28 de enero de 1986
16:39:13 EST
Un repentino fulgor.
El chirrido de acero desgarrándose. Ensordecedor.
El transbordador se desintegra en un pestañeo, como si la mano invisible de un titán aplastara una lata de coca cola. La ruptura mata al instante a cuatro de los tripulantes. Los tres que quedan pierden la consciencia, sus cuerpos no aguantan el brutal cambio de fuerzas G. Sus cerebros privados de oxígeno no registran las llamas que les abrasan la piel. Ni las frenéticas señales de dolor de sus nervios.
Estelas de humo salen de ambos extremos de la nave, bifurcándose como la lengua de una serpiente. Pedazos de metralla salen disparados de la mole de metal ardiente. Caen hacia el Océano Atlántico.
Millones de telespectadores miran, horrorizados, mientras la personificación del sueño americano continúa su vertiginoso descenso hacia la Tierra.
La nave se estrella contra el mar. A esa velocidad el agua actúa como concreto, el impacto mata a los tres astronautas restantes.
Incluyendo al culpable de la catástrofe.
Dick Scobee.
73 segundos antes
El rugido de los cohetes arrasa cualquier otro sonido. La aeronave despega de Cabo Cañaveral, propulsada con más de cincuenta millones de caballos de fuerza. La violenta aceleración hacia los cielos aprisiona a los astronautas, inmovilizando sus brazos y piernas como si un gorila obeso se tumbara sobre sus cuerpos horizontales. Un momento de euforia y de máxima tensión.
Una luz roja empieza a parpadear. Señala presión anormal sobre una junta torácica.
«¿Qué hiciste, cabrón?»
Scobee no sabe si de verdad ha escuchado aquellas palabras por su auricular, o si lo imaginó. Supone que lo segundo, el estruendo del lanzamiento sigue taladrándole los tímpanos.
Detecta un movimiento a su izquierda. Una cabeza ha girado para encararlo.
Christa McAuliffe clava los ojos en los suyos, el ceño fruncido. Una mirada preocupada, que bien parece acusarlo de traición.
Scobee se pone pálido como la leche. Siente el color de la sangre que abandona su rostro, huyendo con el precioso oxígeno que exige su materia gris.
«Dilesss», sisea una siniestra voz en su cabeza. «Admite lo que hicisssste. No cambiará nada».
Se le pone la piel de gallina. Ha sentido cada sílaba como el golpeteo de una gélida lengua que le acaricia la nuca. Como cada vez que le habla.
—¿Por qué…? —murmulla Scobee, soltando una lágrima.
Vibraciones salvajes sacuden el transbordador. El cohete derecho se ha desestabilizado, una llamarada de gas sale a presión de su interior. Es cuestión de segundos para que alcance el tanque externo de combustible.
«No es mi culpa, no es mi culpa, no es mi culpa…», piensa Scobee, mientras su corazón late más rápido que las alas de un colibrí.
Traga saliva.
El flash cegador borra su existencia del planeta.
La noche anterior
Un sinfín de estrellas salpica el firmamento. Los rayos de astros a miles de años luz por fin llegan hasta la Tierra, como un recordatorio constante de las dimensiones inmensurables del universo. Y con tanto espacio desconocido, sería una reverenda estupidez suponer que estamos solos en esta galaxia. Soberbia sin parangón.
Al menos eso opina Scobee.
Ahora que es el elegido.
La base del lanzamiento está abandonada. O casi. Los grillos afuera tocan una intrincada sonata con su cri cri constante, junto con los ronquidos vacilantes del vigilante en el lobby.
Scobee abre despacio una puerta y se escabulle de la sala de control. Camina con cuidado para no despertar al guardia dormido. Se detiene detrás de su escritorio y aguanta la respiración mientras revisa las cámaras de seguridad que acaba de trucar.
«¿Vesss?», pregunta la voz crepitante en su cabeza. «Nadie sssabrá nada».
El saboteador se estremece. Le laten las sienes, está volviendo la migraña. Como cada vez que se comunica con el Forastero.
Lo detesta.
