Querido Twinkie

Hablo para ti. Tú, que siempre me apoyas, siempre me consuelas, siempre me confortas. Cuando las cosas salen mal, cuando meto la pata, no me juzgas. Nunca me regañas, no replicas, mucho menos te burlas de mí. Siempre me apoyas, jamás me abandonas. Es más de lo que puedo decir de algunos…

Amo todo de ti. Amo tu color dorado y apiñonado, el aroma sutilmente dulce que desprendes por todo tu ser, rico pero efímero. Me encanta, durante nuestros encuentros nocturnos y pecaminosos, la sensación placentera en las yemas de mis dedos al rozarte, al acariciarte. Tu mera presencia me excita, me llena de ganas inexplicables de comerte. A veces dudo, pienso en lo que diría la gente si nos descubriera, pero al final siempre ganan mis deseos más golosos. Siempre. Como atraída por una fuerza misteriosa e incontrolable, extiendo una mano y busco tu forma alargada y firme, llevándote inevitablemente a mis labios. Me fascina sentirte dentro de mí, llenando mi boca, y cómo, cuando te acaricio con la lengua y empiezo a chupar, me regalas tu crema blanca y sabrosa como el pecado.

Mierda. ¿Por qué escribí eso? Acabo de escribir porno suave sobre un pastelito. ¿Soy así de patética?

No quiero contestar esa pregunta. A lo mejor la tía Marta tenía razón, soy una puta gorda sin ninguna esperanza de romance… ¿Pero qué importa? Unas palabritas en un diario nunca lastimaron a nadie, ¿verdad? Mejor sigo con la fantasía…

Nuestro romance no empezó como en las películas. No cruzamos miradas coquetas, no me trajiste flores, nunca nos besamos bajo una fina llovizna. Lo nuestro empezó hace años, un martes cualquiera en el supermercado, cómo no. ¿Recuerdas eso? No, claro, sólo eres una masa de harina mezclada con una cantidad ingente de azúcar, pero yo sí que me acuerdo. Estaba caminando por el pasillo de pan, escuchando a mi tía quejarse sin cesar sobre el final de temporada de La rosa de Guadalupe, cuando vi algo que me llamó la atención: una cajita azul abandonada en mitad de un estante. Eras tú, mi amor. No lo sabía aún, pero el destino me deparaba cosas fantásticas ese día. Mientras mi tía seguía empujando el carrito chirriante y hablando sola sobre lo que debió haber hecho una tal Lupita en aquella telenovela chafísima, me acerqué a ti poco a poco, como una polilla atraída por la luz. Extendí una mano dubitativa y, al sentir el cartón firme bajo mis dedos, le di una vuelta a la caja hasta leer tu nombre:

Twinkie.

No me sonaba de nada, pero por alguna razón inexplicable, me gustaba esa combinación rara de consonantes y vocales. Tuin – qui. Tuin – qui. Seguía repitiéndolo en voz baja, sólo decirlo me llenaba de una alegría infantil. Llevada por la curiosidad, te tomé con una mano y caminé decididamente hasta el carrito de mi tía.

Tía Marta, Tía Marta, ¡mira lo que encontré!, le dije, radiante. ¿Lo podemos comprar hoy?

¿Qué es eso?, me contestó con disgusto. No seas ridícula, mija, tú no necesitas comer esa basura. Mírate, con tus lonjas ya pareces una vaquita con indigestión. No, no, mija, tíralo. Tíralo ya.

Como de costumbre, fingí que esas palabritas de mi tía no me dolían. No era la primera vez que me había soltado semejante barbaridad. Pero ese día, no lo iba a aceptar así como así. En cuanto ella se echó a andar, hablando distraída con su noviecito por el celular, sentí un impulso rebelde. Asegurándome de que nadie me miraba, agarré la caja y hurgué a ciegas en ella hasta encontrarte: un paquete de plástico que contenía todo un paraíso de azúcar y crema. Sin pensarlo ni un segundo, te metí en mi bolsa y seguí caminando como si no hubiera pasado nada.

