabo de unos segundos percibí que se trataba de un conjunto de pelos babosos, iguales a los que a veces regurgitan los gatos.

¡Guácala!

Tuve que reprimir una arcada, casi vomité ahí mismo.

Sin pensármelo, jalé del juguete para liberarlo de aquel cordel horripilante. No funcionó de inmediato, así que le di otro tirón.

Error garrafal.

En cuanto la hebra de pelos aflojó su agarre sobre el juguete con un plop asqueroso, otro gruñido emergió de las sombras. Uno que hizo vibrar la cloaca en su totalidad.

Esta vez supe que no lo había imaginado.

Me levanté de un respingo. Antes de que pudiera dar un solo paso, algo me agarró del tobillo. Su tacto frío y viscoso era repugnante. Al bajar la vista a mis pies, me di cuenta de que la infecta hebra de cabellos se había movido. Había cobrado vida. Ahora reptaba como una especie de tentáculo, el de una bestia incomprensible que por fin había engañado y pillado a su presa. Todo gracias a un simple juguete usado a guisa de cebo.

Jalé de mi pie con vigor, pero aquel apéndice de pesadilla no cedió. Me debatía como un pez atrapado en una red, jaloneando de mi pierna con angustia. En lugar de liberarme, sentí una creciente presión alrededor de mi tobillo. Los pelos apretaban su agarre, como una soga al cuello de un ahorcado.

—¡Ayuuudaaa! —solté a grito pelado.

Y entonces lo vi.

Una silueta colosal se dibujó en las tinieblas. Avanzaba dando tumbos, como si le costara mucho esfuerzo caminar erguido. El suelo vibraba con cada zancada, formando pequeñas olas en el agua turbia. Mientras lo observaba, sentía que me faltaba el aire. Porque aquello no podía ser real.

Ahí bajo la trémula luz de mi celular, se tambaleaba una abominación repulsiva hasta el extremo. Atraía todo tipo de detrito inmundo hacia sí, como una jodida especie de imán biológica. Heces, ratas muertas y basura enmohecida se agitaban y se arrastraban hacia la aberración, dándole forma a su decrépito cuerpo. El nivel del agua caía a causa de la criatura que la succionaba, absorbiéndola para hincharse como un pez globo.

Se alimentaba.

Crecía.

Atestigüé con grima cómo un par de condones usados se deslizaban por la superficie de su pellejo infecto hasta llegar a la altura de su testa. Dos pliegues de carne podrida los encapsularon y los cubrieron por una fracción de segundo antes de abrirse de nuevo. Repitieron el movimiento varias veces antes de que entendiera:

Eran sus ojos.

Cuando el agua había casi desaparecido, entendí mejor la verdadera naturaleza de la bestia. De su cuerpo brotaba una red de tentáculos como el que me mantenía preso, se habían escondido al fondo del arroyo del alcantarillado. Se retorcían y reptaban por el suelo, ávidos de encontrar carne fresca. Volví a enfocarme en la masa deforme al centro de la telaraña de pelos vivientes, a tiempo de ver cómo una rajadura se abría de par en par en la parte inferior de su cabeza. Se formó una especie de pico, por el cual se asomaba una lengua hecha de cucarachas aplastadas.

Rugió.

De repente sentí calor en la entrepierna. Me había mojado los pantalones.

¿Qué diablos iba a hacer? ¿Cómo iba a escapar?

Y entonces tuve una idea.

Empecé a pisotear con mi pierna libre el tentáculo hirsuto que me apresaba. Pronto noté un aroma dulzón y sentí una punzada de dolor donde los cabellos hacían contacto con mi piel. Ardía. Aquella apéndice de pesadilla había secretado una especie de ácido como mecanismo de defensa. Desesperado y aterrado, doblé mis ataques. A las pisadas auné unos golpes salvajes dados con el juguete.

No funcionó.

