Una esclava del hambre

Nunca he sido suertuda. Mi mamá se murió cuando yo tenía dieciséis años, de una condición médica “fácilmente tratable”. Es decir, si tienes varo. Y nosotros, pues, no teníamos. Era diabética, pero siempre escaseaba la insulina. Solía compensar el bajón de azúcar bebiendo una coca, hasta que un día le tocó un episodio bien fuerte sin tener nada a la mano. Cayó en coma y nunca se despertó.

De mi papá, ni hablar. Un día dijo que iba a la tiendita de la esquina para comprar unas chelas, pero nunca volvió. Esa noche vi a Mamá en lágrimas, maldiciendo a alguna fulana. Seguro que tiene otra familia ahora, otros escuincles que cuidar. Si es que no se han muerto ya.

Esto no es normal. Pensé que era difícil cuidar a mi hermanito durante años, chambeando en la calle y en el metro para llegar a fin de mes. Eso no es nada comparado con esta mierda, ya he tocado fondo. Siempre tengo frío, pero no hay manera de calentarme. La garganta se me ha quedado seca, la voz horriblemente ronca. Me gruñen las tripas sin cesar, como si tuviera un triturador de alimentos en la panza. Puede que sea verdad, no sé cómo puedo comer las porquerías que me zampo. Me doy asco, aún más cuando llego a ver mi reflejo en algún vidrio: La blusa reducida a jirones mugrientos, la misteriosa sustancia pegajosa que supuran mis uñas ennegrecidas, los ojos tan amarillentos que seguro me faltarían tres trasplantes de hígado para curar la cirrosis.

Ojalá pudiera comunicarme con alguien más, desahogarme aunque fuera tantito, ¿pero cómo le voy a hacer? Ni siquiera puedo controlar mi propio cuerpo. El otro día escuché un ruido extraño mientras deambulaba por un callejón. Resultó ser un tlacuache que hurgaba en un contenedor de basura. Sin pensarlo, me abalancé sobre él y le di un mordisco en el cuello. Mientras aún se retorcía en pánico, le desgarré las tripas con las uñas y los dientes, una delicia. En mi cabeza, no quería hacerlo, pero aun así no pude evitarlo. Mis piernas y mi boca ya no obedecen mis órdenes, es como si alguien más estuviera al volante y yo sólo observara con horror lo que hace con mi cuerpo. Soy una pinche esclava del hambre.

¿Es esto el purgatorio? ¿Por qué sigo aquí, atrapada en mi cabeza, viendo toda la mierda que hago sin querer? Ojalá pudiera hablar con los otros enfermos que veo rondar por el Zócalo, intentando morder con frenesí algo que sólo ellos ven. Pero cada vez que lo intento, sólo me salen gruñidos horribles.

Puta madre, soy un monstruo.

Aún peor, me siento sola, vacía, jodidamente hambrienta. Nadie me cuida, nadie me escucha. Ojalá me muriera yo, en lugar de él.. ¿Qué culpa tenía?

No creo que las cosas vayan a mejorar, ni que pueda perdonarme a mí misma. Ya sólo me quedan los recuerdos…

***

Antes

—¡Apúrate, güey! ¡Vas a llegar tarde! —exclamo desesperada.

—No mames, Andrea, me vale madres —rezonga un muchacho de rizos enredados, aún acurrucado bajo las sábanas. —Déjame dormir —refunfuña, cubriéndose la cabeza con una almohada.

Dando un suspiro de frustración, le arrebato la almohada y abro las persianas de golpe. Cegado por la luz, Miguel se cubre la cara con el brazo, como si los rayos del sol fueran la radiación de Chernóbil.

—¿Qué te pasa? —me gruñe.

—¿Qué te pasa a ti, güey? Ya llevas días sin levantarte a la hora.

—¿Y qué más da? A los maestros les importa un huevo si voy a clase.

—¡Pero a mí no!

—Qué pedo, Andrea, no eres mi mamá.

