Medusa cuenta su historia

Son las 7:58 de la mañana y el estudio está repleto de espectadores. Sentado en un escritorio al lado derecho del escenario, un hombre de pelo engominado y un traje gris oscuro bebe un café a sorbos. Un fresco detrás de él muestra el perfil de la Atenas moderna, caricaturas de varias celebridades y los dioses griegos que observan todo desde su penthouse en Olimpo. Se oyen los murmullos del público, ansioso por escuchar los detalles nuevos del escándalo que ha acaparado las noticias del mundo de la farándula durante las últimas dos semanas.

Colgando del centro del techo, se enciende un letrero de neón rojo que dice “LIVE”. Dos hombres a la orilla del escenario levantan grandes carteles que piden que el público aplauda. Todos los que están sentados en las gradas obedecen con entusiasmo. Un camarógrafo se acerca al presentador desde el borde del escenario, y este responde con una sonrisa encantadora y un saludo con la mano al público.

—¡Gracias! ¡Gracias, amigos! ¡Bienvenidos al programa! Esto es Despierta Grecia y yo soy Nikos Galanis —comienza el hombre de traje elegante mientras los aplausos y gritos empiezan a disminuir.

—Tenemos una invitada muy especial el día de hoy. Como ustedes ya saben, ella ganó no una, no dos, sino tres veces el título de Miss Grecia. Todos la conocen por su belleza y sus esfuerzos para ayudar a varias organizaciones caritativas. Se rumora que hasta una diosa le podría tener envidia.

Mientras habla el presentador, una pantalla a sus espaldas muestra una serie de fotos de la mujer. En todas las imágenes, ella luce unos dientes nacarados con una sonrisa genuina y cálida. Una melena negra y ondulada cae hasta sus pechos generosos. Con el talle delgado, tiene una figura un poco atlética pero voluptuosa a la vez.

—Hay muchas habladurías en torno a las circunstancias de su repentina transformación. Algunos afirman que es la secuela de la rabia de algún dios, mientras otros especulan que simplemente fue el resultado de una cirugía plástica que salió terriblemente mal.

Mientras continúa Nikos, las fotos de la hermosa mujer desaparecen, reemplazadas por las imágenes de un verdadero esperpento. Unos labios inflados y demasiado rojos recuerdan a cualquier celebridad venida a menos a causa del Botox. Su cutis, antes saludable y claro, ahora se ve cetrino y grasiento. Toda la cara está hinchada, provocando que los ojos se queden siempre entornados. Unos tubos para el pelo anidan en sus greñas grasosas como una maraña de serpientes enrolladas.

—Y qué suerte, amigos, ella aceptó venir a nuestro programa el día de hoy para contar su lado de la historia. Les presento a Medusa Papatonis, ¡denle la bienvenida! —vocea Nikos.

En medio de aplausos y gritos, aparece la tal mujer al lado izquierdo del escenario. A pesar de su aspecto espantoso, se mueve con cierto garbo al caminar hasta el escritorio del presentador. Le da la mano a Nikos, hace una mueca tensa que se aproxima a una sonrisa y se sienta en el sofá de cuero blanco al lado de la mesa. Unas gafas de sol esconden su mirada, dándole la pinta de alguien con una resaca fuerte.

—Muchas gracias, Medusa, por venir a platicar con nosotros. Sé que las últimas semanas no han sido fáciles para ti, y que has sido un poco tímida frente a las cámaras últimamente.

—No, gracias a ti Nikos. Es un placer estar aquí —responde Medusa con una voz un poco ronca, pero amable.

—Me gustaría empezar desde el principio. ¿Qué causó el gran… cambio? ¿Son ciertos los rumores de que fue obra de Atenea? Varios testigos afirman que vieron a Poseidón visitarte en tu camerino antes de tu último concurso de Miss Grecia.

—Sí, es cierto que Poseidón me visitó ese día, pero no fue la primera vez que nos vimos. Les daré un poco de contexto. Un par de meses antes recibí un mensaje de texto de un número desconocido; era una invitación a una gala exclusiva en un yate que navegaba por el Mediterráneo. Me dijo que fuera cuando el barco recaló en El Pireo, y que podría traer a un par de amigas. El autor permaneció anónimo pero prometió que valdría la pena si iba.

—¿Y fuiste sin saber quién te había enviado el mensaje? —pregunta Nikos.

—Bueno…. sí. Aunque noté que el código de área era de Olimpo. Pensé que a lo mejor lo había enviado algún mensajero o allegado de los dioses, entonces supuse que la fiesta iba a ser genial. Además mis amigas y yo podíamos cuidarnos la una a la otra, vigilando nuestras copas en caso de que alguien quisiera poner algo en nuestros tragos.

—No es mala idea, especialmente dadas las recientes acusaciones de agresión sexual en contra de Zeus y una que otra deidad menor —agrega Nikos.

—Claro. Pero en esta ocasión no pasó nada malo, de hecho la pasamos súper bien. Había música en vivo, jacuzzis y hasta se podía nadar con los delfines que seguían el yate. Y cuando por fin apareció el anfitrión de la fiesta, me di cuenta de que era el mismísimo Poseidón.

—¿Y cuál era tu primera impresión cuando lo viste en persona?

—Era totalmente encantador. Vestía un traje Armani, y llevaba su cabello recogido en una coleta. Tenía una barba perfectamente recortada y un reloj de oro suizo. Pensé que su mirada era un poco pícara. ¿Y sabes qué? Cuando empezamos a platicar me contó que era mi fan, que había seguido de cerca mis concursos y mi trabajo con las ONG. —Aun con las gafas de sol puestas parece que los ojos de Medusa se iluminan mientras continúa hablando—. Terminamos charlando casi toda la noche, entre tragos y mucho baile, claro.