La presión sobre mi tobillo solo aumentaba más y más. El dolor se volvió insoportable. Me doblé por la cintura, era como si mi cuerpo entero sufriera un terrible calambre. Mis dedos se tensaron como garras. Y entonces:

Un resplandor fugaz.

El flash de mi celular iluminó cada rincón de la cloaca por una milésima de segundo. Sin querer había apretado los botones para tomar una foto.

La hebra de cabellos vivientes chilló.

¿Qué estaba pasando? ¿Le molestaba la luz?

Tomé otra foto, esta vez apuntando al tentáculo. Respondió con un sonido horrible, como un puerco en un matadero. Lo había herido de alguna manera, y aflojó su agarre el tiempo suficiente para que me liberara.

Mi primer instinto fue correr, pero algo me decía que era mala idea. Esa cosa me atraparía, yo apenas si veía en la penumbra. Así que se me ocurrió un plan mejor.

Mantuve apretado el botón de la linterna y aumenté el brillo. Dirigí el haz de luz hacia la red de cabellos como si blandiera un lanzallamas. Tuvo casi el mismo efecto. La cloaca entera se llenó de chirridos agonizantes, como una colonia de ratones que se morían al unísono.

No tuve tiempo de celebrar mi pequeña victoria, el coloso estremeció la tierra con un gruñido.

Miércoles, ahora estaba enojado.

Di un paso atrás. Temblaba de la cabeza a los pies.

¿Cómo iba a salir de esto?

Retrocedí despacito hacia el túnel por el que había venido, sosteniendo el teléfono con las dos manos para que no se me cayera. No podía darle la espalda a aquella aberración.

—¡No te… te acerques más! —balbucí con la voz de una ardilla de caricatura. No hubiera intimidado a nadie, mucho menos a un monstruo.

Mientras huía a paso de caracol por el pasaje por el que había venido, escuchaba los movimientos desgarbados de mi perseguidor. Lejos al inicio. Luego no tanto. No me atrevía a mirarlo directamente, bajé la vista como si al no verlo dejaría de ser real. Pero seguía ahí. Acortaba la distancia conmigo. Se aceleraba el ritmo de sus zancadas pesadas, cogía velocidad. Sus patas malhechas mejoraban su coordinación con cada paso. El aire mismo se viciaba con su mera presencia, su creciente cercanía.

Aceleré el paso. Demasiado. Mi talón izquierdo chocó contra algo duro y caí hacia atrás, soltando un grito de pánico.

Aterricé de espaldas.

Barrí el suelo con la linterna, aterrado. Fruncí el ceño al ver la causa de mi caída: había tropezado con una maldita piedra.

¿¡Cómo podía ser tan torpe?!

Me apresuré a incorporarme. Me dolían el trasero y la cabeza.

La criatura emitió un bramido mojado. Juzgando por el repugnante chapoteo que acompañaba sus movimientos, diría que había perdido el control de sus tripas y defecado en plena persecución. Cuando volví a encañonarlo con la linterna, lo que vi me heló la sangre. Había levantado dos muñones deformes para escudarse la cabeza. De sus extremidades colgaba la red de pelos, las fibras limosas se retraían y se deslizaban hacia donde debían estar sus manos. Un sonido asqueroso acompañaba el movimiento, como si la criatura bebiera a sorbos una malteada grumosa, pajita incluida. Al verlo se me ocurrió una idea aterradora:

Me va a absorber a mí también. Succionarme igual que un pedazo de caca.

—¡¡Lucaaas!! —me desgañité—. !¡Ábreme!! ¡Ábreme ya!

No estaba seguro de si me había entendido, aún nos separaban bastantes metros.

Corrí.

Ya por fin podía ver la luz natural que provenía de la boca del túnel. Ignorando el fétido olor que acosaba mi nariz, me concentré en batir las piernas lo más rápido que podía. Mi corazón amenazaba con salir de mi pecho.

Cerré los ojos y tacleé la rejilla como un jugador de futbol americano. Volé por el aire, llevando a Lucas conmigo. Aterrizamos en tierra firme con un golpe doloroso.