—No, no lo soy, pero soy lo más parecido que tienes. ¿Acaso quieres terminar como yo, vendiendo chingaderas en el metro todos los días? ¿Eh, cabroncito? Deja de portarte como un niñito y ¡vete a estudiar!

Poniendo los ojos en blanco, se incorpora y deja escapar un bostezo larguísimo. Se quita las sábanas de un jalón malhumorado y se pone unas pantuflas, rindiéndose. Va medio desnudo; aparte del calzado peludo, sólo lleva unos bóxers de Spiderman demasiado infantiles para su edad. Procede a cruzar el cuarto de mala gana, mascullando peladeces que no llego a entender. Al llegar al baño, se encierra en el cuarto de un portazo.

Sus numeritos me vuelven loca.

Mirando a mi alrededor, tomo un momentito para admirar el chiquero en el que se ha convertido su recámara. Cada centímetro del piso está cubierto de prendas sucias y sudadas, amontonadas sin cuidado alguno. Adornando las paredes, se extiende un mar de pósters de reggaetoneros idiotas y güeritas con más silicona que ropa. En la alfombra beige, justo en frente del Xbox, yace un plato manchado de algo morado y gelatinoso que no quiero identificar. ¿Cuando va a madurar este morrito?

Doy un suspiro. Yo también debo apurarme, necesito llegar al metro antes de que acabe la hora pico. Puedo lidiar con los berrinches de mi hermanito más tarde…

***

—¡Discos! ¡Chequen estos discoooos! —grito descaradamente. —El día de hoy les vengo a ofrecer los éxitos de Juan Gabriel. ¡Cien canciones en MP3 para toda ocasión!

Mientras sigo voceando, observo atentamente a la gente. El vagón de metro está hasta el tope de oficinistas sudados, viejitos panzones y estudiantes que escuchan música rompetímpanos con sus audífonos. Nadie me pela.

—¡Discos chidooos! ¡Chequen estos cedeees!

Una cuarentona chaparrita se aleja de mí, abriéndose paso a empujones entre la multitud. Al parecer, mis gritos le caen en los ovarios. En el huequito que deja, atisbo a un veinteañero vestido con jeans raídos y una sórdida sudadera gris: tiene pinta de programador sin techo. Hacemos contacto visual.

—¡Llévele, llévele, llévele! ¡Por preguntar no se cobra!

Medio apenado, el morro se levanta y se aproxima.

—¿Cuánto por el de Juan Gabriel? —me pregunta.

—Lo vendo en 20 pesos, pero por ser para ti, te lo dejo en 10 pesitos nomás. ¿Cómo lo ves?

—Va —me contesta, sacando la cartera.

—¡Gracias! ¡Gracias! —le digo, dándole la camiseta indicada con una mano y aceptando un billetito con la otra—. ¡Bonito día!

Es todo el éxito que he tenido en casi media hora. Desalentada, escondo la mercancía en mi bolsa y me preparo para bajarme en la próxima parada. No me tardo mucho. Dentro de un minuto el tren se detiene y la manada de oficinistas sudorosos se agita de nuevo, luchando por salir por unas puertas ridículamente pequeñas en comparación con el mar de gente apretujada en el vagón. Empujando y avanzando como puedo, les sigo hasta llegar al andén. Al encontrar un huequito en la multitud, bajo la bolsa de mi hombro y comienzo a revisar la mercancía que me queda. Me cuesta trabajo no dejarme llevar por la corriente de gente. Mientras sigo examinando los discos y los billetes, escucho algo raro a mis espaldas. Un jadeo malsano.

Me volteo a buscar de dónde viene. No veo al culpable, pero me da mala espina. Aunque trato de moverme a otro lugar, vuelvo a escucharlo: algo entre una tos de neumonía y un gruñido animal. Se me pone la piel de gallina.

Al apresurar el paso hacia las escaleras, alguien me agarra por el brazo. Entro en pánico. Al darme la vuelta para encarar a mi agresor, encuentro a un hombre mayor con cara de indigente rabioso que me mira fijamente. Sus ojos están inyectados de sangre.

—¡Suéltame! ¡Suéltame, pendejo! —grito despavorida mientras intento con toda mi fuerza liberar mi brazo.

