A salto de mata

Jessica Hampton. Así me llamo ahora. Sigo repitiéndolo en mi cabeza, en un eterno loop, tratando de aceptar esta nueva realidad. Aún no lo logro. Va a tomar tiempo.

A mi lado, la niña sigue absorta en la película animada en la pantalla. De vez en cuando se acerca a la ventana, presionando su carita contra el vidrio para observar fascinada las nubes que pasan por debajo del avión. No entiende la situación, por qué nos estamos mudando, por qué nos llamamos diferente. Al menos no tuvieron que cambiar su nombre. Siempre será mi Sarita.

Las luces mortecinas y el zumbido constante del viento afuera siguen intentando adormecerme, en vano. Ya llevo más de veinticuatro horas sin dormir. A veces cierro los ojos un rato, incluso caigo en ensueños, hasta que alguna pesadilla cruel me regresa a la realidad, sudando por las manos y jadeando. Al menos la niña no parece sufrir lo mismo, gracias a Dios.

Siento algo tocarme el hombro y doy un respingo en mi asiento. En el pasillo, una afroamericana con rastas, vestida todo de azul, se me queda mirando.

—¿Señora?

—¿Sí? ¿Qué pasó? —contesto, atontada.

—Sólo preguntaba si quieren algo de tomar —me dice, con una expresión no sé si de molestia o de pena.

—Ah perdón, no te había escuchado. No, gracias, estamos bien.

La azafata continúa caminando por el pasillo sin siquiera asentir con la cabeza.

Agitada, agarro una de las revistas en el bolsillo del asiento en frente de mí para ocupar mi mente. La hojeo sin prestar mucha atención, hasta que me topo con unas fotos de una playa pintoresca. Una pareja de jóvenes risueños está tumbada en la arena mirando el atardecer, las manos entrelazadas. Arriba en letras blancas se lee un mensaje: “Descubre la Magia de Miami”. En un arrebato de amargura, arranco el anuncio de la revista y lo estrujo en mi mano. No podremos volver nunca. Siquiera para ver a los abuelos.

Dejo escapar un resoplido y me arrellano en el asiento, resignada. En busca de un poco de consuelo, miro una vez más a la niña. Mantiene los ojos clavados en la pantalla, una sonrisa irreprimible dibujada en el rostro. Balancea los pies, 100% contentita en este momento, como si el horror de los últimos días nunca hubiera pasado. Creo que es su superpoder, ojalá lo tuviera yo.

***

No es fácil soportar la vida, una vez entrado al programa de protección a testigos. Algunos creen que es así, que debería ser como los típicos finales felices de las películas, que los tipos malos terminan o en prisión o prófugos. Se equivocan.

Ser testigo en un caso criminal importante siempre conlleva dos cosas: el rencor y el dolor. El rencor porque los malhechores te ven como un traidor. Y tienen razón, eres un traidor. Para tener información dañina en un juicio, eras o su amigo, o su socio o los dos. Solías hablar con ellos cada semana, quizás cada día, sonriéndoles, dándoles palmadas en la espalda, intercambiando chistes inapropiados. Tal vez te platicaban de sus familias, de la sobrina que iba a cumplir seis añitos. Y a pesar de todo eso, los delataste. Desembuchaste. Cooperaste con la policía. Eres una rata.

Después sigue el dolor. Tú, como testigo, los lastimaste. Perjudicaste sus negocios, los enviaste a prisión, causaste enfrentamientos armados con la policía. Nunca se olvidarán del sufrimiento que les infligiste, y se afanarán toda la vida para devolverte el favor, multiplicado por diez. Te cazarán a ti y a toda tu familia. Nadie sabe quién será el primer blanco. Tal vez vendrán primero por tus hijos, o quizá les apetece dejar viuda a la madre de tu hija.

Julián conocía los riesgos mejor que nadie. Durante años lavaba dinero, manejando las inversiones millonarias de varios carteles. Yo siempre sospeché que el dinero tenía que ser “sucio” de alguna manera, pero ¿qué le iba a decir? Era mi esposo, mi amor, siempre nos cuidaba bien a Sara y a mí. Además era realmente bueno en su negocio, juzgando por los lujos que nos proporcionaba: la piscina en el patio trasero, los flamantes autos deportivos, la escuela privada carísima para Sara. Yo esperaba, o más bien creía ingenuamente, que el dinero y felicidad iban a continuar para siempre. Hasta que un día se enteraron las autoridades y literalmente tocaron a la puerta.

