¿A ti te parece el cielo?

—¿Cuándo recibieron la foto? —me pregunta un detective de bigote hirsuto y peinado militar.

—No… no sé, no me acuerdo, todo ha pasado tan rápido… —le contesto, balbuceando—. Déjeme checar.

Hurgo en mi bolsa hasta dar con el iPhone, que desbloqueo con la huella de mi pulgar. Al tocar el ícono verde de WhatsApp, aparece de inmediato el mensaje anónimo. Viendo la terrible imagen por segunda vez, siento que mi corazón se salta un latido. Ahí está mi pequeña Gabi, amordazada y atada a una silla. Está aterrada, metida en algún agujero oscuro, Dios sabe dónde. Sus ricitos negros están pegados a su cara con sudor. La mano me empieza a temblar.

—¿Puedo? —me pregunta el policía cuarentón, extendiendo la mano hacia el celular.

—Sí, claro.

El tira agarra el dispositivo y se pone unos lentes de lectura para inspeccionar la pantalla. Se queda mirando la foto un momento, deslizando con dos dedos como para agrandar la imagen. Unos largos segundos después, rompe el silencio:

—Pues, tengo una buena y una mala noticia.

—¿Cuál es la buena? —pregunto, expectante.

—Los secuestradores enviaron esta foto a la 1:37, aproximadamente cuarenta minutos después de cuando la profesora de mate dijo haber visto a Gabriela en el patio de recreo por última vez. Dado que siempre hay un friego de tráfico en la ciudad, diría que la tienen guardada en algún lugar cerca de la escuela.

Trago nerviosamente.

—¿Y la mala?

—La mala noticia es que aún no sabemos en qué tipo de edificio la tienen escondida, ni tenemos la menor idea de quiénes son los secuestradores. El fondo de la foto es demasiado oscuro para darnos ninguna pista útil. Sin más información, andamos ciegos. Nos va a costar trabajo seguir una estrategia precisa a la hora de negociar. Seguro que los volverán a contactar en cualquier momento, en mi experiencia los casos así se resuelven en menos de cuarenta y ocho horas. Ya han pasado unas cinco horas, los captores deben de estarse organizando. Ustedes tomaron una buena decisión al llamarnos.

Mientras asiento débilmente con la cabeza, miro hacia la cocina, donde se encuentra mi marido. Sentados en torno a la gran mesa de caoba, dos otros chotas están hablando con Luis, seguramente dándole el mismo discurso desalentador.

—¿Tiene usted alguna idea de quiénes podrían tener motivos para secuestrar a su hija? —me vuelve a preguntar el detective García—. ¿Han recibido amenazas antes?

—Bueno, usted ya sabe que Luis es el nuevo diputado del distrito. A mucha gente no le gustó que un candidato de la izquierda ganara en un barrio que siempre ha sido priista. Sí que recibimos unas amenazas durante la campaña, pero no las tomamos en serio, al menos hasta ahora…

—Entiendo, eso se ha vuelto demasiado común últimamente —responde García, mientras saca un chicle del bolsillo y comienza a masticarlo con vehemencia—. Igual, para ser franco, creo que podría tratarse de cualquier persona que se haya enterado de que su marido ahora está ganando más lanita. No se preocupe, su caso está en excelentes manos. Sólo el mes pasado tuvimos un caso donde…

Ya dejé de escuchar. El policía sigue batiendo su mandíbula frenéticamente, escupiendo saliva mientras prosigue a platicar de alguna anécdota banal, pero sólo finjo prestarle atención. Paso la mirada alrededor de la sala de estar en la que nos encontramos. Montado en la pared sobre la chimenea, el televisor sigue mostrando el noticiero local, sin que nadie escuche las historias ajenas. En el suelo, desparramados sobre las duelas, yacen unos dibujos que Gabi hizo con crayones. La casa es un hervidero de policías, alguien debe de haberlos tirado de la mesa sin querer. Parecen arrugados, pisoteados, olvidados. ¿Para qué sirven todos estos contactos policiales de Luis si no saben respetar las pertenencias de una niña desaparecida?

¡Rrrrrring! ¡Ring!

Todos dejan de hablar y vuelven a ver el teléfono fijo montado en la mesa en la que estoy sentada.

¡Rrrrrring! ¡Ring!

—¿Quién debe contestar? —pregunto, aturdida.

