Mataste al conejo de Pascua

Sí, ese era yo. Con una sonrisa mal fingida, posaba para la cámara, petrificado. ¿Cómo no lo iba a estar? Por fin había llegado el momento, había conocido al legendario Papá Noel en persona. Y qué raro me pareció: un hombre mayor y obeso, que nunca cambiaba de ropa, y que siempre les pedía a los niños y a las niñas que se sentaran en su regazo, prometiéndoles regalos pero sólo si “se portaban bien”. No me fiaba de él ni un pelo.

—¿Qué pasa, cariño? —me preguntó mi mamá—. ¡Sonríe!

Detrás de ella, una manada de niños chimuelos hacía cola para ver al mítico Santa Claus en persona. Algunos llevaban cartitas en la mano, listos para describir cuidadosa y detalladamente todos los animalitos de peluche, carros de juguete y muñequitas que anhelaban recibir esa Navidad —no fuera que Santa se confundiera de marca. Sus papás, creyéndose listos, habían traído a sus hijos al centro comercial para ver a Santa y a sus elfitos, deseando en secreto que los mocosos se cansaran de pura emoción, por fin dejándoles en paz al volver a casa. Ninguno de ellos pareció comprender mi inquietud.

—Vamos, dile lo que quieres —me decían—. ¿Acaso quieres carbón en tu bota de Navidad?

No era la primera vez que me había topado con una figura mítica en la vida real, y que el encuentro no salió como se esperaba. El año anterior, en el kínder, me había encontrado con una grandísima sorpresa. Verán que un día la maestra, con una sonrisa taimada dibujada en el rostro, anunció que íbamos a tener un invitado muy especial y que todos teníamos que salir al patio a saludarlo. Entusiasmado como los demás chamaquitos, corrí por la puerta hacia el césped preguntándome qué iba a encontrar. Cuando por fin lo vimos, mis compañeritos gritaron con alegría, mientras que yo me puse a llorar, atemorizado.

Era Barney. Por si alguno de ustedes es demasiado joven para saber quién es, se lo explico rapidito. Se trata de un dinosaurio cantante y bailarín, implacablemente animado. Su piel era de un tono violeta radioactivo, imposible de encontrar en la naturaleza. Su hocico estaba retorcido en una mueca que se aproximaba a una sonrisa, y sus dos ojos azabaches de plástico parecían seguirte con la mirada sin ningún movimiento del actor. Por alguna razón inexplicable, sólo le gustaba juntarse con niños pequeños.

No me malinterpreten, amaba a ese tiranosaurio y su secta de seguidores infantiles. Para mí sus cancioncitas eran una especie de droga (quizá como la cocaína que seguramente esnifaba el actor detrás de cámaras, es imposible mantenerse tan animado todo el puto día). Años más tarde, mi mamá admitiría con cierto grado de estrés postraumático que sus videos eran una forma de tortura psicológica para los adultos en la casa. Y es que yo solía exigir a cada rato, intransigente, que pusieran sus videos sin parar. Me ponía a bailar y cantar con él, como en un trance alucinógeno, y al terminar el episodio gritaba para que rebobinaran el video y comenzábamos todo el ritual de nuevo.

A pesar de mi amor eterno por Barney, al toparme con él en la vida real, me horroricé. Era demasiado enorme e intimidante para mi gusto, su botarga colorido parecía elevarse hasta casi bloquear el sol. Me recordaba más bien a Godzilla, en lugar del personaje tiernito que había conocido en la tele. Fíjense, se suponía que mediría sólo unos cuantos centímetros como en la pantalla chica, y no dos metros gigantescos. Sorprendida por mi llanto repentino e inconsolable, la maestra se vio forzada a llamar a mi madre para que me recogiera y terminara mi sufrimiento.

Mi última y quizás más traumática experiencia con las leyendas vivientes pasó un par de años después, justamente cuando dejé de creer en ellas. Era abril de 2001, cuando vivíamos en el campo de Misisipi. Recuerdo vívidamente que mi mamá y yo paseábamos por el enorme prado que en ese entonces llamábamos el patio trasero. Ya había comenzado Semana Santa, cuando todos solíamos buscar huevos de Pascua y devorar chocolates, pero ese año yo aparentaba tener la sabiduría y la indiferencia de los niños grandecitos.

—Elliott dijo que el conejo de Pascua no es real —me atreví a decir, desafiante, mientras caminábamos por una arboleda.

—¿Ah sí? —respondió mi mamá, extrañada—. ¿Y quién es ese Elliott? ¿Qué sabe el muy listillo?

—Dijo que vio a sus papás con los regalos. Que los escondían en la cajuela del coche, para dárselos el día de Pascua. No vio a ningún conejo. Dijo que hicieron lo mismo en Navidad.

Mi mamá se quedó callada, sopesando mis palabras, armando un plan en su cabeza.

—Yo que tú, no estaría tan seguro de eso —se limitó a responder.

Continuamos caminando unos minutos, pasando robles y helechos, hasta que Mamá se paró en seco.

—¡Mira! ¿Ves eso? —voceó, apuntando a un parche de hierba alta con el dedo índice.

Entorné los ojos, tratando de ver lo que era tan importante. Al acercarme tantito, cauteloso, entreví el cuerpo peludo y exánime de una liebre. Por instinto, mi corazoncito empezó a latir tan rápido como el doble bombo de una banda metalera. Sin pensarlo un segundo, mi mamá pronunció  cinco palabras de las que más tarde se arrepentiría, temiendo que me traumatizara:

—¡Mataste al conejo de Pascua!

—Q… ¿Qué? —pregunté, atontado.

—Dejaste de creer en él, y no lo pudo soportar, así que se murió. Pobrecito. Necesita que todos los niños, pequeños y grandes, crean en él para vivir.

No sabía qué pensar, el mundo parecía girar y girar, hasta quedar todo patas arriba. Con la mano temblando, contesté:

—No…. no te creo.

Mamá se encogió de hombros y respondió:

—Si tú lo dices.

Caminando de vuelta a la casa, con los ojos acuosos, volteé la cabeza para echar una última mirada cautelosa a nuestro amiguín peludito. ¿Sería verdad? ¿Lo maté yo?

No quería saberlo.

4 comentarios en “Mataste al conejo de Pascua

      1. Silvia

        Hola Liam, qué hermosa labor me ah gustado tu historia, aquí en MEXICO son los Santos Reyes , esas tres estrellaras que aparecen en el cielo toda una ilusión para los niños, aunque creo se está perdiendo la tradición, pero tiempo atrás era maravilloso.

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