Así comenzó nuestra aventura, lo recuerdo como si fuera ayer. En cuanto llegamos a casa, me metí en mi cuarto y te saqué de donde te había escondido, admirándote a través de tu envoltorio brillante. Cuidadosa y silenciosamente, te quité del plástico y te llevé a mis labios. Te lamí. Sabías a mantequilla y harina, dos cosas que ya me habían sido vedadas —no fuera a ser que engordara más—. Era un momento mágico e inolvidable, lleno de euforia y sabores deleitantes. Por fin esta Cenicienta con sobrepeso había encontrado a su Príncipe Azul, pero como suele suceder en los cuentos de hadas, tenía que mantenerlo en secreto. Nada dura para siempre, y mi malvada madrastra —digo, mi tía— no quería que continuara esa felicidad.

En las semanas siguientes, continuaba mirándote con deseo en los pasillos del súper, y tú llamabas mi nombre. Pssst, Melissa. Ven aquí. Que soy delicioso. Pruébame.

No te podía resistir.

Te agarraba con las manos, escondiendo tantos paquetes como cupieran en mi bolsa. Y por las noches te encontraba esperándome, listo para quitar mis penas con una noche de dulce pasión. Hasta que nos descubrió ella.

¡Pinche cerda!, me gritó. ¡¿Cómo te atreves a zamparte esa basura?! ¡Ya veo por qué sigues engordando como una ardilla cachetona, mija!

¿Lo puedes creer? Claro que sí, estabas ahí mismo conmigo. Temí por mi vida casi tanto como por la tuya. Y con razón, porque ella nos lanzó una mirada enloquecida como la de una monja enojada con un severo caso de hemorroides. Sin más, te arrebató de mi mano y te apachurró bajo sus zapatos. No dije nada en ese momento, me faltaban las palabras, sólo dejé que una lágrima escurriera por mi mejilla.

A partir de ese momento, debíamos tener más cuidado. No podía agarrarte en el supermercado cuando acompañaba a mi tía, hubiera sido demasiado obvio. Es más, luego ella me dijo que me quedara en casa, para que no me tentaras. Tenía que cambiar de estrategia. Empecé a pararme en la tiendita de la esquina después de mis clases, a comprarte cuando nadie me miraba. Ha funcionado por todo este tiempo, aunque creo que mi tía ya sospecha. Cada vez que pienso en ti, me saca una sonrisita medio boba. Ella se da cuenta, sé que es así, porque cuando me ve sonreír nomás arquea una ceja y me mira de reojo. Sé lo que está planeando.

Hay un chico. Gustavo. Gustavito. Es hijo de la comadre de mi tía, dizque un pretendiente mío. Qué asco, no podría ser más ñoño. Lleva el pelo negrísimo pegado al cráneo con un chingo de gel, y siempre mete sus playeras dentro de sus pantalones caquis. Cuando lleva camisa, la abotona casi hasta la barbilla, y la adorna con unos tirantes de abuelito. Siempre me mira en silencio, examinándome con sus dos ojitos pequeños y oscuros como el chapopote a través de sus lentes grandotes. Si me atrevo a devolverle la mirada, sólo se lame los labios y muestra sus dientes repletos de frenos coloridos.

No. No quiero salir con él, ni siquiera le quiero decir “hola”. Te prefiero a ti, sin duda. ¿Por qué no me rescatas? Podríamos huir, ir tan tan lejos que nadie nos encontraría. Podríamos ir a una isla, algún lugar tropical y súper bonito como en Instagram, y casarnos ahí mismo. Podría cortar tu envoltorio en forma de un anillo de compromiso, y comerte bajo las estrellas. Sería tan romántico. Y podríamos tener un montón de hijos, tú y yo. Bueno, yo soy bien morena, así que supongo que nuestra prole sería de chocolate, ¿no crees? Lo mejor es que siempre estarías conmigo, apoyándome, no como esa “familia” criticona que tengo. Y si te como en un arrebato de hambre, no pasa nada, sé que siempre me estarás esperando en una tienda, paciente y fiel. Dicen que tus ingredientes nunca caducan, que perdurarías para siempre. Sé que contigo a mi lado, podría ser feliz para siempre…

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