Primer capítulo de mi nueva novela

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Capítulo 1

Hay niñas normales, y las que no lo son. Paula Stark era de las segundas.

No lo hubieras sabido por su apariencia. Su pelo rubio, a menudo recogido en dos trenzas a cada lado de su cabecita, complementaba un rostro cachetón de aspecto rozagante y angelical. A sus seis años de edad, se pasaba todo el día jugando con sus amigas, dibujando mariposas y riéndose sobre chistecitos infantiles que los adultos nunca podrían entender. Pero a veces, si uno prestaba mucha atención, se podía detectar algo más detrás de esa mirada sonriente. El atisbo de un sentimiento más profundo, casi sombrío, como si pudiera ver algo que los demás simplemente no veían. Y así era, porque tenía un don. Un cierto no sé qué que le permitía ver cosas que normalmente permanecían ocultas a simple vista. Quién sabe si había más niños o niñas como ella en el mundo, pero lo cierto es que no había nadie como ella en su particular suburbio de Boston. Un hecho que pronto descubriría su familia, porque les iba a cambiar la vida entera.

—¿Cómo les fue en la escuela hoy? —preguntó su madre, Elena, una mujer entrada en carnes, con el mismo pelo rubio que Paula.

—Bien —murmuró Danny, el hermano mayor.

Mantenía la cara pegada a su GameBoy, estaba a punto de derrotar a un enemigo pixelado. El año era 2002, y los niños de aquel entonces aún tenían que comprar consolas portátiles para poder jugar un videojuego. Los móviles solo servían para hacer llamadas o quizá mandar un mensaje de texto. Pero igual el GameBoy resultaba cautivador, porque Danny ni siquiera se había tomado la molestia de quitarse la mochila al volver a casa.

—Me alegro, cariño —respondió Elena, alborotándole el cabello castaño de manera juguetona. El niño se alisó el pelo con una mano distraída, pues su madre acababa de estropear su peinado al estilo de uno de los Backstreet Boys. Aunque a ella le hacía pensar más bien en los Beatles. Una cuestión de generaciones—. ¿Y a ti cómo te fue, mi amor? —continuó la madre, dirigiéndose esta vez a su pequeña.

—Muy bien —anunció con tono optimista la chiquilla—. Hice unos dibujos, y hoy la maestra me dijo que eran muy bonitos. Me dio una pegatina, una estrella.

—¿Ah, sí? ¿Los puedo ver, los tienes contigo?

—Claro —contestó Paula, con el corazoncito lleno de orgullo. Ya los tenía listos en un compartimento de su mochila—. Aquí están —dijo, tendiéndole unos papelitos coloridos a su madre.

—Gracias, cariño, a ver qué tenemos aquí.

Elena se sentó en la escueta mesa de caoba del comedor, ordenando los dibujos bajo la luz de la lámpara de techo para apreciarlos mejor. Danny también arrimó una silla, aunque no levantó la vista de su pantalla. La batalla de Pokémon lo seguía embelesando.

—Ah, este me encanta —dijo Elena, señalando el esbozo de una mariposa. Sus grandes alas tenían diseños florales bastante intrincados como para ser la obra de una niña de seis años. Tenía talento su hija.

—Sabía que te iba a gustar ese —respondió Paula, emanando felicidad a través de una sonrisa genuina. El tipo de sonrisa que solo un niño es capaz de producir.

Elena siguió examinando el arte en la mesa, pensando en cuál dibujo sería el más adecuado para ser exhibido en la nevera. Había varios candidatos, entre ellos un unicornio multicolor, un pájaro majestuoso y un elefante del circo que intentaba mantener el equilibrio sobre una pelota. Y algo más…

Elena frunció el ceño.

—¿Qué es esto, mi amor? —Indicó un boceto en particular, esta vez en blanco y negro. Parecía que lo había hecho con carbón—. No entiendo…

Ahí en el dibujo estaba Elena (o al menos un monigote que se le parecía por su corte de pelo y ligero sobrepeso) tendida en la cama. En otra esquina de la página, mirándola desde el otro lado de una ventana, había una figura oscura con el rostro escondido. Quizá con un pasamontañas. Cerca de él, colándose por una puerta entreabierta, se apreciaba un cómplice suyo. En su mano tenía —sí, no había cómo negarlo— una pistola.