—Lo hago yo —responde Luis, aproximándose al teléfono cual perro callejero que acaba de ver a un gato. García asiente y varios policías se preparan para escuchar la llamada. Luis respira hondo y contesta:

—¿Bueno?

—Buenos días, Luis —contesta una voz metálica y artificialmente grave—. ¿Cómo va todo? Ya tenemos compañía, me imagino…

Luis le echa una mirada fugaz al detective García, quien le indica con un gesto de la mano que debe continuar.

—¿Con quién estoy hablando? ¿Qué quiere usted? —pregunta Luis.

—Siempre tan directo —contesta la voz distorsionada, soltando una risa mezclada con estática. —Me gusta eso de ti.

—¿Acaso me conoces, cabrón?

La voz cavernosa chasquea su lengua metálica.

—Cuida el tono, Luis. Eso no va a ayudar a tu hijita. ¿Dónde están tus modales?

Luis aprieta el puño derecho, pero mantiene el silencio. La voz modificada continúa:

—Ya viste la foto, así que ya sabes lo que está en juego. Si quieres ver a tu pequeña Gabi de nuevo —en lugar de pedacitos de ella— cumplirás mis demandas a la letra.

—¿Y cuáles son? ¿Qué quieres?

La voz de transformador demoniaco deja escapar una risita malévola. —Dinero, naturalmente.

Luis rechina los dientes. —¿De cuánto estamos hablando?

—¿Tienes lápiz? Apúntalo: Un millón dos cientos mil pesos.

—¡¿Qué?! ¡Estás loco, pendejo! ¡No tengo esa cantidad en el banco!

—Luis, te dije que cuidaras el tono. No creo que nos estemos entendiendo. No me gusta, créeme, pero tendré que castigarte para que comprendas mejor la gravedad de la situación.

Al otro lado de la línea telefónica se escucha respiración agitada y un ruido seco, seguido por un chillido de terror. Reconozco de inmediato la vocecita infantil. Me muerdo el labio inferior y cierro los ojos.

—Así no funciona esto, Luis. Saca el dinero. La próxima vez que hablemos, espero que te portes como un buen caballerito. Ciao.

Luis cuelga el teléfono de un golpe.

—¡Hijo de puta! ¿Pudieron rastrear la llamada? —pregunta Luis, furibundo.

—No, no nos dio tiempo, Señor —informa García—. Además, parece que están utilizando algún tipo de relé para esconder el origen de la señal telefónica. Es bien difícil triangular una llamada así.

Al escuchar al policía, siento que mi corazón late mil veces por minuto, como un martillo neumático que está taladrando sin piedad, que no cesará hasta que se escape de mi pecho. Una presión insoportable crece en mis pulmones, van a reventar si no hago algo. Llevo una mano al cuello, la gargantilla de plata me está estrangulando, me estoy ahogando. Pánico. Todo se ve borroso, oscuro, lágrimas me llenan los ojos mientras el mundo empieza a girar y girar. ¿Qué me está pasando? No puedo con esto, ¡no aguanto más!

Negro. Todo desaparece, engullido por una negrura absoluta y profunda.

Me froto los ojos y trato de examinar mi alrededor. Poco a poco, la penumbra cede ante una luz enfermiza de color sepia. No hay nadie más en la casa, el único sonido que se aprecia es el zumbido constante del refrigerador en la cocina. Me acerco a una ventana y presiono mi cara contra el vidrio frío. Empotrado en un cielo gris lleno de una niebla espesa, el sol irradia una luz de color sangre, que baña todo a la vista, infectándolo con sus colores lúgubres y monótonos. No existe el color verde, ni el azul, ni el morado. La yerba del patio parece seca, muerta.

Una risa fantasmagórica resuena por un pasillo. Se me pone la piel de gallina.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —pregunto sin alzar la voz demasiado.

La única respuesta es otra risotada fantasmal a lo lejos.

Por instinto, llevo una mano al interruptor en la pared, pero no sirve. Los focos se quedan apagados. Guiada por la lumbre inquietante del sol, me acerco al pasillo dando pequeños pasos de ratoncito temeroso.

—¿Hola? —repito. Mi voz hace eco un par de veces hasta desaparecer en la oscuridad.