El loco no afloja su agarre, sino que lo aprieta más. Sus uñas se clavan en mi piel, dolorosas y sin piedad alguna.

—¡Ayuda! ¡Ayuda! —berreo a todo pulmón.

Interesándose en el escándalo, un par de chicos con pinta de estudiantes agarran al sujeto por los hombros e intentan detenerlo, sin éxito.

—¡Oye! ¡¿Qué te pasa?! —exclama el más flaco de los dos.

El señor ni se inmuta, sigue aferrado a mi brazo como si su mano fuera un tornillo de banco. Gimiendo como un loco, abre la boca para mostrar sus encías encarnadas y unos dientes amarillentos. Al sentir sus caninos hincarse en mi carne, chillo con sorpresa y dolor. Aterrorizada, le asesto una patada en la entrepierna a la vez que los dos muchachos le sujetan los dos brazos, por fin logrando soltarme de su agarre alocado. Sin pensarlo ni un segundo, corro a toda velocidad hacia las escaleras a la calle.

Ajena a la escena macabra que acaba de pasar, la gente se me queda mirando como si fuera yo la loca. No importa. Sólo tengo claro que necesito escapar de ese chiflado tan rápido como pueda.

***

—¿Qué tal la prepa hoy? ¿Tus profes entraron en shock al verte ahí, sentadito en tu pupitre? —pregunto mientras revuelvo el pozole rojo que hierve en la estufa.

—Pos, ni cuenta se dieron —contesta Miguel con un tono burlón. Sentado despatarrado en un sillón, checa el celular mientras habla. —Bueno, sí… En la clase de historia, todos teníamos que investigar a un presidente de México y explicar a la clase cómo era. ¿Y qué crees? A mí me tocó representar a AMLO.

—¿En serio? Apenas lleva un año como presidente. ¿Y qué dijiste?

—Pues las típicas mamadas sobre los partidos políticos, la cuarta transformación, la lucha contra la corrupción, bla bla bla, pero eso no es importante. Lo que importa es que hago una imitación chingona de él.

—¿De veras? A ver, pruébalo —le reto mientras apago la estufa.

—Mira, es bien fácil. Sólo tienes que saltarte las “s” y hablar despacito, como si tuvieras Alzheimer y olvidaras lo que ibas a decir después de cada dos palabras. Y cada vez que alguien te corrige, debes contestar con: “Pues yo tengo…. otros datos”

—Ay, güey, te pasaste —respondo con una risita—. ¿Y qué te dijo tu profe?

—Creo que sus palabras exactas fueron “te la mamaste”.

—No manches, Miguelito —contesto, riéndome—. Esperemos que te dé un 10 entonces.

—¡Exacto! Oye, ¿ya podemos comer? Me están gruñendo las tripas.

—Sip, ¡listo! —anuncio satisfecha, sirviendo el pozole humeante en dos tazones con un cucharón. Inhalo: huele a puerquito, ajo y chile, como Mamá solía hacerlo. Con un bol en cada mano, voy para la mesa y me arrimo una silla al lado del chamaco. Miguel toma una cucharada y la pasa debajo de la nariz.

—Huele bien, ¿eh?

—Gracias, provechito.

Tomo una cuchara y me echo un bocado de puerco con el caldo. Sabe rico, pero… algo está mal. No sé qué es. Está muy caliente, pero dejo que me queme la lengua. No puedo abrir la boca para tomar aire. No puedo tragar. ¡No puedo tragar! Estoy paralizada, el líquido me arde como si fuera lava, pero no puedo hacer nada. Lágrimas me llenan los ojos, la nariz empieza a gotear. Siento presión en el pecho, no puedo respirar.

—Andrea, ¡¿qué te pasa?! —grita Miguel, saltando de su silla para zarandearme y liberarme del trance.

Funciona. Escupo el bocado de sopa con violencia, mojando un parche del mantel.

—¿Estás bien? Te pusiste bien pálida.

—Sí, creo….

—No te ves nada bien, la neta —declara Miguel—. ¿Y qué es eso?

