Un silencio ensordecedor

¿Qué es lo más impactante de una explosión nuclear? ¿Será el fogonazo que emite la bomba atómica al estallar, cegando a cualquiera que mire hacia ella justo antes de que se forme el gigantesco hongo nuclear? ¿Será la poderosa onda de choque que se siente a kilómetros de distancia del punto de detonación, estremeciendo los edificios mientras tiembla la tierra? ¿Será el calor abrasador que puede llegar a unos 100 millones de grados centígrados, calcinando los vehículos, fundiendo el acero de las construcciones y vaporizando el tejido de cualquier ser vivo que tiene el infortunio de encontrarse cerca del punto de impacto? ¿Acaso es el pulso electromagnético que estropea los dispositivos electrónicos a millas de distancia, o quizá la radiación insidiosa que permanecerá en el aire y en la tierra misma como una plaga, dejando el terreno un lugar estéril e inhóspito durante décadas?

No. Lo más aterrador de una explosión nuclear, cuando el hongo nuclear se va apagando y todo rastro de vida se ha borrado, es el silencio ensordecedor que viene después.

En todo esto piensa el presidente John F. Kennedy mientras mantiene los ojos clavados en la pantalla de radar, sabiendo con absoluta certeza que en este momento unos misiles R—12 soviéticos están a punto de aniquilar todo lo que ama en este mundo.

***

Cuba, el 27 de octubre de 1962

Apenas amanece en la costa cubana, pero el bochorno ya comienza; será un día excepcionalmente caluroso. Al salir sobre el horizonte, el sol irradia una luz naranja y rojiza que lucha por atravesar las copas de los árboles frondosos. En medio del calor que comienza a emanar del asfalto y el acero dentro de la base soviética, se escucha el zumbido de un mosquito que zigzaguea por el aire en busca de sangre. Al cabo de unos minutos por fin encuentra el blanco perfecto: el antebrazo sudoroso de un soldado rubio y corpulento.

¡Plaf!

El ceño fruncido delata el disgusto repentino del militar picado.

—¡Malditos mosquitos! —grita Vladímir, dirigiéndose a su camarada que lo acompaña en su ronda—. ¿Por qué nos enviaron a este infierno tropical?

—¿Hubieras preferido la misión de mentira que nos contaron antes de subirnos al submarino? —contesta Iván, un soldado veinteañero de cabello castaño y rapado.

—¡Claro que sí! Al menos estábamos preparados para el clima, con nuestros abrigos de piel y esquíes.

—¿!Qué hubieras hecho en Siberia!? Allá no te espera nada más que el hielo infinito y un frío que te congela las pelotas.

—Lo sé, pero me recuerda a mi hogar en San Petersburgo. Estoy acostumbrado al invierno interminable, casi me pone nostálgico pensar en eso jaja.

—No hombre, ¡piénsalo! Acá hay unas playas pintorescas y mujeres hermosas y calientes, no es por nada que lo llaman una paja cubana, ¿no?

—De hecho, un amigo me contó que acá lo llaman “la rusa” jaja.

—¿En serio? Como sea salimos ganando, ¿no?

Los dos hombres uniformados sueltan una carcajada. Antes de que Iván pueda continuar con otro chiste verde, el sonido brusco y agudo de la estática de su radio interrumpe la diversión.

—Atención todos: se ha confirmado la presencia de un avión enemigo que sobrevuela la base. Destruyan el objetivo 33. Cambio.

—Recibido —responde Iván, apresurando el paso para llegar al búnker del centro de mando para averiguar qué está pasando.

Al entrar al edificio de paredes reforzadas con concreto, el soldado soviético se topa con el ajetreo de personal castrense que camina por la sala sin cesar y un mar de luces que parpadean con frenesí en las consolas. Los oficiales presentes ya están cumpliendo la orden, preparándose para lanzar dos misiles V-75. En el centro del cuarto, Iván se acerca a una pantalla negra que muestra cuatro círculos concéntricos y verdes. Una línea recorre los círculos, moviéndose en el sentido de las agujas del reloj mientras emite pitidos esporádicos. En el cuadrante superior izquierdo se ve claramente un punto brillante que avanza lentamente hacia el centro de la pantalla.