Por un momento fugaz piensa en dejar de seguir con aquella farsa. En despertar al guardia con una cachetada y confesarle todo.
«No lo hagasss», responde el Forastero.
Scobee se dobla por la mitad, cruzándose de brazos mientras adopta la posición fetal en el suelo. Se siente como si una manta llena de aguijones envolviera su piel, quemando y congelando su carne de manera simultánea. Un tormento del que solo es capaz alguien con control absoluto de sus neuronas.
Quiere gritar, pero sus cuerdas vocales no responden. Sufre en silencio total. Un patético tic del labio inferior es la única vía para externar su dolor.
«Ya basta», implora Scobee para sus adentros. «¡Bastaaaa!»
Poco a poco retrocede la abrumadora ola de sensaciones. Scobee solloza, sin romper el mutismo. Se le ocurre agarrar la pistola del guardia y volarse los sesos. Estaría dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de acabar con esa tortura.
Pero sabe que no funcionaría. Aquella voz en su cabeza no lo permitiría. Antes lo electrocutaría con aquel táser invisible de pila infinita.
Se incorpora con esfuerzo y se limpia la sangre que le ha escurrido de la nariz. Jadeando, enfila hacia la entrada del vestíbulo y sale por la puerta principal.
Hace frío. O eso, o sigue temblando por lo que le pasó. Los tonos violetas del cielo nocturno son dignos de una foto de National Geographic, igual que las hierbas y flores que se mecen con la brisa. Sin embargo el manto de estrellas inquieta sobremanera a Scobee. Se pregunta desde cuál puntito de luz lo está espiando aquel hijo de puta que escucha en su cabeza.
Camina por las instalaciones hasta llegar al transbordador. A pesar de llevar años preparándose para la misión, el tamaño de aquella aeronave aún le provoca asombro. ¿Por qué tendrá que ser él quien la destruya?
Porque es el mejor ingeniero del grupo, quizá. Conoce cada pistón y tornillo de la nave como el dorso de su mano.
Hurga en el bolsillo de su chaqueta y saca un par de herramientas. Le da una vuelta a la nave para evaluar sus puntos débiles, a la vez que se asegura que no haya nadie cerca para ver lo que está a punto de hacer. Al llegar a la junta torácica, le tiembla la mano.
Con solo aflojar aquella pequeña pieza todo puede irse a la mierda.
De repente se siente como un instrumento de la muerte.
Porque lo es.
El cometa Halley
Una semana antes de la explosión del Challenger
Lo despierta un dolor de cabeza de mil demonios. Como si alguien le hubiera partido el cráneo a martillazos.
Scobee abre los ojos. Algo anda mal, su visión está borrosa. Su alrededor le parece una mancha confusa en perpetuo movimiento. Su mente tarda una eternidad en procesar las imágenes. Lo primero que cobra sentido es el firmamento de estrellas infinitas, más brillantes que jamás las había visto. Las contempla a través de algún material translúcido y curvado, como si estuviera en una burbuja de cristal. Baja la mirada y nota un suelo rocoso y gris, que gira lenta y sutilmente a medio metro de sus pies.
No. Él es quien se mueve.
Su cuerpo gira despacio, levitando sobre el piso en un estado de aparente ingravidez. Sus brazos y piernas están extendidos y rígidos, formando una gran x. Se siente como el hombre en aquel dibujo anatómico de Da Vinci. Intenta mover el cuello y sus extremidades, pero no le obedecen.
«¿Qué carajo es esto?», piensa. «¿Acaso alguien me drogó?»
Entonces se da cuenta de que hay más burbujas como la suya. Un laberinto de cámaras herméticas se comunican con la serie de celdas redondas que salpican aquel paisaje extraterrestre. Parece una enorme colmena de vidrio incrustada en una roca. Scobee sigue rotando. De pronto, su corazón se salta un latido al toparse con una terrible sorpresa:
Cadáveres.
Flotan en sus respectivas cápsulas, todos mutilados de manera grotesca.