—¿Entonces es cierto que tuviste una relación con Poseidón? —pregunta Nikos, claramente intrigado.

—Bueno, realmente no pasó nada esa noche, pero me dio un número de teléfono que podía usar para contactarlo cuando quisiera continuar nuestra conversación. Acepté y un par de días después empezamos a salir por la noche. Me llevó a restaurantes de cinco estrellas en Sicilia, Barcelona y Nice y yo le di un pase VIP para que me pudiera visitar en mi camerino antes de mi próximo concurso. Y sí…. poco a poco nuestras salidas llevaron a una relación secreta. Me enamoré de él, pero obviamente tuvimos que esconder todo de su mujer. De verdad la situación me inquietaba, claro que no quería dañar su matrimonio, pero estaba totalmente prendada de él y quería que todo continuara sólo un rato más. —explica Medusa, compungida.

—Perdona que te pregunte, pero estoy seguro de que muchos de nuestros televidentes quieren saberlo. ¿Cómo es acostarse con un dios? Me imagino que debe de ser una experiencia única —pregunta Nikos mientras los espectadores en el estudio parecen inclinarse hacia el escenario con anticipación.

—Para ser sincera, el sexo era increíble —contesta Medusa, ruborizándose ligeramente. —Nunca había experimentado nada igual. Él podía hacer que casi olvidara mi propio nombre por el placer. Pero siempre pasaba algo curioso. Cada vez que Poseidón acababa, todas las llaves en la casa se encendían y dejaban salir chorros de agua. Fue una enorme sorpresa la primera vez que pasó eso, y temí que sería muy difícil explicar el problema al plomero.

—¡Wow! Nunca imaginé que iba a haber complicaciones así —responde Nikos soltando una risa. —. Pero hablando de problemas inesperados, supongo que eventualmente Atenea se enteró de la aventura. ¿Es verdad? ¿Y tiene algo que ver con tu situación actual?

Al escuchar la pregunta, todo rastro de buen humor se desvanece de la cara de Medusa. —Ella no lo ha admitido, pero creo que sí. Pasó una noche después de una cita con Poseidón en uno de sus apartamentos en la playa. Me desperté en medio de la noche con un fuertísimo dolor de estómago. Pensé que a lo mejor era intoxicación por algún marisco que había comido, pero unos minutos después empecé a tener una migraña espantosa y sentí que me ardía la cara. Me dolía tanto que perdí conciencia. Al despertar en la mañana, busqué a Poseidón para pedirle que me llevara al doctor, pero no estaba en ningún lado. No dejó ninguna nota y nunca contestó mis mensajes de texto. —Medusa se muerde el labio con amargura—. Entonces no me quedaba de otra, tenía que ir yo sola al médico. Estaba en otro pueblo, lejos de mi familia y mis amigos. Me vestí y empecé a buscar el hospital más cercano en mi teléfono cuando vi por el rabillo del ojo mi cara reflejada en un espejo. Y me veía…. así. —Hace un ademán brusco con la mano para señalar su rostro desfigurado—. Era una pesadilla —Una sola lágrima se escapa por detrás de sus gafas de sol y empieza a deslizarse por la mejilla.

Nikos baja la mirada un momento como si dudara cómo contestar.

—Ni lo puedo imaginar. Es horrible lo que te pasó. De verdad lo siento mucho. Pero… ¿qué pasó después? ¿Qué te dijeron los médicos?

—¡Todo se fue a la mierda! —estalla Medusa, ahora incapaz de contener sus lágrimas—. Había un hospital a sólo un par de cuadras del apartamento y me sentía un poquito mejor, así que decidí caminar hasta allí. Pero el primer enfermero que… que me atendió…. —La mujer solloza un momento antes de continuar—. Él era tan amable. Sólo quería ayudar, pero al instante que me miró la cara, él se… se…. petrificó. Digo, no de miedo, su cuerpo literalmente se convirtió en piedra. Aún tenía un bolígrafo en la mano, listo para rellenar un formulario. —Medusa limpia sus lágrimas con la mano mientras gimotea.

—¡Qué horror! !¿Cómo es posible?! —pregunta Nikos, alarmado.

—Los doctores me dijeron que es una condición bastante rara, se han identificado sólo un puñado de otros casos, y me pusieron en cuarentena para que nadie más fuera afectado. La enfermedad se llama somatopetrosis. —La mujer parece calmarse mientras habla de los detalles técnicos—. Es incurable y se desconocen las causas exactas, pero se transmite mediante el contacto visual, a menos que uses la lente de una cámara, un espejo o unas gafas con lentes opacas como las mías.

El presentador frunce el ceño y toma un momento para digerir lo que acaba de escuchar. —Cuando dices que es una condición incurable, ¿te refieres a las personas que se petrifican o a los portadores de la enfermedad como tú? ¿Cómo terminó el enfermero que te vio?

Toda la sangre desaparece de la cara de Medusa, dejándola totalmente lívida.

—Él murió. Los médicos no podían hacer nada para salvarlo… —La mujer comienza a sollozar de nuevo—. Me contaron que… que era un joven alegre, que acaba de graduarse de la universidad. Se llamaba Perseo…

—La verdad lo siento mucho. Pero quiero que sepas que todos estamos aquí para apoyarte. —responde Nikos mientras toca el hombro de la mujer en llanto para intentar consolarla. Ella asiente con la cabeza débilmente sin decir nada.

—Tenemos que ir a un corte comercial, pero al volver les contaremos la historia fascinante de Midas Diakos, el joven ateniense que tiene el curioso poder de convertir cualquier dispositivo electrónico en oro puro sólo al tocarlo. Quédense aquí, ¡volvemos después de la pausa!

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