Está apuntando con el dedo a mi antebrazo, en el cual un parche de piel morada e inflamada rodea una dentellada evidente.

—¿Esto? Algún loco me mordió en el metro hoy. —digo, medio apenada.

—¡¿Qué?! ¿Cómo que te mordió?

—Así como lo escuchaste, güey. Estaba en el metro como siempre, vendiendo un poco de mercancía, cuando algún chiflado me agarró y me mordió el brazo. Pero estoy bien, pude escaparme y salir corriendo. Fui bien rápida…

—¿Qué te dije, Andrea? Deberías abrir los ojos cuando vendes en la calle, ya sabes, ponerte bien buza. No es seguro andar sola en el metro todo el tiempo como lo haces tú.

—¿Ah sí, hombrecito? ¿Quién cuida a quién aquí?

—No te hagas, Andrea, sólo digo que deberías tener más cuidado. Y quizá ir a un médico, esa mordida está fea. Ahora que lo pienso, te ves un poquito enferma también. Puede que ese loco te pegara algo, no sé.

—No, güey, no voy a ningún médico. No tenemos la lana, apenas si pude pagar la renta la semana pasada. Además, no me siento tan mal, la verdad.

—Si tú lo dices…

Sigue un silencio incómodo. Miguel vuelve a checar el celular, deslizándose desganadamente por las publicaciones de sus amigos. Yo me quedo cabizbaja, mirando la sopa que acabo de escupir sobre la mesa. Un trozo de carne, correosa y babosa, yace sobre una mancha roja en el mantel.

Ya no tengo apetito.

***

Todo me duele: los pies, los muslos, las tripas, el cuello, el dedo meñique, el bazo. No estoy segura de dónde esté ese último, pero sé que me duele. El dolor de cabeza espantoso es lo que me ha despertado. Atontada, doy vueltas en las sábanas hasta distinguir el reloj en la mesita de noche: apenas son las tres de la madrugada.

Chingada madre.

No me quedan fuerzas para levantarme, pero tampoco puedo dormir. Sólo me queda desvelarme, inmóvil y prisionera en la cama, y esperar a que caiga en un duermevela por puro cansancio…

Un fino haz de luz entra por la ventanita a mi lado y comienza a iluminar el cuarto. Siento su calor en mi piel, ya es de día.

¿Qué pasó anoche? No sé, pero me siento mejor, no lo voy a cuestionar. Quizá todo fue sólo una pesadilla. Una bien rara, vívida. Mi boca ha quedado seca, pero es todo, no tengo ningún otro síntoma. Desperezándome en la cama, me doy cuenta de que me puedo mover sin problema alguno.

Después de bostezar por lo que parece una eternidad, me quito las sábanas y me enfilo hacia el baño. Al encender la serie de foquitos que bordean el espejo sobre el lavabo, me acerco al vidrio y examino mi cara.

Uf. Sí que me veo horrible. Dos ojeras oscurísimas de mapache se han dibujado en mi rostro, unos rizos largos y negros están pegados a mi frente con sudor. Mi cutis se nota un poco grasiento, pálido, casi grisáceo, contrastando con el granate de mis labios ligeramente abultados y partidos. Echo un vistazo a la herida en mi brazo: sigue igual de amoratada que anoche.

¿Qué hago? ¿Voy al médico como sugirió Miguelito? ¿Me quedo en la cama para descansar?

No. No puedo faltar al trabajo, necesitamos la lana, hay que poner comida en la mesa. Tengo que apechugar, sí o sí. Además, no me siento tan mal como me veo, y no hay nada que una aspirina y una ducha caliente no puedan arreglar…

Al terminar de vestirme, agarro mi bolsa de mercancía y salgo del departamento. Cierro la puerta con llave y ando por un estrecho pasillo de tonos terrosos hasta llegar a unas escaleras de caracol. Apoyándome un poco más de lo normal en el pasamanos, empiezo a bajar los escalones.

¿A dónde voy? No quiero volver al metro, al menos por un rato; me da cosita. Mejor vendo mis chivas cerquita de casa.