—Putos estadounidenses, ¿a qué están jugando? — masculla Iván.

Como respuesta a su pregunta retórica, el comandante da la orden final para lanzar los misiles. El militar sentado en la consola a su lado acciona una serie de interruptores y después jala una palanca, iniciando la secuencia de lanzamiento mientras se encienden unas luces rojas de alerta que cuelgan del techo. Un momento después, una voz grave y metálica comienza a retumbar por el interfono de la base.

—Cinco.

Iván comienza a sudar, ansioso.

—Cuatro.

No entiende por qué se pone nervioso.

—Tres.

Ni siquiera está en la línea de fuego.

—Dos.

Empieza a golpetear el pie.

—Uno.

Aguanta la respiración.

—¡Fuego!

Al prenderse, el estruendo de los dos misiles truena por toda la base militar. Los dos proyectiles se echan a volar velozmente por el aire, cual barracudas monstruosas y voraces persiguiendo a su presa. Al llegar a su blanco, los dos misiles le dan al avión espía un beso de muerte. Metal choca contra metal, iniciando dos poderosas explosiones que fácilmente destruyen el armazón. El casco del avión destrozado empieza a caer súbitamente hacia la tierra, desprendiendo humo y esquirlas de aluminio mientras desciende en espiral.

—Blanco eliminado —anuncia un oficial que estudia el radar mientras escucha atentamente unas comunicaciones a través de sus auriculares militares.

Lo que ignoran todos los soldados soviéticos ahí presentes es que el piloto de ese avión ha sobrevivido. En este momento, en un claro en las afueras de la ciudad de Banes, un espía oriental de cabello liso y negrísimo se está quitando el paracaídas, listo para continuar su misión.

***

Washington D.C.

Un grupo de diez hombres, todos blancos de mediana edad y vestidos de trajes negros y grises oscuros, se encuentran en plena reunión hablando en torno a una larga mesa de roble. Las majestuosas sillas acojinadas, la inmensa bandera estadounidense al lado de las ventanas y los retratos presidenciales colgados en la paredes blancas parecen ser extraídos de una película vieja. Presidiendo la mesa está sentado un hombre notablemente más joven y carismático que los demás. Lleva una corbata delgada de rayas azules y negras, y un copete castaño peinado hacia la derecha. Mientras les sigue hablando a sus asesores con su característico acento bostoniano, un golpe repentino en la puerta interrumpe la conversación.

—Señor, tenemos novedades. El secretario de Defensa quiere hablar con usted —anuncia un hombre que lleva gel en el cabello y un reloj excesivamente caro.

—¿Puede esperar diez minutos? Casi terminamos la reunión —pregunta Kennedy.

—Me temo que no. Dijeron que es urgente.

Kennedy deja escapar un ligero suspiro de resignación antes de contestar.

—Muy bien. Ahora, caballeros, si me disculpan… —responde el mandatario mientras se levanta de su asiento. Se notan las expresiones de preocupación en los rostros de sus consejeros, pero no protestan por su salida imprevista.

—McNamara y unos asesores le están esperando en la oficina oval —dice el mensajero.

—De acuerdo, gracias —contesta Kennedy mientras apura el paso hacia su despacho.

Al llegar a la oficina oval momentos después, Kennedy encuentra a tres hombres sentados en un sofá beige esperándole. Uno intenta suprimir un impulso nervioso de golpetear un pie, sin éxito.

—Señor Presidente, qué bien que pudo venir sin preaviso. Disculpe la molestia —dice MacNamara al levantarse de su asiento. Es un hombre cuarentón de cabello negro bastante corto y con gel, corte militar. Mira a Kennedy a través de unos lentes de armazón redondo y transparente mientras le ofrece un rápido apretón de manos—. Me gustaría presentarle a mis compañeros, Sam Johnson y Jack Westing. Son del servicio de inteligencia.

—Un gusto conocerle, Señor Presidente —dice Johson, un militar calvo como una bola de boliche y de nariz chata. Tiene unos ojos verdes que brillan ferozmente.

—Sí, un gusto, Señor —agrega Westing al tender la mano. Se parece tanto a Johnson que podría ser su hermano, salvo que tiene un físico mucho más delgado y se ve unos veinte años más joven.