Al doblar una esquina y entrar a un corredor extrañamente distorsionado y cavernoso, me topo con un niño. Sólo debe de tener unos siete años, pero está vestido de soldado. Lleva una chamarra y gorro reglamentarios, una bandolera de balas pesa sobre su hombro. Su ropa parece bastante sucia y raída.

—Hola, María. Te esperaba.

—¿Te conozco? —pregunto, sobresaltada.

El niño me estudia con dos ojos azabaches. No tienen blanco, más bien parecen dos pupilas enormes.

—Podrías decir que sí. Soy tu tío-bisabuelo.

—¿An… Antonio? —pregunto, extrañada.

El fantasma asiente lentamente con la cabeza.

—Escuché historias sobre ti —continúo, confundida pero curiosamente confiada—. Mi abuelo me las contó cuando era niña, que su papá le contó a él. Me dijo que la familia tenía un rancho, que eras un poquito travieso y que solías jugar al bandido, hasta que…

—¿Hasta que morí brutalmente en una pinche guerra sin sentido?

—Eh… sí… bueno, me dijo que eras valiente cuando serviste en la revolución.

—Qué mamada —interrumpe el niño, escupiendo al suelo—. Todas la guerras son pendejadas sangrientas e injustas. Los riquitos siempre envían a los pobres y a los jóvenes a luchar por ellos, los pinches cobardes.

—Supongo que sí… Oye, ¿por qué hablas así? No eres como me imaginaba.

—¿Cómo? ¿Que no hablo como un niño, ingenuo e inocente? Soy bastante mayor que tú, María, que no se te olvide.

—O… OK… —tartamudeo—. Por cierto, ¿dónde estamos? Esta no parece mi casa. O sea, sí, pero es diferente…

—Estamos en el otro lado.

—¿Quieres decir, en el cielo? ¡¿Estoy muerta?!

—No —responde Antonio, soltando una carcajada—. Ni cerca, ¿a ti te parece el cielo? —pregunta el niño, volviendo a reírse.

—No…

—Entonces ese no es. Esto es una especie de purgatorio, una dimensión especial para las almas en pena. Acá tenemos una eternidad para rumiar nuestro pasado, observar a los vivos, y, si nos sentimos con ganas, ayudar a algún familiar suertudo.

—¿Como yo?

—Ándale, así mero.

—Entonces, ¿me puedes ayudar a recuperar a mi hija? ¿Sabes algo sobre el secuestrador? ¿Quién es? ¿Qué quiere? —pregunto desesperada.

—No te lo puedo decir así como así. Sólo te puedo guiar, utilizando la información que ya tienes, aunque no lo sepas.

—No entiendo…

—Todo depende de ti. Venga, haz mejores preguntas. No tenemos todo el día, tendré que irme pronto.

—¿Es algún fanático político? ¿O un pandillero que sólo busca el dinero?

—No, no, no. Ahí vas por mal camino. Piensa, mujer, ¡piensa!

—¡No sé! Es… ¿Es alguien que conozco?

Antonio me dirige una mirada intensa que interpreto como un sí.

¡¿Quién?! —grito desesperada.

—Alguien que te conoce mejor de lo que crees. —termina el fantasma antes de esfumarse, dejando un rastro de neblina en la penumbra.

—¡Espera! ¡¿A dónde vas?! ¡¡Ayúdame!!

Nadie me contesta. Resignándome, me derrumbo en el suelo y comienzo a sollozar. Con lágrimas escurriendo por las mejillas, me siento más sola que nunca.

***

—Vine tan rápido como pude —me dice una mujer alta y morena, vestida con una larga falda azul y una blusa blanca de secretaria—. ¿Cómo vas?

—Mejor, ya. Gracias por venir, Vero, en serio. Te lo agradezco —le contesto con una sonrisa débil.

—Claro, es normal —responde Verónica —, si es que hay un “normal” en situaciones así. Toma esto, te hará sentir mejor —me dice, ofreciéndome una taza de té caliente.

Agarro el remedio casero que mi amiga me preparó y me lo arrimo a la boca. Siento el calor del vapor bajo mi nariz. Respiro hondo, oliendo su aroma placentero de especias y mango. Al sentir el líquido cálido pasar lentamente por la garganta, me siento un poco aliviada.

 Estamos sentadas en la cocina, donde antes estaban Luis y los policías. Se han trasladado a otro cuarto para seguir armando un plan mientras yo me recupero. Miro por la ventana. Allá fuera, todo parece tan tranquilo. Los girasoles del jardín florecen, absorbiendo felizmente la luz brillante del sol. El cielo parece un mar azul, ininterrumpido salvo por un par de nubecitas blancas que flotan a través de su superficie.