Chillé, resignándome a ser devorado vivo.

Grité más.

—¡Eh! ¡¿Qué pasó?! —me interrogó Lucas, zarandeándome.

Abrí despacio los párpados y el brillo del sol me cegó. La expresión de mi hermano delataba genuina preocupación.

Miré la entrada del alcantarillado. La rejilla seguía en su sitio. No había nada detrás de ella, solo un vacío amenazador.

—¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde está esa cosa?! —pregunté alterado, como un lunático recién fugado de un manicomio.

—No entiendo nada —respondió Lucas, sacudiendo su cabeza con confusión—. Explícame, Elijah, ¿por qué gritas? Ya veo que encontraste el cochecito.

Bajé la vista y constaté con incredulidad que sí, en efecto seguía apretando el juguete en mi puño derecho. Ni siquiera me había dado cuenta de que me lo había llevado.

—Y-y-yo… —tartamudeé, incapaz de describir los horrores que acababa de atestiguar.

Lucas me miró a los ojos y comprendió que había visto algo terrible. Traumatizante. En lugar de exigir más detalles, intuyó que necesitaba su apoyo. Un poco de amor fraternal.

Me abrazó. Yo también lo estreché entre mis brazos, temblando.

Después de un largo rato, se levantó. Todo rastro de rivalidad y arrogancia se había esfumado, al menos por el momento. Se veía en su cara. Me tendió una mano para ayudarme a pararme antes de decir:

—Vamos a casa.

Mi familia nunca aceptó mi versión de los sucesos de aquel día. Cada vez que intentaba explicárselo, me respondían con preguntas burlonas del tipo: ¿En serio, Elijah? ¿Había un monstruo espeluznante en la alcantarilla? ¿Algo peludo que comía caca y bichos muertos? ¿Estás seguro de que no era el perro del vecino?

Después seguían las carcajadas. Prefirieron achacar el incidente a los delirios de un niño paranoico, decir que todo fue producto de mi imaginación. Yo también lo habría hecho, si no fuera por dos cosas:

Primero, la cicatriz.

Hasta el día de hoy, más de una década después, hay un anillo rosado de tejido hinchado que rodea mi tobillo, típico de una quemadura de ácido. A veces me la sobo de manera inconsciente, como si una parte de mi mente quisiera recordarme constantemente lo que pasó.

Además tengo fotos. Dos, para ser más preciso.

En el momento sirvieron para enseñarme una lección inapreciable: la luz le hace daño a la criatura de la cloaca. Por eso no sale a la superficie. Y por un golpe de suerte, al revisar el teléfono al día después del incidente, constaté que había logrado fotografiar la cosa que me atacó. Las imágenes aún me provocan pesadillas.

Claro, salieron algo oscuras y un poco borrosas. Por eso mis padres descartaron tan rápido mi historia sobre el monstruo. Decían que el supuesto «tentáculo» solo parecía un par de cabellos sucios pegados a mi juguete. La foto del «monstruo ese», no era más que unas manchas y sombras confusas. Como una prueba de Rorschach. Cada quien podía ver en ella lo que quisiera.

Yo sé lo que vi. No tengo que convencer a nadie más para sentirme bien, ahora lo acepto. Aun así, una parte de mí quiere compartir mi experiencia, advertir a los demás de los peligros que se esconden en la oscuridad. Es por eso que escribo esto.

Mucha gente dice que el coco, el hombre del saco y los de su calaña son cosas de niños. Que son miedos irracionales que se superan con el tiempo y la madurez. Otros, aunque no lo verbalicen, ven las cosas de otro modo. Aunque prefieran no describir el motivo, simplemente evitan los callejones oscuros, los edificios abandonados y los recovecos más marranos que son inherentes a nuestra sociedad. Todo por una sencilla verdad:

Los monstruos sí existen.

Y si te metes al lugar equivocado, vienen por ti.

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