Julián no quería delatar a sus jefes en Miami, pero la DEA nos tenía acorralados. Sabían con quienes trabajaba Julián, que en su despacho con vista a la ensenada se reunía tanto con clientes honrados como con narquillos. Querían montar un caso contra un pez gordo colombiano, apodado “El Dientes”. Según me contaron, la gente lo llamaba así porque tenía la peculiar afición de coleccionar los dientes de las personas que mandaba matar para tener pequeños souvenirs, como la gente normal que recoge conchas cuando va a la playa o compra globos de nieve cuando visita alguna ciudad nueva. Ya sospechaban cuales inversiones inmobiliarias se habían hecho con plata sucia, pero necesitaban pillar al jefe en medio de una transacción como evidencia contundente en un juicio. Para eso necesitaban a Julián, querían que se pusiera un micrófono durante una reunión con la mano derecha del Dientes. Antes de que él pudiera rechistar, le amenazaron con quince años de cárcel basado en la evidencia que ya habían recopilado si no cooperaba.

—Piensa en tu familia, ¿quieres que tu hijita crezca sin su papá? —le preguntó uno de los agentes vestidos de traje negro. Ni recuerdo bien su rostro, sólo me acuerdo del pánico que se apoderó de mí a partir de ese momento.

Debíamos haber respondido de otra manera. Rehusar la oferta. Contratar a un buen abogado. O quizá huir del país. No sé qué habría pasado si hubiéramos tomado una de esas decisiones con las que tanto fantaseo, pero tendría que ser mejor que lo que sí pasó.

***

—¡Mamá! ¡Mamá! ¿Quieres verlo? —me pregunta Sara, emocionada y sonriente.

—Claro, cariño. —contesto, de buen humor a pesar de seguir un poco adormilada esta mañana dominical.

La niña está sentada en la mesa de la cocina, balanceando los pies mientras sostiene un papel en su manita. Arrimo una silla y me siento a su lado para apreciar el dibujo.

—Veamos qué dibujaste… —digo, mientras comienzo a examinar su obra.

En medio del papel queda una casa pequeña de dos ventanas rectangulares y un techo perfectamente triangular. Sólo la puerta tiene color, un azul oscuro pero vibrante. En frente, en lo que me imagino sería el patio delantero, dos figuras de palo con el pelo largo están lanzando bolas de nieve. Al lado derecho, detrás de una cerquita, un enorme muñeco de nieve se queda mirando la batalla. Éste tiene una larga nariz naranja, grandes ojos negros, una raya que parece bufanda, sombrero de copa y una sonrisa de oreja a oreja. Bueno, si las tuviera.

—¿Estas somos tú y yo? —pregunto, refiriéndome a las dos figuras de palo.

—Sí, y el muñeco de nieve se llama Steve. Steve The Snowman.

—¿No será Frosty?

—Nooo, silly. Este es su hermano, Steve.

—Ah, ya veo. Me cae bien Steve —digo, dándole una palmadita en la espalda—. ¿Te gustaría hacer un muñeco como Steve este año?

—Siiiii —me contesta, incapaz de contener su entusiasmo.

—Pues tienes suerte, porque aquí va a haber mucha nieve, no como en la Florida. Podremos hacer ángeles de nieve, bolas de nieve, muñecos de nieve, raspados con nieve, las opciones son i-li-mi-tadas.

Al escuchar la noticia, Sara se menea en su silla y emite un chillido agudo que interpreto como emoción pura.

—¡Así es! —respondo, soltando una risa—. Y lo mejor es que no falta mucho para la primera nevada.

Una sonrisa incontenible parece expandirse por toda la carita de Sara. Misión cumplida.

Tomo un segundo para saborear el momento, me hacía falta un poco de alegría.

—¿Sabes qué? Tengo ganas de ir al parque hoy. ¿Te parece bien?