Sentada a mi lado, sosteniéndome la mano, está la Vero. Los rayos de sol que entran por el ventanal suavizan sus rasgos; parece una diosa en la Tierra, o cuando menos, una celebridad. Perfectamente maquillada, tiene los labios pintados y carnosos, una nariz fina, las uñas largas y pintadas de un azul brillante de tono indefinible. Su melena negra y ondulante cae hasta sus pechos firmes. Contrastando curiosamente con su belleza, hay algo inquietante en su mirada. Sus dos ojos negros y penetrantes parecen los de una fiera salvaje, capaz de defenderse si fuera necesario.

—No puedo creer que te desmayaste así —me dice Vero—. Bueno, sí… ni me puedo imaginar cómo te sientes ahorita. ¿Qué pasó? Cuéntame. —Me aprieta ligeramente la mano con la suya.

—No sé qué vamos a hacer, Vero. Sólo quiero a mi Gabi de vuelta… —balbuceo entre sollozos. Con la mano libre me limpio una lágrima—. Mija se fue a la escuela, como siempre, pero luego…. luego recibimos un mensaje, una foto. La tienen… secuestrada. Quieren dinero, un montón de dinero, Vero. Aún no sabemos quién es. Y toda esta presión, este miedo, no pude con eso, entré en pánico.

—Claro —responde Vero, abrazándome—. Gracias por llamarme, te ayudaré como pueda.

Al escuchar el clic—clac de unos zapatos de vestir detrás de nosotras, volteo para ver quién se acerca. Pasando el umbral de la cocina, veo a Luis, cabizbajo y con la corbata medio desatada. Parece fatigado, tanto que juraría que unas canas nuevas han salido de su piocha recortada sólo en las últimas horas.

—Hola, mi amor. ¿Cómo te sientes? —me saluda. Al ver a la Vero sentada a mi lado, sus ojos parecen agrandarse de sorpresa—. Vaya, no te esperaba ver acá a esta hora, Verónica. ¿Márquez ya te dejó salir de la oficina?

—Claro, ya casi es de noche. —contesta Vero con una sonrisa calculadamente educada. —Además, María me pidió que le ayudara, me contó todo lo que ha pasado. ¡Es terrible!

—Sí… —dice Luis, incómodo y bajando la mirada—. Disculpa, no sé qué mosca me picó. Siempre eres bienvenida aquí…

—No te preocupes, todos estamos un poco nerviosos ahorita. ¿Hay algún avance?

—No, hace rato que no hay novedades. Estamos tratando de reunir el dinero que pidió, pero aún no tenemos instrucciones para entregárselo. No sé qué está esperando este chiflado. —masculla Luis. Parece que se mesaría el pelo si no estuviera rapado.

—A lo mejor quiere ser dramático, el tipo —conjetura Vero.

—Ya no sé qué chingados pensar —contesta Luis, abatido.

Un silencio incómodo se apodera del cuarto. Agarro la tasa de té otra vez, sin llegar a beberlo.

—La vamos a encontrar —digo al aire, más para convencerme a mí misma que a los demás.

—Sí, así será —agrega Vero—. Bueno, ahora que María va un poco mejor, me voy a casa. No quiero estorbar. Pero si necesitan cualquier cosa, avísenme, ¿va? Incluso durante el día, me da igual, ya saben que la oficina queda cerca. El diputado Márquez entenderá si quiero ayudar a un colega suyo, todos somos familia.

—Gracias, Vero, muchas gracias. —le digo, abrazando a mi amiga antes de que se levante de la mesa.

—Sí, supongo que deberíamos descansar como podamos hasta que haya novedades —agrega Luis, dejando escapar un suspiro—. Si no, ni podremos pensar claro… Deja que te acompañe a la puerta —remata antes de enfilar hacia el vestíbulo de la casa con cierta prisa, mi amiga detrás de él.

Sola de nuevo, bebo el té a sorbos y me quedo pensando. ¿Qué tipo de infrahumano secuestraría a una pobre niña, causar tanto daño sólo por el pinche dinero? ¿O será por algún placer perverso? Un escalofrío me recorre la columna vertebral.

No, no puede ser eso.

