Bob (Parte 1/3)

—¿De veras? ¿Hay un robot que siente emociones? —preguntó Diego, con un destello de asombro en los ojos—. ¡Eso está padrísimo!

—No, no —ladró Olga con su marcado acento ruso —. Robot aún no siente nada. Pero hacemos pruebas. Muchas pruebas.

—Oh… —respondió el joven, de repente desilusionado como un globo que se desinfla.

—No te preocupes, tendremos resultadas pronto. Por eso profesor te contrató, ¿no?

—Sí, supongo que sí… —dijo el chico, mirándose los zapatos—. De verdad, no sé. Me dijo el Dr. Anderson que quería que le ayudara con un proyecto suyo, pero no mencionó nada más. El profe puede ser un poco… misterioso a veces, ¿no crees?

—Profesor es solo… despistado a veces.

—Ya veo… Oye, ¿y sabes de qué se trata todo esto? ¿Qué diablos vamos a hacer exactamente?

—Cosas —dijo Olga, soltando una risita ruda propia de una leñadora siberiana—. Muchas cosas. Sígueme.

Diego obedeció, siguiendo a la enorme mujer rubia por el pasillo. Los dos vestían sendas batas blancas de científico, pero la de Olga era notablemente más holgada, pues debía de ser de talla XXXL. A su lado, el pequeño mexicano se sentía como una de esas muñecas rusas que se esconden dentro de una más grande, una matryoshka. Pero si Olga era la muñeca grande, ¿por dónde saldría el pobre Diego? No quería saber…

Pasaron por un corredor de relucientes paredes blancas, repletas de toda la tecnología fantástica de la que el legendario MIT disponía. Bloques de texto y códigos seguían a la pareja de científicos, pues cada centímetro cuadrado del muro estaba cubierto con una especie de pantalla táctil y flexible, la cual hasta se curvaba y se doblaba para aferrarse a los escasos muebles del lugar. Un mar de lucecitas coloridas parpadeaban en una consola a la izquierda, mientras un pequeño ejército de brazos robóticos se afanaban en construir maquinaria imposible de identificar.

—Es otro proyecto de profesor —informó Olga—, será aerovehículo de última generación.

—Un…. ¿un coche volador?

—Eh… No, coche no vuela todavía. Pero da brinquitos.

—Ah… —comentó Diego, entre maravillado y decepcionado.

Continuaron la caminata por el laboratorio ultra-moderno, pasando toda una galería de mecanismos y artilugios indescriptibles, hasta que…

—¡Ayyy!

Diego voló por el aire, aleteando los brazos con cierto desgarbo hasta caer de bruces en el suelo. Había resbalado por culpa de un charquito de agua en medio del piso de linóleo.

—¿Estás bien? —preguntó Olga.

Al sobarse la frente, Diego sintió el comienzo de un chichón enojado que se formaba encima de su ceja derecha. Compuso una mueca de sorpresa y dolor al tocarlo.

—¿Todo bien? —coreó una voz metálica acompañada de unos pitidos extraños.

—Sí, creo que sólo…

Se calló. Estaba confundido, pues la caída le había aturdido bastante, pero al levantar la cabeza creyó… Creyó que había hablado un bote de basura. Sí, un bote de basura con unas luces chiquitas empotradas en sus costados. ¿Qué tan fuerte se había golpeado el coco?

Olga se echó a reír.

—Parece que ya conociste robot.

—¿Cómo? —soltó Diego, desconcertado.

—Sí, soy la unidad 808, un placer conocerte —respondió el bote de basura, activando una serie de rueditas para acercarse al chico despatarrado en el suelo.

—No, no —interpuso Olga—. Te llamas Bob. BOB. Incluso yo puedo pronunciar ese nombre, ¿por qué no lo dices?

—Ese nombre no figura en mi programación, pero… puedo usarlo si así lo prefieren. Sí, soy Bob.

Diego seguía sin entender bien lo que veía, parecía tan alelado que un ojo amenazaba con ponerse bizco.

