La amenaza gatuna

El fin se acerca. Sé que es así.

Escucho atentamente. Noto el suave murmullo de la lluvia al caer sobre las tejas de la casa; un trueno a lo lejos anuncia que la tormenta por fin ha llegado. No me importa el viento que brama por los árboles afuera, ni la oscuridad que ha envuelto absolutamente todo lo que veo por la pequeña ventana de la cocina, como si algún ente gigantesco hubiera engullido todo alrededor de mi humilde morada, pero el goteo sí. Ese puto goteo es insoportable.

Plic. Plac. Plic. Plac.

Debí haber arreglado ese enloquecedor agujero en el techo cuando tenía la oportunidad, pero ya no se va a poder. Se me agota el tiempo. Resignado, abro el gabinete de caoba y saco mi última salvación: una botella de whisky añejo, la que guardaba para alguna ocasión especial. Arrimo una silla, destapo la botella y lleno una copita con el precioso líquido de color ámbar. Paladeando su sabor a turba y humo, me pongo a pensar.

¿Por qué no me creen? No soy el único que piensa así. Ni de lejos. Nostradamus, los mayas, hasta ese científico británico paralítico y sesudo, Stephen Hawking, todos decían lo mismo. ¿Cuál era la frase?

Busco entre mis notas, hurgando en la pila de papeles desparramados que cubren cada centímetro de la caótica mesa, hasta encontrar la cita que garabateé un día al encontrarla en un libro:

Creo que la vida en la Tierra está ante un riesgo cada vez mayor de ser destruida por un desastre, como una guerra nuclear repentina, un virus creado genéticamente u otros peligros.

Sí, amigo mío, me gusta como piensas. Era la idea correcta, siempre debemos estar alertas ante cualquier posibilidad de desastre, pero desafortunadamente para la humanidad, nunca acertaste el mecanismo preciso. Yo sí, demasiado tarde. Si sólo hubieras sabido qué eran esos “otros peligros”, los pequeños monstruos peludos que han merodeado entre los humanos desde los albores de la civilización.

Los gatos. Cómo los odio. Sus bufidos agresivos, las pupilas en forma de una raja cruel, los colmillos afilados y babosos, las garras que pueden desgarrar jirones de carne. Esparcen su hedor animal por donde pasen, marcando su territorio con meados hediondos y asfixiantes, como si fueran los amos de todo el puto universo. Me dan asco. Y lo peor de todo es que nos controlan. Siempre lo han hecho. Aunque han hecho un trabajo admirable escondiendo su rastro, estoy convencido de que el conflicto entre los humanos y los felinos es de lejos el mayor de nuestra historia. Dominaban a los egipcios antiguos con absoluta autoridad — lavándoles la mente, por supuesto—. Esos pobres esclavos veneraban a sus amos felinos como si fueran dioses, hasta el punto de castigar su supuesta “venta” con la muerte, como si tal transacción fuera de verdad posible. Y al morir su líder gatuno, un egipcio estaba obligado a afeitarse las cejas, demostrando así su duelo con gestos exagerados y obscenos. Me da arcadas sólo al pensarlo.

Qué bien que no todos se dejaran vencer tan fácilmente. Unos pocos hombres valerosos —mis héroes—, lograron hacer frente a sus opresores de cuatro patas. El ejemplo que más me enorgullece es el del Papa Inocencio VIII, quien reconoció la maldad oculta en esas bestias endiabladas y ordenó su veloz ejecución. Cómo admiro su resolución. Miles fueron quemados en la hoguera, en una matanza masiva que muchos denunciaron como innecesaria y cruel, pero que unos pocos individuos iluminados sabían que era menester. Creo que ese fue un momento decisivo en la historia de este conflicto milenario. A partir de entonces, los gatos se volvieron más inteligentes, más listos. Sabían que necesitaban disimular sus manipulaciones y planes de dominación, así que se concentraron en hacer lo que hacen tan, tan bien: fingir ser unas humildes mascotas.

No son tontos, los mininos. Con un poco de afección simulada, lograron enternecer a millones y millones de personas, sus víctimas, que pensaban —erróneamente— que al albergar a una de estas bestezuelas alegrarían el hogar y quizá no se sentirían tan solas. Idiotas. Eso es precisamente lo que querían los gatos. Comida gratis, viviendas gratis, esclavos humanos que hasta limpiarían sus excrementos humeantes y depositados con displicencia. Los muy taimados descubrieron que al emitir ciertos ruidos suaves con la garganta, podían amplificar los efectos de su cariño engañoso y la consecuente obediencia humana. Jamás he escuchado a un gato maullar para comunicarse con otro de su especie. No, reservan esos sonidos manipuladores para darles órdenes a sus súbditos.