***

Llevo toda la noche pasando entre el insomnio y un duermevela, revolviéndome y mojando las sábanas con un sudor febril. La recámara está envuelta en una oscuridad total, ni la luz de la luna logra penetrar la cortinas ahuladas. Sólo sé que Luis está a mi lado por sus ronquidos ásperos y constantes. Aunque, ahora que lo pienso, ni los escucho ahorita. Por instinto, echo una mano para buscarlo a tientas. Mis dedos sólo encuentran la tela suave del edredón. No está.

—¿Luis? —pregunto al aire.

Tanteo la mesita de noche, buscando la lámpara. Al sentir el interruptor bajo la yema de un dedo, presiono. Nada. Permanece apagada. Con cierta urgencia, intento un par de veces más. No sirve. Mientras me sigo frustrando, una luz rojiza empieza a colarse por la rendija de la puerta. Tengo un mal presentimiento.

Con el pulso acelerándose, me levanto de la cama y camino de puntillas hasta la puerta. No sé bien a quién podría alertar con mis pasos. Agarrando el pomo de la puerta, lo giro con delicadeza y empujo lentamente. Para mi desagrado, las bisagras me delatan con un rechinido.

Ay, otra vez no….

Estoy en el otro lado. Al pasar por la puerta, entro una vez más al corredor misterioso y cavernoso de la casa que no es precisamente mi casa. Montadas en las paredes amarillentas, ahora desvaídas, encuentro un sinfín de fotos familiares, pero algo está mal. Los marcos están todos chuecos, algunos hasta están boca abajo.

Entonces lo escucho. Una tos ronca y distorsionada, como la de alguien que sufre de un exceso de flema, o algo más siniestro…

—¿Hola? ¿Antonio, eres tú? —pregunto tímidamente.

Una risita enfermiza resuena por el pasillo.

—Sí, soy yo —me contesta el niño fantasma—. Apúrate, que no ando con tiempo para jugar a las escondidillas.

Sigo avanzando por el corredor hasta toparme con una silla de madera desvencijada. Sentado en ella, sobándose la pierna derecha, está Antonio. Se ve mal, más pálido y demacrado que antes.

—¿Qué pasa Antonio? ¿Estás bien? —pregunto, alarmada.

—Pues, estoy muerto, así que he tenido días mejores —contesta con una risita débil.

—Sí, ya sé, pero te ves mal. O sea, peor que la última vez que te vi.

—Gracias por el cumplido —Intenta reírse, pero sólo logra toser más.

—¿Es así.. como te moriste?

Sus dos pupilas enormes y negrísimas se fijan en mí.

—Aún no has preguntado, ¿por qué yo? ¿Por qué, de todos tus familiares difuntos, te visita un tío—bisabuelo que ni conoces bien?

—No sé, no… no sé cómo funcionan estas cosas.

—Pues eso se nota clarísimo —masculla.

—Oye, no te hagas. —le digo, fulminándolo con la mirada.

—Perdón, perdón, es sólo que me siento bien pinche feo ahorita —se excusa—. ¿Alguna vez tu abuelito te contó la historia de cómo morí?

—Bueno, nunca quiso entrar en detalles, pero me dijo que luchaste en la revolución. Que eras demasiado joven para la guerra, y que un día la familia simplemente perdió el contacto contigo. Tiempo después, un soldado llegó a la casa de tus papás para decirles que habías muerto por una herida de bala.

—Pues, más o menos, pero omitieron la parte jugosa —riéndose y soltando una lágrima a la vez—. Sí, es verdad que un pinche güey me disparó. En la pierna, como bien puedes ver —dice, indicando la pierna lesionada con una mano—, pero lo que no sabían es que esa bala no iba a ser fatal ella solita. No, no… Un médico pudo haberme curado. No muy bien que digamos, como los médicos hoy día, probablemente me hubiera mochado la pierna, pero hubiera preferido esa chingadera a morir, ¿me entiendes?

Asiento con la cabeza, tratando de imaginar la escena. —Entonces, ¿por qué no te ayudaron? Seguro que alguien más vio que estabas herido, ¿verdad?