—El placer es mío. Por favor, siéntense —contesta Kennedy, indicando su escritorio con la mano.

Los tres invitados asienten con la cabeza y toman asiento en torno a la mesa laqueada del presidente. El mandatario sigue caminando hasta sentarse en su silla giratoria negra y acojinada.

—¿Qué les trae aquí, caballeros? ¿Ha empeorado la situación en Cuba?

—Sí, efectivamente —contesta MacNamara—. Nos acaban de informar que los soviéticos han abatido uno de nuestros aviones. Era un U-2 que llevaba a cabo una misión de reconocimiento en la costa norte de la isla.

—Eso es… una escalada alarmante —responde Kennedy—. ¿Y el piloto?

—Se desconoce su estatus actual. No lo hemos podido contactar después del incidente —agrega Westing.

—Lo que sí sabemos es que ha aumentado de manera significativa la actividad de la base soviética cerca de Banes —añade Johnson—. Basado en las fotos que nuestros aviones han podido tomar de la zona, creemos que podrían estar preparándose para lanzar las ojivas nucleares.

—Todavía no puedo creer que hemos llegado a este punto… —responde Kennedy, bajando la mirada—. ¿Cuáles son nuestras opciones? ¿Creen que una invasión preventiva y veloz sería viable?

—Lo dudo mucho, señor. —contesta MacNamara. Los soviéticos ya han instalado una gran cantidad de misiles antiaéreos en la isla, y ahora han mostrado que están dispuestos a utilizarlos. Tampoco creo que sería efectivo llevar a las tropas en barco, el proceso se tardaría demasiado y las costas están bastante bien observadas y guardadas.

—Ok, de acuerdo… Necesitamos ponernos en contacto directo con el gobierno soviético cuanto antes. Hay que parar esta locura ya.

—Eso…. tampoco parece posible por el momento —dice MacNamara—. Hemos intentado contactar al representante de Moscú, Anatoly Dobrynin, para pedir alguna declaración sobre lo ocurrido esta mañana. No ha contestado nuestras llamadas, y parece que nadie en la embajada lo ha visto desde hace más de 24 horas.

—Esto no pinta nada bien, caballeros…. Quiero que cambien el nivel de alerta a DEFCON 2; hay que prepararnos para cualquier eventualidad. Si nos atacan, tendremos que pegarles aun más fuerte. Ojalá nos quede tiempo para evitar una catástrofe.

—Sí señor, entendido —contesta MacNamara—. Le avisaremos en cuanto haya cualquier novedad. Al levantarse de su asiento, el secretario de Defensa se despide con una inclinación de cabeza y enfila hacia la puerta seguido por sus socios.

Al salir los tres hombres de la oficina oval, los micrófonos puestos a escondidas por la sala dejan de grabar. Sentado en el escritorio de un despacho cercano con la puerta cerrada, un hombre de cabellera negra y tez apiñonada marca un número de teléfono que ha aprendido de memoria. Con una serie de susurros, tonos y sonidos guturales, el agente foráneo le informa a un compatriota del contenido de la conversación que acaba de escuchar.

***

Cuba

No hay nada mejor en este mundo que un viento fresco cuando llevas todo el día sudando por un bochorno infernal, ni siquiera el ron, los puros habanos o las exóticas mujeres cubanas. O al menos eso piensa Iván en esto momento mientras dormita reclinado en una silla con los pies apoyados en su escritorio y un abanico de techo sopla una brisa refrescante y divina. Con el calor sometido por fin y el zumbido suave del ventilador impregnando la sala, el sopor va apoderándose del funcionario soviético poco a poco. Cierra los ojos y empieza a imaginarse tendido en una hamaca en la playa, meciéndose suavemente mientras escucha las olas que rompen en la orilla. No tiene más compañía que un trago fresco hecho con ron y jugo de mango que comienza a beber a sorbos.

—¡¿Qué haces, idiota!? —interrumpe Vladímir. El ensueño tranquilo cae a pedazos.

—Pues, descansando. ¿Qué tiene?

—¿En serio que vas a echarte una siestecita después de lo que pasó esta mañana? Hay que estar alerta en caso de que los norteamericanos intenten hacer otra tontería.