¿Por qué no me creen? Llevo gran parte de mi vida estudiando su fisiología y su comportamiento. Soy un experto. No puedo imaginar qué habría pasado si nunca hubiera encontrado ese primer trabajo como guardián del zoológico. Era la oportunidad perfecta para observar sus hábitos, sus excursiones nocturnas y furtivas. Pensándolo bien, creo que esa experiencia fue lo que me abrió los ojos ante la amenaza gatuna.

Lo recuerdo como si hubiera pasado ayer. Era una noche oscura y tormentosa, precisamente como hoy. Pasadas las once de la noche, alimentaba a los murciélagos y estaba a punto de terminar mi ronda nocturna, cuando de repente escuché un ruido inesperado. Rugidos. Venían desde la exhibición de los tigres, estaban agitados. Extrañado, dejé lo que hacía y enfilé hacia el área, pero al llegar me topé con una sorpresa que me heló la sangre.

Los tigres me miraban. Todos.

Se me puso la piel de gallina. Despacito, me acerqué a la verja de hierro, entornando los ojos para observar bien lo que hacían. Al principio no noté nada en particular (la luz mortecina de los faroles no ayudaba), pero al examinar detenidamente su entorno, creí ver una forma confusa en medio de las bestias. Era una figura peluda y pequeña, como del tamaño de un gato doméstico. Estaba agazapado en medio de un círculo de tigres, que comenzaban a cerrar los ojos y mecerse en sincronía, como si estuvieran bajo el efecto de un hechizo e iniciaran una especie de aquelarre. Y entonces lo escuché: una voz ronca y grave. Susurraba algo, pero aún no podía discernir qué decía. Al descansar mis brazos sobre la cerca y mirar fijamente hacia las figuras encantadas, los ruidos se volvieron más fuertes, como si alguien me murmurara directamente al oído. Sólo entendí una palabra:

Exterminio.

Hasta el día de hoy, la palabra sigue atormentándome. No sé cómo lo harán, ni cuándo exactamente, pero algo en el fondo de mi alma me dice que su macabro complot se realizará más pronto de lo que nadie hubiera imaginado.

He intentado advertir a los demás. He hecho lo que puedo, hablé con mis colegas, con el director, pero nadie me ha hecho caso. ¿Estás bien, Antonio? ¿Algún problema en casa? Sus mentecillas no lo podían comprender. No dolieron las acusaciones de locura, pero sí las teorías de que había ingerido alguna sustancia ilícita esa noche. Jamás haría eso, no soy drogadicto, respeto mi cuerpo. Es verdad, lo admito, a veces bebo un poco demás, pero lo tengo controlado. No entienden lo que he escuchado, lo que he visto con mis propios ojos. Escenas de pesadilla que se repiten cuando menos lo espero.

Hace unas semanas, los ingratos me echaron del trabajo, alegando negligencia y abuso a los animales. ¡Bah! ¿Qué importa si espetaba insultos a los leones, o si dejé de alimentar a los tigres durante mis rondas? Las bestias se lo merecían. Seguían susurrando a mis espaldas, atormentándome, jugando conmigo como lo haría cualquier felino con un ratoncito antes de matarlo.

—¿Por qué estás tan raro? —me decían. Ante la falta de explicaciones “razonables”, no tardó el jefe en agregar: —No puedo tolerar este comportamiento agresivo y errático.

Lo peor fue lo de Isabel.

Esposa. Pareja. Media naranja. Debo dejar de usar esas palabras, sólo me llenan los ojos de lágrimas. Ella no entendía por qué decía lo que le decía, ni siquiera intentó comprender. Primero quería que fuera al psicólogo, supuestamente para “platicar”. Luego vino la palabra, en susurros, en voz bajísima como si no soportara pronunciarla: esquizofrenia. Una tontería que descarté tajantemente. No soy ningún loco.

NO SOY UN PUTO LOCO.