—Pues sí, así mero. Mi mejor amigo, Daniel, estaba conmigo en el campo cuando me dispararon. Vio cómo me caí, escuchó cómo gritaba de dolor. ¿Y qué hizo? Nadita, el pinche marica. Tuvo miedo de que alguien le disparara a él también, y huyó con nuestros compañeros. Nunca regresó por mí. ¡Me abandonó, chingada madre! —escupe al suelo. Noto algo curioso en el gargajo. ¿Será sangre?—. No podía caminar, y no quedaba nadie después de la batalla, al menos nadie amigable que digamos. Tuve que arrastrarme a un cobertizo y esperar a que alguien me encontrara. Nunca llegó a pasar. Por suerte encontré una cantina de agua y comida enlatada, pero eventualmente no podía ni moverme. Comenzó la tos, la fiebre, y después… este paraisito —termina, indicando el corredor penumbroso con un gesto de la mano.

No sé qué decir. Bajo la mirada para pensar, y mientras lo hago, noto un charquito oscuro que se está formando en las duelas debajo de la silla. Sangre. Retraigo los labios en un mohín de horror.

—Es eso lo que tenemos en común, ¿lo ves? —continúa Antonio.

—¿Qué? No entiendo, ¿qué tiene que ver tu historia con mi hija? —pregunto, cada vez más preocupada.

—La traición.

Los dos abismos negros que son sus pupilas se fijan en mí tan intensamente que juraría que pueden ver dentro de mi cabeza, neuronas y todo.

—¿Qué dices? ¿Quién me traicionaría? Es que no tengo enemigos… —balbuceo, mientras comienzo a pensar en todos y cada uno de los conocidos en mi vida.

—Enemigos no, pero una enemiga, sí que tienes, aunque no lo sepas.

Frunzo el ceño y me pongo a pensar. Poco a poco, un pavor implacable crece desde el fondo de mis entrañas, apoderándose de mí con cada segundo que pasa.

—Verónica.

Las palabras resuenan por el pasillo, haciendo eco del pensamiento terrible. Antonio no dice nada, pero noto un su rostro un gesto de afirmación.

—¿Por qué haría algo así? Hemos sido amigas por años, no tiene sentido…

—Mejor pregúntale a tu querido esposo. Ya sabes que trabajan en la misma oficina, de hecho, el muy pillo la ayudó a obtener la chambita de secretaria. ¿De veras que nunca sospechaste, cuando los dos a veces trabajaban hasta muy tarde, las mismísimas noches? ¿De verdad? ¿Y no notaste que se portan rarito últimamente, como si no quisieran estar juntos en el mismo cuarto?

—Yo…

—Abre los pinches ojos y ¡ponte buza! Te engañaron los dos, y ahora que la aventurita salió mal, por la chingadera que sea, se ha puesto malita la Vero. Es decir, jodidamente encabronada. Ya quiere chingar al tal Luisillo, y qué mejor manera de verlo sufrir que secuestrar a la única hembra a la que ama de verdad. Supongo que sacar una lanita extra mientras lo hace no le vendría mal tampoco.

—¡¿Pero cómo pudo hacer eso?! No me cabe en la cabeza…

—La verdad, no sé exactamente cómo lo hizo. A lo mejor tiene algún primo narquito dispuesto a hacer el trabajo sucio. Quizá no hizo falta, Gabi es bien chiquita. Ella ya sabía a cuál escuela va, se ofreció un par de veces en el pasado a recogerla cuando tú estabas enferma y su papá tenía demasiada chamba. Cualquier pendejo (o pendeja, claro) puede modificar su voz con una de esas aplicacioncitas de su teléfono. El caso es que, nunca debes subestimar a una mujer furiosa. Bueno, ya estoy hablándole a Noe de lluvia…

—¡¡Hija de perra!! Si lo que dices es cierto, ¡¡la voy a a matar yo misma!!

—Ándale, mija, veo que ya agarraste la onda. Sólo queda averiguar dónde la tiene escondida. Si quieres pruebas de todo esto, sólo checa el teléfono de tu marido. Ya verás.

Aprieto los dos puños, sudorosos, rechinando los dientes. El pavor de antes se está volviendo furia en su forma más pura.

—Ya es hora de irnos, mija, fue un gusto conocerte. Cuidado con el aterrizaje.

—¿Cómo?

Antes de que pueda reaccionar, el niño fantasmagórico se levanta de su silla de un salto y me asesta un fuerte empujón. Gritando a todo pulmón, siento que estoy cayendo por el cielo nocturno. En la penumbra confusa que se mueve a toda velocidad ante mis ojos, veo pasar a una serie de figuras oscuras, otras de las innumerables almas en pena atrapadas en este purgatorio tan lúgubre. Luego viene el silencio y la familiar negrura abrazadora.

