No hay vuelta atrás

Miguel camina por el despacho sin cesar mientras gotas de sudor perlan su frente. La ansiedad impide que se quede quieto, cual fumador empedernido que lleva horas sin su preciosa nicotina. Unas bombillas fluorescentes en el techo irradian una luz tenue y grisácea sobre los muebles austeros de la oficina y las máquinas industriales del almacén adyacente. De repente se escuchan gemidos angustiados desde el otro lado de la puerta.

—Puta madre, ¿qué hago aquí? —se pregunta Miguel.

Decide sentarse en el escritorio y tratar de tranquilizarse, pero de nada sirve. No puede dejar de golpetear la mesa con los dedos y mirar el reloj en la pared. Ya pasó la medianoche.

Después de unos minutos agonizantes, la perilla de la puerta gira y entra un hombre fornido con el pelo rapado. Está empapado de sudor y tiene una mancha de sangre en la manga de su guayabera.

—¡¿Qué chingados, Toni?! ¿Qué estamos haciendo?

—Son órdenes. Ya escuchaste al jefe —contesta escueto el hombretón mientras saca su pistola de la sobaquera.

—A ver, ¡espera! Él nos dijo que lo detuviéramos. ¡No escuché nada sobre matarlo!

—Mira, mijo, hay cosas que no se tienen que decir. Ya aprenderás.

—¿Pero por qué? ¿Si sólo robó unos gramos de perico? ¿No crees que basta con asustarlo y romperle la nariz?

—No es sólo eso; rompió el trato. Quería más lana, pero el asunto le quedó grande. Y en este negocio, si tu palabra no vale pa’ nada….

El gatillero cuenta las balas que le quedan mientras carga la recámara de la pistola.

—¡Pero es un puto pitufo! ¿Quieres ser el blanco de toda la pinche policía?

—Cuico o no, es una rata.

Miguel estudia la cara impasible de su socio. No hay rastro de miedo, ni de enojo, ni mucho menos de compasión. Sólo encuentra una mirada fría y vacía y el atisbo de una sonrisa satisfecha.

—No te preocupes por la poli. ¿Por qué crees que estamos aquí cuando pudimos haberlo acribillado en la calle, muchacho?

—Pues… acá no hay testigos.

—Exacto. Podemos tomarnos nuestro tiempo en limpiar todo y hacer perdedizo el cuerpo. ¿Has visto a alguien pasar por la calle? ¿Hay algún guardia o vecino metiche que nos va a interrumpir?

—Este…. No, no creo.

—¿Estás seguro? ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo?

—Sí, sí estoy seguro. No hay nadie afuera.

—Ok, muy bien. Sólo sigue vigilando. —El sicario se da la vuelta y avanza hacia la puerta.

—¿Y si la policía sospecha que los asesinos somos nosotros? ¿Qué chingados hacemos?

—Ya saben que no deben deben meter el hocico en nuestros asuntos. ¿Cómo crees que el comisario pudo comprar su casa de verano?

—Pero…

—¡Sin peros! A ver, mijo, tienes bastantes preguntas y no creo que entiendas cómo funciona este negocio. Ven acá.

—¿Cómo?

—Ven. A. Cá.

Miguel camina a regañadientes hasta el sicario, sudando por las palmas.

—Vamos a clase el día de hoy —continúa Toni, agarrando firmemente el hombro del joven asustado antes de echar a andar.

Al cruzar la puerta se puede apreciar el resto del almacén abandonado. Hay filas de estantes interminables e imponentes llenos de cajas de cartón que casi alcanzan el techo. Justo en frente del despacho, bajo la luz de un foco que no deja de parpadear, se sitúa un enorme montacargas con las horquillas levantadas cual mamut enojado. Al lado derecho de esta mole de metal se encuentra un hombre amordazado y atado a una silla. De su nariz escurren gotas de sangre que caen en su uniforme azul oscuro de policía. Al ver a los dos criminales que se acercan, la víctima intenta en vano gritar algo aun con la mordaza puesta.

—¿Quiubo, compadre? ¿Recuerdas a mi socio, Miguel?

El hombre en la silla contesta con unos ruidos sordos y una mirada enfurecida.

—Pos no importa, esto va a ser bien rápido. Toma —continúa Toni, extendiendo la mano a Miguel para darle la pistola.

—¡¿Qué?! ¡No puedo hacer eso!

—¡Ten güevos y tómala! ¡Ahora!

Sin esperar una respuesta, Toni agarra a Miguel por el brazo y le da el arma.

—Mira muchacho, sé que el jefe confía en ti y que has hecho un buen trabajo con los cargamentos. Pero si no aprendes cómo se hacen las cosas, pronto me tendré que ocupar de un cuerpo más. No la cagues.

Miguel asiente con la cabeza de mala gana y levanta la pistola, apuntando a la cabeza del policía secuestrado. Al tocar el gatillo con el dedo índice, siente que su pulso se acelera. Empieza a empaparse de sudor mientras tiembla la mano.

—No olvides el seguro.

—Ah, sí, sí.

Al retirar el seguro del arma con un clic, Miguel siente que su corazón podría reventar. Tiene que sostener la pistola con las dos manos para vencer su temblor nervioso.

—¿Pos qué esperas? ¡Hazlo!

Obedeciendo, Miguel jala el gatillo y activa el instrumento de muerte en sus manos.

¡Pummm!

El estruendo resuena por todo el almacén. Mirando el charco de sangre y sesos en frente de él, Miguel se da cuenta de que ya nada va a ser igual.

2 comentarios en “No hay vuelta atrás

  1. silvia

    HOLA, LIAM, MUY INTERESANTE EL CUENTO. POBRE DE MIGUEL, EL TRABAJO ES EMPEZAR!! AHORA YA NADA SERA IGUAL, LE HAN QUITADOR ESE PEDAZO DE SER LIMPIO Y PURO A SU PERSONA. AHORA LE SERA MAS FÁCIL SEGUIRLO HACIENDO… POR ESO: APRESÚRATE A HACER LO CORRECTO!!

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