—¡Sí! Y ¿podríamos… ir por un helado también?

—Hmmmm —contesto, fingiendo pensarlo mucho para dejarla en suspenso—. Supongo que sí, si te portas bien. Sólo dame unos minutos, me tengo que duchar primero.

—OK. —responde Sara contenta, asintiendo con la cabecita y volviendo a dibujar.

Enfilando hacia el baño, pienso que nos vendrá bien un paseo por el parque. Ya llevamos un par de semanas instaladas en Ohio, pero siento que apenas hemos salido de casa. La agencia aún no me ha conseguido un trabajo, y me he dado cuenta de que por el momento Sarita es la única amiga que me queda.

Al entrar al baño, giro la llave de la ducha y me miro en el espejo mientras espero que el agua se caliente. No me parezco a mí misma. Unas ojeras oscuras de mapache se han instalado debajo de mis ojos, quizá de manera permanente. Debo de haber bajado de peso, noto que mis pómulos se ven más marcados y mis pechos se han achicado, un poco caídos. Mi melena negra desaliñada exige un peine.

No me gusta esta nueva yo, esta Jessica. Sólo quiero volver a ser la Laura de antes, pero eso es imposible. Temo que esta impostora, Jessica, se va a quedar para siempre.

Abatida, me quito la ropa y entro a la ducha. Agarro la botella negra que está en un estante y echo un chorro de champú en la palma de mi mano. Comienzo a pasar mis dedos resbalosos por mi cabellera y cierro los ojos. Siento las gotas calientes de agua golpearme en la frente mientras el champú se hace espuma en mis manos. Sube la temperatura del cuarto al llenarse de vapor. Pero algo está mal. Me toma un momento identificar qué es. Inhalo. Un olor desagradable está invadiendo el cuarto, un hedor a carne podrida. Abro los ojos y corro la cortina.

No puede ser.

Tirado sobre el excusado yace un hombre, degollado. Su lengua se asoma por la garganta como una corbata grotesca. Su boca, incómodamente abierta, revela la ausencia patente de los colmillos. De las encías encarnadas sigue saliendo sangre, como si alguien acabara de arrancarle a tirones los dientes con pinzas hace sólo un momento. Me doy cuenta de que el cadáver no es el único que está sangrando, el vil líquido carmesí también está saliendo de la regadera a chorros. Me está empapando, enlodando, ensuciando.

Despavorida, corro por la salida y me encierro en mi cuarto con un portazo. Me desplomo en la cama, mojando las sábanas y las cobijas. Sollozo. Sigo llorando, no sé por cuanto tiempo, intentando quitarme de la cabeza el cadáver putrefacto de Julián.

***

Un manto de nubes espesas cubre el cielo plomizo, amagando con lluvia. El viento, frío y cruel, no deja de soplar. Temblando ligeramente, me pongo la capucha de mi abrigo y aprieto un poco más fuerte la manita de Sara. Por qué precisamente hoy decidimos venir a Cedar Point? Bueno, ya sé. La soledad y ansias de salir de casa me estaban carcomiendo. Ni modo, ya estamos acá.

—Mamá, ¿podemos probar esa ahí? —me pregunta Sara, tirándome del brazo. Está apuntando con el dedo a una montaña rusa con forma de barco pirata, de esas que balancean cada vez más fuerte hasta quedar patas arriba.

—No cariño, lo siento. Aún eres un poco chiquita para esa, pero ¿qué tal si subimos a la rueda de la fortuna?

—Mmm…. Ok —responde, haciendo cara de puchero.

—Ay, no te pongas así. Esa también es muy divertida, ya verás.

Ahora con un nuevo plan, seguimos caminando por el parque de diversiones, aproximándonos poco a poco a la rueda de la fortuna al lado del gran lago. Mientras caminamos, pasamos un sinfín de puestos desde los cuales vendedores vocean sus mercancías y todo tipo de comida callejera. Un olor a fritangas y azúcar impregna el aire.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Doy un respingo y aguanto la respiración. Al examinar mi alrededor, me doy cuenta de que los culpables de mi sobresalto son unos globos que acaban de reventar. Unos adolescentes están compitiendo en uno de los puestos para ver quién tiene mejor tino con los dardos. Un pelirrojo de pecas innumerables parece ser el campeón, juzgando por el enorme calamar de peluche morado que lleva en la cabeza, cual ínfulas de cura extraterrestre. Sólo le faltan dos globos más y podrá elegir otro trofeo peculiar.