Contempla con horror a su vecino más próximo, o lo que queda de él. Una capa de cenizas cubre su piel chamuscada y ennegrecida. La mandíbula desencajada forma una mueca de angustia eterna. En la celda contigua, Scobee apenas distingue los despojos de una mujer. Flota en medio de un turbio mar de ácido que ha corroído sus órganos y huesos, formando plastas irreconocibles. Solo un par de aretes y un collar de oro aguantan el embate de los químicos sin disolverse.
Una ola de arcadas brutales sacude a Scobee. Vomita la pasta boloñesa que comió hace quién sabe cuánto tiempo. Sin la clemencia de la gravedad, la cena regurgitada forma gruesas bolas de líquido que navegan por el aire como proyectiles a cámara lenta. Un puñado de ellas impactan contra el pecho del hombre aterrado, salpicándolo.
«Me dais asssco», le susurra una voz en su cabeza. «Tú y tus colegas».
—¿Qué? —pregunta Scobee con un hilo de voz—. ¿Quién ere…?
Punzadas de dolor atraviesan su cráneo, interrumpiéndolo.
Un fuerte ruido de succión le martilla los oídos. El aire de la cápsula se escapa por una abertura en algún punto fuera de vista, llevando las gotas de vómito y el oxígeno con él. Scobee se queda boqueando por unos largos segundos, incapaz de llenar sus pulmones. Justo cuando su corazón amenaza con salírsele por el pecho, se sella la brecha y la burbuja vuelve a llenarse de aire respirable.
Entonces una extraña luz ultravioleta baña su cuerpo, como si estuviera en una cama bronceadora. Después algo lo rocía con una llovizna de gotas finas. El olor a alcohol le abofetea las fosas nasales.
Le arde el cuello, insoportable.
Aúlla.
Gracias a la nueva iluminación, Scobee nota su propia reflexión. Lo que ve le da escalofríos:
Un largo corte atraviesa su nuca. Un aparato metálico con forma de garra le estira la piel, apartándola de la incisión. Al centro de la herida abierta alcanza a distinguir varios tendones y fibras musculares.
—¡¿Qué es eso?! —grita.
Tiembla sin control.
«Esa pequeña cirugía es el menor de tus problemasss», le contesta la voz aviesa. Con cada sílaba le duele más la herida. «Solo tengo que desinfectarte, ya que has decidido vaciar tu estómago de su repugnante contenido».
—¿Qué… qué quieres? —balbucea Scobee.
«Sois todos iguales. Alimañas. Siempre preguntáis por qué el universo os hace daño, nunca por qué lo dañáis vosotros. No basta con que contaminéis un solo planeta, estáis a un paso de esparcir vuestros virus y bacterias por todo el sistema solar».
—No entiendo nada —titubea Scobee.
De repente los dedos robóticos jalan de la piel de su nuca. Scobee se estremece de dolor mientras un pequeño láser cierra la herida. Después el extraño aparato se colapsa, adoptando la forma de un diminuto disco plateado y flexible que se pega a la base de su cuello. El astronauta muere de ganas de arrancárselo, pero no le queda de otra que observarlo, impotente.
—Solo déjame ir, por favor —ruega el hombre, sollozando—. Tengo una familia…
«Con una condición», le sisea la voz crepitante. «Has sido escogido para una misión de suma importancia».
Con cada palabra un nuevo escalofrío le recorre la columna vertebral.
—Vale, vale… Haré lo que quieras, ¿ok? ¿Qué necesitas?
Scobee traga saliva, dudando que le guste la respuesta.
«Tienes que evitar que el Challenger lleve los satélites SPARTAN a órbita. Detectarán nuestra base en este cometa, y entonces la raza humana no descansará hasta hacer contacto con las demás especies de la galaxia. Saldréis de la cuarentena que hemos impuesto a la Tierra, y los contagios serán incontables. Sería una masacre».
De repente el hombre se marea. Demasiadas dudas se agolpan en su mente, y cada vez menos oxígeno le llega al cerebro. El mundo a su alrededor se desvanece, engullido por una negrura borrosa. Antes de perder la consciencia, un solo pensamiento acosa al hombre:
«Esto no puede ser real, no puede ser real, no puede ser…»