Dijo Isabel que me quería ayudar, pero no entiende que soy yo el que quiere ayudarla a ella. A todos. Si intenté estrangular a la gata del vecino, fue en defensa propia. Había escuchado sus amenazas masculladas, sus conversaciones furtivas con los otros mininos del barrio. Elimínenlo, había dicho. Seguro que se había percatado de que yo entendía su lenguaje secreto y esotérico, que prestaba suma atención a sus maquinaciones. No hacía falta llamar a la policía, ni mucho menos que Isabel se mudara de casa y me abandonara así… Es más, el pequeño bastardo sobrevivió, ni siquiera había evidencia concreta en mi contra. Ignoro el motivo de su aparente silencio, pero el micho no ha tomado represalias, todavía no. Aún así, barrunto que sólo es cuestión de tiempo para que todos vengan por mí. Lo siento en mis huesos.

Me sirvo otro shot y lo trago de golpe. Arde.

No sé por qué soy el único que los escucha, por qué me eligieron esa fatídica noche. ¿Será parte de algún experimento inaudito, mientras los felinos perfeccionan sus métodos de manipulación? ¿Me han implantado un chip mientras dormía, para poder sintonizar sus frecuencias mentales? Ignoro sus métodos de comunicación, cómo lo logran sin que los demás humanos se percaten. Sospecho que utilizan una tecnología enormemente superior a la nuestra, pero quizá habrá alguna explicación biológica, una vibración en el aire que detectan con los bigotes. Ojalá fuera debido simplemente a la locura mía. De verdad, qué fácil sería. Entonces sería yo la única víctima, el único que sufre. Pero no es así. Todos vamos a caer ante nuestros amos gatunos, tarde o temprano.

Arrecia el viento afuera. Una rama se estrella contra la casa, chirriando mientras araña la ventana de la cocina. Sorprendido, levanto la cabeza y observo el vidrio. Grietas diminutas se están formando, reptando poco a poco por toda la superficie como várices en una pierna. Y entonces:

Maullidos.

Resuenan a lo lejos, entrecortados mientras retumban los truenos en el cielo proceloso, pero están aumentando. Se están acercando. El volumen crece paulatinamente, mientras los maullidos incesantes se vuelven bufidos agresivos, malignos.

¡¡Craaac!!

El vidrio estalla, expulsando esquirlas largas y filosas como dagas. Me cubro la cara con el brazo y cierro los ojos, sobresaltado. El viento racheado ha irrumpido en el cuarto, alborotando mi cabello y las notas garrapateadas sobre la mesa. Al abrir los ojos de nuevo, los veo. Están entrando en tromba por el enorme agujero recién hecho, empapados y despidiendo un fuerte olor a pelo mojado. Aunque siguen brincando de dos en dos por el vano de la ventana rota, no se escucha el sonido de sus patas al caer sobre tierra, sólo sus bufidos endiablados.

Entrando en pánico, busco algo con qué defenderme de los invasores. Por el rabillo del ojo, descubro una escoba apoyada contra la pared. Me lanzo hacia ella y la tomo por el mango, pero es demasiado tarde. Estoy rodeado. Hay decenas de felinos, todos me están mirando fijamente con los mismos ojos amarillentos y brillantes mientras siguen bufando salvajemente. Quiero arremeter contra ellos con mi arma casera, haciendo todo el daño posible, pero no puedo. Estoy paralizado, no sé si por el miedo o por algún truco suyo que aún no conozco. Siguen aproximándose a mí, paso a paso, todos con la espalda arqueada y la cola tiesa. Uno de los más cercanos parece arrugar el hocico con disgusto. Otro a su lado mantiene las fauces entreabiertas, lamiéndose los labios con gula.

—Enfríenlo —gruñe un bicho negro de pinta particularmente obesa y arisca.

Antes de que pueda reaccionar, un felino salta hacia mí, agarrándose a mis pantalones con sus garras filosas. Sus compañeros no tardan en seguir su ejemplo, lanzándose a mí sin piedad, trepando por mi ropa hasta llegar a la cabeza. Intento agitar los brazos, las piernas, pero ya no puedo. Son demasiados. Con el corazón latiendo tan rápido que se vuelve una sola vibración constante, caigo al suelo, sumido en un mar de pelo parduzco y trémulo. Aún sintiendo sus garras que rasgan mi camisa con frenesí, aprieto los dientes y cierro los ojos. Esperando con toda el alma que termine la pesadilla, me entrego a una negrura espesa y absoluta.

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