—Le decimos BOB porque se parece a 808 cuando lo ves en… visualizador. Aquí en frente —explicó Olga, apuntando a unos números digitales en la placa frontal del robot, más o menos donde un humano tendría el pecho —Oye, Bob, ¿qué dices a nuestro amigo?

Se escuchó un ligero zumbido mientras Bob pensaba en la respuesta.

—Perdón. No sabía que iba a pasar un humano —se disculpó el robotcito, antes de girar para encarar a Olga—. ¿Está bien dicho?

—Sí, muy bien Bob —afirmó Olga, dándole palmaditas en su coco metálico. Se parecía más a R2D2 que a Data de Star Trek.

—Guardaré estos datos —afirmó Bob, con una serie de pitidos y luces que brillaban en sincronía.

Entonces Diego comprendió.

—Ah, este es el proyecto que mencionó el Dr. Anderson, ¿verdad? ¿Y estaba… fregando el suelo? —preguntó, mirando el charquito de agua que parecía haber salido de una especie de manguera chiquita que se asomaba por entre las ruedas del robot.

—Yo sospeche que profesor prefiere Roomba a Bob —agregó Olga con una risita.

—De hecho, algunos comportamientos de las Roombas forman parte de mi programación principal.

—¿Entonces por qué no limpias mi casa también? —preguntó Olga, juguetona.

—No entiendo la pregunta; eso no figura en mi programación. ¿Quieres que vaya a tu casa? Puedo barrer, aspirar alfombras, pulir…

—Robot es inteligente, pero aún no entiende chistes —susurró Olga a Diego.

El muchacho sólo asintió tontamente con la cabeza, sin asimilar del todo lo que había escuchado. Estaba a punto de producirse un silencio incómodo, hasta que Olga continuó:

—Bueno, nos vemos mañana, Bob. ¡Hasta luego!

—Hasta luego —repitió la maquinita con una serie de pitidos curiosos. Una serie de lucecitas amarillas y azules se iluminaron en su placa frontal, su manera de expresar que estaba pensando duro en algún cálculo…

Al despedirse del robotcito, Olga le susurró al oído de Diego:

—Prepárate, chico, mañana haceremos historia. Vamos a hacer que ese armatoste se sienta más feliz que niño que come Tulski Prianik.

—¿Y eso es… bueno, me imagino?

—Oh sí, muchacho, sí que lo es. Ya verás.

Y sin más, los dos científicos reanudaron la marcha por el pasillo, preguntándose qué sorpresas les podría deparar el destino…

***

El sol empezaba a brillar tranquilamente en el horizonte, iluminando la playa con la luz rojiza del amanecer. Allá a lo lejos, unas olas pacíficas se formaban en el mar, su ondulación recordaba al vaivén de una cuna balanceada por una madre. Calma absoluta. Arriba graznaban unas gaviotas curiosas, seguramente buscando migajas de pan entre las olas que se rompían en la orilla. Paulatinamente, entre rachas de aire manso, se empezaron a escuchar los sorbitos de alguien que disfrutaba de una piña colada. Todo estaba tan pintoresco, tan perfecto en aquella playa idílica…

¡¡Cof cof cof!!

—¿Qué pasa, Diego? ¿Todo va bien? —preguntó un hombre de gafas redondas y barba sal y pimienta.

—Sí, profe, solo tragué mal —contestó el chico, aún tosiendo—. Al parecer a mis veintidós años aún no he aprendido a usar bien un popote…

El doctor soltó una risilla un poco demasiado infantil para un hombre de su edad.

—¿Oigan, podríamos bajar la luz tantito? —continuó Diego—. Sé que lo debo de estar imaginando, pero siento que ese sol falso me está quemando la piel.

—Noooo —soltó una voz femenina y un poco tosca.

Diego dejó su cóctel en el suelo y se dio una vuelta para ver a Olga echadota en una tumbona. Usaba unos lentes de sol y un traje de baño que le cubría todo el cuerpo, menos la piel cegadoramente blanca de sus piernas y brazos. La verdad es que se había bronceado más después de unos minutitos bajo esa luz artificial que durante toda su infancia en Rusia, donde había trabajado en la granja de sus padres. Quería disfrutar del momento.