Me gruñe la panza. No he comido en todo el día, aparte del tazón de cereal aguado que desayuné como último recurso. Casi no hay nada en el refri, no me he sentido con ganas de ir al súper.

—Oye Sara, ¿quieres algo de comer? Chequemos ese camión ahí, a ver qué venden.

—Sí, quiero una banderilla.

—Ok, voy a preguntar al señor si las venden —contesto, arrimándome a la ventanilla de un camión que huele a grasa y sal—. Hola buenas tardes, ¿tienen banderillas?

—Tenemos todo lo que hay en el menú ahí —me dice el cocinero bigotón, señalando un letrero detrás de él.

—Vale, gracias.

Entorno los ojos un poco para divisar el menú, las descripciones están escritas en una letra innecesariamente pequeña.

—¡Ah perfecto! —exclamo al encontrar justo lo que se me antojaba—. ¿Me trae por favor una banderilla y una hamburguesa sin pepinillos?

—Claro, son trece cincuenta.

—Ok.

Hurgo en mi bolsa hasta dar con mi cartera. Saco una tarjeta naranja y la inserto en la máquina de pago. Casi antes de terminar mi firma, el cocinero me entrega la comida que pedí; al parecer cocinan a la velocidad de la luz.

—Gracias.

Abro la bolsa de papel de estraza grasienta y huelo su contenido. Un tufillo de carne empanizada me entra por la nariz, un gusto culposo.

—Sara, aquí tienes —digo, extrayendo la banderilla del saco—. ¿Sara?

Miro a mi alrededor, no veo a la niña en ninguna parte. Mi corazón comienza a latir más fuerte.

—¿Sara? ¡¿Sara?! ¡¿Dónde estás?!

Se me hace un nudo el estómago a la vez que un escalofrío pasa por mi columna vertebral. Veo pasar a mucha gente, pero no encuentro a mi niña entre el ajetreo. Entro en pánico.

—¡Sara! —grito con toda mi fuerza. Algunos paseantes me miran raro. No importa.

Empiezo a correr, tambaleante y sin un rumbo claro mientras zigzagueo por la multitud. Por el rabillo del ojo veo una coleta negra con un lazo blanco. Me acerco y le toco el hombro, sólo para descubrir con consternación que no es mi hija. Vuelvo a correr desesperada por el gentío, escudriñando el área en busca de cualquier niña que se parece a mi hija.

¡Zas!

Mi cara choca contra una mole humana. Aturdida, miro hacia arriba y encuentro a un hombre fornido de piel morena y cabello rapado.

—Hay que tener más cuidado con la niña —me dice en español, con un acento cantadito—. Hay gente peligrosa en todos lodos, no vaya a ser que caiga en las manos equivocadas.

El tipo sigue con la mano puesta en el hombro de Sara. Algo en su mirada fija me inquieta. No sé cómo sabía que hablo español si mi piel es tan pálida que parezco gringa.

—Gracias…. —le respondo, extrañada.

Silencio. El tipo no se mueve ni un ápice. Nerviosa, echo mano a Sara y me la arrimo. El hombretón no se opone, sólo se me queda mirando, sin rastro de una sonrisa.

—Sara, vámonos. —digo, poniendo mi brazo sobre sus diminutos hombros y echando a andar.

—Por cierto, Laura, nuestro amigo mutuo te manda un saludo.

Escalofríos. No me volteo para mirar la expresión en su rostro, sólo abrazo más fuerte a la niña y apresuro el paso hacia la salida del parque.

Mil preguntas comienzan a agolparse en mi cabeza.

¿Cómo carajo nos encontraron? ¿Qué más quieren?

No quiero averiguarlo. Llamaré a la agencia para ver si nos pueden trasladar de nuevo. Esta misma noche.

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