No me puedo mover. Aún no. Siento el suave tacto de las sábanas en las que estoy envuelta y la almohada blanda bajo la cabeza. Me llegan al oído los familiares ronquidos de Luis, jetón y felizmente ignorante de mi… ¿pesadilla?

Necesito saber. Despacito y en total silencio, me incorporo y voy para la mesita de noche. Al sentir el frío plástico de la pantalla bajo mis dedos, agarro el iPhone e introduzco el código: su cumpleaños. Luis siempre ha sido flojo con las contraseñas. Una vez desbloqueado, toco un ícono verde en la pantalla para ver sus mensajes. No me toma mucho tiempo para dar con su nombre. Verónica. Hago clic.

Los rependejos.

Leo y leo, deslizando cada vez más rápido con el dedo. Ya ni me fijo en las palabras, solo veo los emoticones. Los duraznos lascivos, las berenjenas lujuriosas. Me da asco. Más que asco. Me da pena ajena. ¿Cómo pudieron ser tan imbéciles? ¿Actuar con tanta desfachatez?

Irguiéndome como una energúmena furibunda, salgo de la recámara y bajo las escaleras en silencio. Antes de salir por la puerta principal, el centelleo de algo metálico me llama la atención. Un cuchillo, el que usamos para trinchar carne. Lo agarro y lo meto en mi bolsa, a lo mejor será útil. Voy con prisa para el coche, sin siquiera cerrar la puerta principal con llave.

Mientras manejo rápido por las calles nocturnas, esquivando hábilmente los conductores que estorban, trato de organizar los mil pensamientos que están surgiendo en mi cabeza a la vez. ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Soy yo la imbécil? No. Sólo una desalmada podría traicionar a su mejor amiga así. No, una psicópata. ¿Cómo se atreve a verme todos los días, sonriendo como si no pasara nada? ¿Y secuestrar a una niña inocente? ¿Sería capaz de de tal bajeza? No sé, pero lo que dijo Antonio ha sido verdad hasta ahorita.

Al ver finalmente el viejo edificio de color beige y ángulos rectos, freno en seco y me bajo del vocho. Deben de ser las tres de la mañana, no veo a nadie aparte de un teporocho solitario en la esquina. Caminando bajo la luz tenue que echan los faroles sobre la banqueta, sólo escucho el ronroneo lejano de unos carros en Constituyentes y el viento que brama a mis espaldas. Al llegar a la entrada del antiguo edificio de departamentos, entro al vestíbulo y voy directo para las escaleras. Agarrando más fuerte mi bolsa, subo tan rápido como puedo. Un piso, dos. En otras circunstancias, me cansaría. Llego al cuarto piso y marcho por el pasillo hasta dar con una puerta de color azul desvaído, la de Vero. Me paro en seco. Mi respiración se agita, dudas empiezan a invadir mi mente:

¿De verdad crees que tiene a Gabi aquí, amordazada y guardada en un clóset? ¿O que te va a decir dónde más la podría esconder? ¿Por qué no te deshaces de ese cuchillito y llamas a la policía?

No, no me creerían. ¿Quién va a creer a la mujer que habla con niños muertos?

Envalentonándome, hago sonar el timbre una, dos, tres veces. Espero. Escucho ruidos secos, indistintos. Una luz se enciende al otro lado de la puerta, que se abre a medias.

—¿María? —me pregunta Vero, visiblemente adormilada y confundida. Sin todo el maquillaje, noto las ojeras profundas que se han instalado bajo sus cuencas. —¿Estás bien? ¿Qué haces aquí a esta hora?

No contesto de inmediato, solo estudio su rostro. El ceño fruncido, los ojos penetrantes, los labios tensos. Me da mala espina.

—Necesitamos hablar —declaro, empujando la puerta y entrando sin pedir permiso. Verónica me sigue, contrariada y alarmada. Me siento en un sillón al lado de la chimenea, pero ella se queda parada, como si aún sopesara sus posibles reacciones a mi intrusión nocturna. Mientras sigo mirando fijamente a mi examiga, siento el reconfortante peso del cuchillo escondido en mi bolsa. Esta va a ser una larga noche.

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