—Oye, relájate. No van a hacer nada. Tendrían que estar chiflados para provocarnos dos veces en un día. Los capitalistas ya saben que tenemos un montón de misiles apuntando a su madre patria; sería un suicidio y lo saben.

—¿De veras crees eso? ¿Y qué tal si deciden tomarnos por sorpresa con una invasión inesperada, porque sus otros aviones espías les han mandado fotos de imbéciles como tú que están durmiendo en lugar de prepararse.

—A ver, ¿qué quieres que haga? Si los yanquis nos atacan ahora lo más probable es que todos terminemos muriendo. Y si ese es el caso, prefiero pasar mi último día en esta tierra disfrutando lo que pueda en lugar de preocuparme por algo que no puedo controlar. La verdad, nuestros destinos están en las manos de los generales y los demás orates que tenemos como líderes. Sólo espero que Jrushchov y Kennedy dejen de preguntar quién la tiene más larga y mantengan la calma.

Antes de que Vladímir pueda contestar, el estruendo agudo de una sirena retumba por el interfono. Una serie de luces de alarma rojas y giratorias se encienden por toda la base, interrumpiendo las actividades de los soldados en el campamento. La voz áspera y grave del comandante empieza a tronar por las bocinas.

—¡Atención! ¡Atención! Un bombardeo estadounidense es inminente. Hemos recibido órdenes de Moscú para lanzar los misiles. Todo el personal esencial debe presentarse de inmediato en el centro de mando. Todos los demás deben resguardarse en los búnkeres hasta nuevo aviso. Esto no es un simulacro. Repito, esto no es un simulacro.

Iván se queda ahí erguido en su silla, papando moscas.

***

Moscú

Pasada la medianoche, una pareja duerme en una gran cama en el centro de un lujoso aposento. Unas cortinas de terciopelo rojo oscuro están cerradas, impidiendo que la luz del alumbrado del jardín afuera entre por los ventanales. El salón huele a viejo; el integrante más reciente del mobiliario es una poltrona rosa que fue construida a finales del siglo XIX. El único sonido que se aprecia es el ronquido salvaje y constante del hombre corpulento, quien está acurrucado contra su esposa como un cachorro baboso y grandulón. Es un milagro que ésta no se despierte.

¡Rrrring ring! ¡Rrrring ring!

Atontado, el hombre limpia un hilo de baba que le ha salido de la boca. Se voltea y tantea la mesita de noche en la oscuridad, buscando a tientas el interruptor de una lámpara con una mano y sus lentes con la otra.

¡Rrrring ring! ¡Rrrring ring!

—¡Uf! ¿Quién te llama en mitad de la noche, Nikita? —pregunta molesta la mujer.

Jrushchov chista para que su esposa se calle. Cuando por fin logra iluminar la sala, agarra el teléfono para contestar.

—¿Qué diablos quieres a esta hora? Debe ser bien importante o te voy a colgar de los huevos.

—Sí, sí que es urgente, señor. Me acaban de informar que una base nuestra ha lanzado misiles nucleares hacia territorio estadounidense hace pocos minutos.

—¿Cómo?

—Sí señor, usted ha escuchado bien.

—¡¿Pero cómo carajos pudieron hacer eso?! ¿Quién lo autorizó?!

—….

—¡¡Dime!!

—Tenían la impresión de que lo ordenó usted, señor. Yo sabía que tenía que ser un error, usted ni siquiera está en el Kremlin ahora. Intentamos contactar al comandante que estaba al mando para exigir una aclaración, sin éxito. Hemos perdido contacto con toda la base Bravo debido a una especie de interferencia; sólo escuchamos estática.

—¡Hijo de puta! Ahora mismo vas a descubrir cómo pudo ocurrir esto y si hay alguna manera de contener el daño. Si no, ¡te juro que te mato yo antes de que lleguen los misiles estadounidenses y nos aniquilen a todos!

Al colgar el teléfono, Jruschov entra en shock. Cada centímetro de su piel empieza a sudar, le cuesta respirar. El mundo tal y como lo conoce está a punto de destruirse, engullido por enormes bolas de fuego radioactivo. Mesándose el poco cabello que le queda, se carcome pensando en una sola pregunta:

¿¿Quién carajo quiere provocar el apocalipsis??

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