Elena seguía sin asimilar lo que veía. No tenía sentido, no encajaba con la expresión sonriente de su hija de momentos antes. ¿Sería por lo que le pasó a su padre?

La sonrisa de Paula desapareció.

—Ah, eso… no es nada —negó la chiquilla, restándole importancia al asunto—. Pero dime, ¿cuál te gusta más? A mí me gusta el de la mariposa. —Volvió a sonreír, esta vez con menos entusiasmo.

Elena volvió la vista a los dibujos. ¿Debería interrogarla sobre aquel boceto oscuro? ¿O hacer como si no pasara nada? Paula debía de seguir traumada por lo de John, su padre, de eso estaba segura. Por supuesto que Elena también estaba afectada por su pérdida.  ¿Pero era ella la más adecuada para ayudar a su hija con ese trauma, ahora en este momento? Decidió que no, que mejor dejaría esas preguntas para Dave, el psicólogo familiar. Solo era cuestión de volver a llamarle…

—Sí, me gusta ese.

Fingió una sonrisa, levantándose de su silla para colocar el dibujo en el refri con un imán. Quería una distracción, se lo merecía.

Y así estuvieron las cosas. Elena se puso a preparar la cena, deseosa de ocupar sus manos y su mente. Preparó clam chowder, su sopa predilecta. Un manjar algo raro en esos días, ya que últimamente pasaba muchísimas horas en las oficinas de redacción de TNT Magazine. Normalmente regresaba del trabajo agotada hasta el extremo, apenas si podía arreglárselas para poner un plato congelado en el microondas. Al menos ese día le habían dejado salir un poco temprano. Después de la cena, los tres se reunieron en la sala frente a la tele (una de las viejas con tubos de rayos catódicos) hasta que fue hora de que se durmieran los críos.

Elena siguió el ritual de siempre, llevando a los niños a su cuarto. A pesar de que Danny ya tenía ocho años, seguía compartiendo el dormitorio con su hermana. Aunque el sueldo que la revista le pagaba a Elena era bueno, no daba para comprar una casa más grande cerca de Boston. No sin los ingresos de John. La madre cansada acostó a sus hijos en sus camas, plantándoles sendos besos en la frente. Se aseguró de que estuvieran bien arropados entre las sábanas y se enfiló para la puerta, volteando para decirles «buenas noches» antes de apagar la luz. Se fue a la cocina.

Había sido una larga semana, y le alegraba saber que el día siguiente era viernes. Ya por fin podía descansar un poco, así que abrió el congelador para sacar un pequeño bote de helado de chocolate alemán, cuidándose de no hacer ruido. No quería que los niños la escucharan, podrían levantarse de la cama al sospechar que había postre de por medio. No hubiera sido la primera vez.

Elena entró a su cuarto y se acostó en la cama soltando un sonoro «uf». Prendió la tele y se puso a ver una película que ya había visto más veces de lo que quisiera admitir. El diario de Bridget Jones. Mientras se arrellanaba bajo las mantas, el tintineo de su cuchara al rozar el tazón interrumpía el diálogo de manera esporádica. Había hablado de la peli con sus amigas en varias ocasiones, y había algo que siempre le había llamado la atención. Contaban que la actriz principal, Renée Zellweger, había subido de peso a propósito para el rol. A propósito. A Elena le parecía un disparate, ya bastante trabajo le iba a costar quemar las calorías de aquel helado en sus manos.

Pasaron los minutos, y después una hora, y antes de que se diera cuenta el cuenco se encontraba vacío y echado a un lado de la cama. Solo una triste y seca mancha marrón evidenciaba que alguna vez hubo un postre de chocolate ahí dentro. Por más que Elena quisiera distraerse con la peli, un pensamiento molesto seguía pasando por su mente, como un gusano que atravesaba lentamente una manzana podrida. John. Esa noche no llegó a articular sus sentimientos, pero le hacía falta su esposo. De verdad. En momentos como aquel extrañaba el calor de su cuerpo al lado del suyo, sus caricias, las palabras suaves que solía susurrarle antes de dormir. De manera inconsciente no quería aceptar que ahora era una viuda. Porque eso significaría que estaba sola, terriblemente sola. E insegura, además. Después de todo, ya no pasaba las noches al lado de un valiente agente de la policía.