—No —segundó el profesor, mientras su bata blanca ondeaba con la brisa de un ventilador rotatorio—. Lo siento, pero no puedo apagar esa luz UV. Toma mi sombrilla si quieres, pero hoy se trata de Bob, no de nosotros.

El mexicano asintió sin chistar, arrimando una silla debajo de la gran sombrilla. A su lado estaban el profesor y Bob, y trató de reprimir una risita al ver un espectáculo curioso:

Igual que Olga, el robotcito estaba tendido en un camastro, con unos lentes de sol cuidadosamente posados sobre sus sensores visuales y una capa fina de bloqueador solar embarrado en su placa frontal. El equipo se había esmerado en recrear las condiciones de una playa real. De veras. Usaban una luz UV para emular los rayos del sol, y una gran pantalla LED mostraba las escenas más tranquilas del océano pacífico que pudieron encontrar. Bob incluso sorbía un trago tropical, gracias a la manguera flexible de su aditamento aspirador. Lo único que faltaba era la arena, pues se habría incrustado en las ruedas de Bob y estropeado quién sabe qué mecanismo, seguramente el más caro. Diego constató con cierta tristeza que la alfombra de color café bajo sus pies arruinaba casi por completo la ilusión de estar en Los Cabos.

—¿Cómo te sientes, Bob? —preguntó el Dr. Anderson mientras tecleaba continuamente con su laptop. Después pareció auscultar lo que habría sido el pecho del robot, si éste no tuviera cuerpo de boca de incendios.

—Mis sistemas internos están funcionando perfectamente. El CPU está trabajando al 12% de su capacidad, el GPU al 3% de su capacidad, me quedan 987.543 PetaBytes de memoria y mis sensores visuales siguen grabando todo en 4K…

—Sí, sí, ya sé todo eso —respondió el doctor Anderson con cierta impaciencia—. Quiero decir, ¿cómo estás? ¿En qué estás pensando? ¿Cómo te hacen sentir todos estos estímulos de la playa?

Se escucharon unos pitidos chistosos mientras Bob calculaba su respuesta.

—Pienso que hay un alto riesgo de oxidación si no se me quita este bloqueador solar.

—Ah, no te preocupes, güey —interpuso Diego—. Si prefieres broncearte, dame a mí ese bloqueador.

Los otros dos humanos soltaron una risa al unísono.

—Por qué… ¿hacen ese sonido? —preguntó el robot.

—¿Qué sonido? —preguntó Olga.

—Ese —contestó Bob, girando su módulo central para encararla—. He observado que a veces cuando un humano dice algo, los otros miembros del grupo sueltan mucho aire por los pulmones y hacen ese ruido extraño con las cuerdas vocales. Creo que es el sonido que se emula con escribir “JA JA” con el teclado.

—Es risa, tontito —contestó Olga.

—Sí, se llama una risa, ya veo eso en las páginas de Wikipedia que acabo de escanear en segundo plano. Pero… cómo sabes cuando algo es… ¿gracioso?

—No sé, sólo lo… sientes cuando alguien cuenta chiste. Por ejemplo… ¿Cuándo triunfará Rusia en Copa Mundial?

—…

—¡Cuando mexicanos ganen Campeonato Mundial de hockey sobre hielo! —soltó Olga, carcajeándose.

Diego compuso una cara de puchero, mientras que el doctor solo se veía confundido. ¿Qué era la Copa Mundial, otra vez?

Después de unos largos segundos, irrumpió Bob:

—JA. JA. JA. Fue una broma, ¿correcto?

—Sí, Bob, fue un chiste —confirmó Diego—. Esos güeyes son bien maletas en el futbol… Oye, y si te vas a reír, hazlo en el momento, ¿ok? Si no, se me hace un poco creepy, a decir la verdad…

—De acuerdo. En el futuro acortaré el retraso entre el final del chiste y la respuesta sonora a 1.26 segundos…

—Este… vale. Me parece bien, supongo…

Mientras tanto, el doctor seguía tomando notas con su laptop. Después de teclear un buen rato, carraspeó:

—He estado revisando las señales enviadas por su circuitos internos, y no veo nada fuera de lo normal. Absolutamente nada que pudiera interpretarse como el comienzo de una… emoción —anunció el Dr. Anderson con cierta decepción—. Prosigamos con la próxima prueba.