Al llegar al zaguán de la planta baja, camino hasta la puerta principal y empujo. ¡Ay! Me ciega el sol. ¿Será más intenso el día de hoy? Hurgando en mi bolsa, encuentro unos lentes de sol y me los pongo. Ya está.

Después de caminar por la calle apenas un minuto, encuentro un sitio sombreado por un toldo,  por donde pasa un flujo constante de oficinistas en trajes y estudiantes buscando comida barata. Todo el tianguis huele a tortilla, chile y grasa. Perfecto. Agarro un par de cedés y comienzo a vocear:

—¡Bara, bara, bara! ¡Chequen estos discos buenísimoooos!

Siento cosquillas en la garganta. Toso. Un chico vestido con ropa deportiva me lanza una mirada, sólo para alejarse de mí con paso presuroso. 

—¡Cedeees! ¡Chequen estos ceed…!

No puedo terminar la frase, siento que mis cuerdas vocales están más secas que el Sahara. Toso. Toso más. Me tomo un momento para recuperar el aliento y tragar saliva, y continúo:

—¡Discoooos! ¡Son los mejj—!

Siento un dolor punzante en la panza y me tengo que doblar. Cierro los ojos, apretando los párpados con agonía. Algo anda mal.

Al reabrir los ojos, quiero gritar, pero por más que intente no me sale ninguna palabra. El único sonido que logro emitir es un estertor malsano, casi agresivo. El mercado huele diferente: ya no se nota ninguna especie o chile, a mi nariz sólo llegan un tufillo de carne y el olor dulzón del sudor.

Un muchacho con pinta de futbolista pasa a sólo un palmo de mis narices. Por puro reflejo, lo agarro por la muñeca y comienzo a apretar.

—¡Ey! No quiero tus putos discos.

No contesto. Sólo miro sus tríceps carnosos y empiezo a salivar.

—¡Aléjate, pendeja! ¡¿Qué chingados?! —me chilla mientras comienza a jalar de su brazo y empujarme. No lo suelto.

—¡Oye! ¡¿Qué pedo?! —grita alguien a mis espaldas—. ¡Aléjate de ella, güey!

—¡Esta pendeja está loca!

—¡Para! ¡No la toques!

Veo intervenir un brazo moreno, intentando separarme del futbolista. Sin pensar, arremeto contra el nuevo intruso e hinco los dientes en la carne de su cuello. Un gusto metálico y pulsante saluda mi lengua: di con la carótida. Frenética, muerdo con más fuerza, jaloneando con el cuello, rasguñando su abdomen con las uñas. Paralizado por el miedo y la sorpresa, el sujeto ni siquiera se defiende. Intenta decirme algo, pero sólo escucho un borboteo violento. Continúo mis labores, masticando con frenesí mientras su sangre me empapa la cara, dejándome con la vista borrosa.

Alaridos. La gente corre despavorida por todos lados, tratando desesperadamente de alejarse de mí tan rápido como puede. Nadie se queda para ayudar a la víctima moribunda, ni siquiera para atacarme. Me tienen miedo.

Sigo masticando y tragando, masticando y tragando, hasta saciarme unos buenos minutos después. Cuando por fin termino de comer, me levanto del cadáver y le echo un vistazo a la cara por primera vez.

No puede ser.

Es Miguel. ¡Es Miguel! ¡¿Qué he hecho?! No sé cómo es posible, ¿me habrá seguido porque sabía que andaba enferma? Sólo trataba de defenderme…

Quiero llorar, quedarme ahí en el suelo y morirme yo también, pero ni siquiera me salen lágrimas. No me sale nada. Estoy vacía, rota, inhumana. Soy una abominación.

De repente, y contra mi voluntad, mi cuerpo se levanta y se echa a andar por la plaza, sin ningún propósito aparente. Avanzo a trompicones, pisando el charco de sangre a mis pies. No entiendo qué me está pasando. ¿Acaso eso importa ahora?

Sólo sé que, aunque lata mi corazón, ya estoy muerta por dentro.

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