Se quedó dormida, retorcida en una posición que difícilmente podría ser cómoda y con un fino hilo de baba escurriendo por la comisura de su boca. Seguramente encontraría un parche mojado en la almohada en la mañana. La película había terminado, dejando la casa en un silencio total.

O casi.

Se escuchó un crujido, como de la madera vieja. Le siguió otro.

Elena entreabrió un ojo, el sonido la había despertado. Seguía amodorrada. ¿Qué hora era? Echó un vistazo al reloj digital en la mesita de noche para comprobarlo. Las 2:13. ¿Qué hacía despierta en la madrugada?

Volvió a escucharse aquel sonido, recordándole el porqué.

¿Qué era eso? Trató de pensar, pero le costaba trabajo encontrar dos neuronas funcionales en su cerebro adormilado. Decidió que solo fue la contraventana meciéndose con el viento. Lo sensato sería volver a dormir. Intentó pegar ojo.

Pero no pudo. Ese condenado ruido volvió a molestarle. Esta vez con un curioso clic metálico. Ese sí que no tenía explicación evidente.

Elena resopló con cansancio. Prendió una pequeña lámpara y escuchó con detenimiento. Mientras seguían los sonidos extraños, le vino un pensamiento siniestro a la mente. Podría haber un intruso. Vivir con un policía la había vuelto paranoica, lo sabía, pero más le valía indagar. Aunque a lo mejor solo era uno de los niños que quería hurtar una galleta mientras nadie vigilaba. Esperaba que fuera eso.

Se levantó de la cama, sintiendo el frío tacto de las tablas de madera bajo sus pies. Mientras avanzaba hacia la puerta, la tenue luz de la lámpara se apagó. Se maldijo por no haber remplazado la bombilla antes, ya sabía que le quedaba poca vida. Ahora no podía ver dónde estaba el interruptor, lo buscaba a tientas. No lo encontró, así que cruzó el umbral de la sala forzando la vista en las tinieblas. Curiosamente había dejado de escucharse aquel chirrido enervante. Continuó hacia la cocina y por fin halló un interruptor que pudo accionar.

Se detuvo por unos instantes, atenta a cualquier cosa fuera de lo normal. Esperó unos largos segundos, aguzando el oído. A punto estuvo de tacharse de loca y volver a su cuarto cuando creyó escuchar el lejano estruendo de un vidrio quebrándose. Se le puso la piel de gallina.

—¿Mamá? —preguntó una vocecita a sus espaldas.

—Danny, ¿qué haces despierto? Me has asustado.

—Vi que la luz estaba prendida. Quería ver si todo estaba bien.

—Claro que todo está bien, mi amor, solo me levanté porque tenía un poco de sed. Iba por un vaso de agua —mintió Elena. Seguía con los pelos de punta, pero no quería alarmar a su pequeño—. Vuelve a la cama, cariño.

El niño se dio una vuelta y se dirigió a su dormitorio, arrastrando levemente los pies. Debía descansar antes de la escuela, su voz se había escuchado ronca. Pero su madre, ella tenía cosas que averiguar. Prosiguió a inspeccionar la casa, buscando cualquier cosa fuera de lugar. No había nada, todo estaba como lo había dejado antes de irse a dormir. Se fue a la ventana de la cocina, apartando un visillo. Acercó la mirada al vidrio, pero no pudo ver nada, solo el reflejo de ella misma. La luz era demasiado brillante. La apagó y volvió a la ventana, ahora sí con una vista más o menos clara de la calle. Barrió el vecindario con la mirada, buscando cualquier cosa que le llamara la atención. Entrevió unos contenedores de basura alineados al lado de la avenida, un par de coches aparcados frente a las casas y un gato solitario que rondaba en la oscuridad. El sonido había provenido de esa dirección, pero no divisó nada quebrado, ni siquiera una botella rota. A lo mejor ese condenado gato era el responsable del barullo. O el viento, pues las ramas de los árboles se mecían de manera agitada, ahora lo veía. Se dijo que su mente la engañaba, le jugaba una mala pasada. Estaba perdiendo la chaveta, debía dejar de ser tan paranoica o iba a asustar a los niños. Así que regresó a la cama para pegar ojo, tratando de despejar todos esos pensamientos negativos de su mente. Fue difícil.

De veras esperaba que no estuviera loca.

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