—Ok.

—Sí, doctor.

Olga se levantó de su tumbona con algo de reticencia. Sin embargo, la piña colada que tanto estaba disfrutando se rehusó a abandonar su mano. Le dio otro sorbo antes de salir con trancos pesados por unas puertas corredizas. Su camarada Diego, feliz como una lombriz bajo la sombrilla, no se movió ni un ápice…

Unos momentos después, la enorme mujer rusa reapareció en el umbral, esta vez cargando lo que parecía una pequeña jaula debajo de un brazo. Se acercó al grupo, haciendo sonar su chanclas con cada paso. Clop. Clop. Clop. Soltando un pequeño resuello de esfuerzo, se sentó en la misma tumbona que Diego, y este rebotó al sentir el peso de la gran mujer caer sobre el plástico endeble.

—A ver si a Bob le gusta nuevo amigo… —dijo Olga, deshaciendo los pestillos de la jaula. Introdujo su mano y, después de tantear en la oscuridad un momento, sacó una bolita de pelo pardo.

Maulló.

Con sus manazas de dedos salchichescos Olga sostenía un pequeño gatito, que tenía los ojitos aún entrecerrados a causa de la siestecita que acababa de interrumpirse. Empezó a ronronear mansamente mientras la mujer lo acariciaba.

—Mira, Bob, ¡es un gatito! ¿No es adorable?—soltó Diego, incapaz de resistir la tentación de acariciar a la criatura peludita. No esperaba la respuesta enérgica del robot:

—¡Eliminar! ¡Eliminar! ¡Presencia felina detectada! —soltó Bob, girando en su silla mientras un mar de luces rojas empezaron a parpadear con frenesí.

—¿Qu… Qué? —balbuceó Diego, abobado.

—¿Por qué trajiste un gato, Olga? —preguntó exasperado el Dr. Anderson—. Te dije específicamente que trajeras un perro. Ahora el experimento está arruinado…

—Perdón, doctor, perdón. Es que compré gato para mis hijas, pensé que a ustedes les gusta verlo también. ¿Cuál es diferencia entre perro y gato, de todos modos? Dos animales tienen pelo, comen y hacen caquita que tienes que limpiar…

El Dr. Anderson soltó un largo suspiro de molestia.

—La diferencia es que soy alérgico a los gatos y Bob lo sabe. Un impulso de protegerme a toda costa forma parte de su programación, y percibe los alérgenos míos como una amenaza a mi salud y seguridad. Aún no he averiguado cómo modificar eso…

Los tres científicos giraron sus cabezas al unísono para encarar a Bob. Éste seguía con su rabieta, ahora erguido e intentando rodar sobre las tablas del camastro. El doctor lo agarró fuerte con el brazo antes de que pudiera caer de la silla, pero el robotcito blandía su manguera aspiradora en frente del gatito a guisa de espada.

El gatito bufó.

 —¡Ayúdame, Diego!

—¡Sí, profe!

El mexicano se levantó de su asiento de un salto, agarrando la barra metálica que salía de la espalda de Bob a manera de asa —qué bien que el doctor pensara en esa sencilla funcionalidad—. Jadeando con esfuerzo mientras jalaban de esa manija, los dos hombres ordenaron en sincronía:

—¡Esconde al gato!

—¡Ahí voy! —contestó Olga, metiendo la bolita de pelo de nuevo en su jaulita y asegurando los pestillos con prisa. Con pasos sorprendentemente gráciles, como los de un hipopótamo bailarín, esquivó al robotcito que no cesaba de menearse y llegó hasta la puerta automática. Se paró en el umbral y se dio una vuelta para despedirse:

—Lo siento, profe —se disculpó, cabizbaja —. Seguro que próxima prueba va mejor…

Al verla desaparecer detrás de la puerta, los dos hombres intercambiaron expresiones de sorpresa mezclada con complicidad. Sí, ojalá les vaya mejor en el experimento siguiente…

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