Mi osito ruso

¿Cómo lo lograste, Donald? ¿Cómo hiciste que América volviera a ser GRANDE?

Puedo imaginar las preguntas ahora, las caritas atónitas al aprender que soy YO el próximo presidente de EEUU. No tienen ni idea, ni siquiera Melania, jejeje… Mejor así. Estoy más feliz que una colegialita en su baile de graduación, y no quiero que esa mujer lo arruine todo. ¡Bah! ¿Qué estoy diciendo? Que se concentre en nuestro trato y cierre el piquito. Soy un genio y ya está. Y guapetón, he de añadir…

Giro la llave y agua caliente empieza a brotar a chorros de la ducha. Una nube de vapor, blanca y esponjosa como el algodón, flota tranquilamente por el baño. Respiro.

Mmm, qué rico huele el jabón de este hotel.

Entro en la ducha con un movimiento alegre, casi brincando, y cierro la cortina. Al comenzar a restregarme la espalda con una esponja de lufa, no puedo dejar de tararear una melodía sin nombre.

LA-LA-LA-RI-RA. LA-LA-LA-RI-RA.

¿Por qué me siento tan feliz? ¿Porque estoy a punto de ser presidente del país más poderoso del mundo? Nop, ni siquiera pensaba en esa posibilidad hace como un año, no puede ser sólo eso. Esto es algo más, algo mejor. Sólo recuerdo haberme sentido así en una ocasión, la primera vez que metí unos billetitos en el brasier de una stripper en Las Vegas. Esto es el amor. No todos los días te espera un dictador ruso desnudo de la cintura para arriba en una cama de motel, ¡qué suerte la mía!

Al terminar de ducharme, cierro el agua y me sacudo como un perrito mojado. Sin dejar de canturrear ni un segundo, agarro una toalla plateada de seda para secarme el cuerpo, y otra para envolver mi gloriosa cabellera. ¿Cómo se atreve Melania a burlarse de esa segunda toallita? Son órdenes del doctor, y que me jodan si se descubre cómo mantengo este pelo magnífico pegado a mi cráneo.

Salgo de la ducha deteniéndome en frente del espejo y flexionando los brazotes para perfeccionar mis poses de héroe de acción. Hércules me tendría celos. Y él ni siquiera tenía mi bronceado perfecto y anaranjado como un Cheeto Flamin Hot.

 Satisfecho, tomo una bata de raso carmesí que cuelga de una percha y me visto con ella. Abro la puerta del baño y salgo mientras cambio el canturreo por un silbido más sutil, pero no menos alegre. Al ver que todo sigue como estaba hace un ratito, sonrío:

Doritos. Botellas de champaña vacías. Coca. Cubiertos desperdigados en el suelo, aún adornados con jirones de langosta y mantequilla. Los vítores de una multitud virtual confirman que el FIFA 2016 sigue encendido. Y ahí mero, acurrucado bajo las sábanas, veo a mi osito ruso sonriendo satisfecho como si acabara de ganar otra “elección libre”.

—Hola, nene —le saludo efusivo—. ¿Cómo va mi mañanero?

No dice nada, sólo sigue concentrándose en su juego de FIFA. Se asoma la puntita de su lengua por la comisura de la boca mientras oprime los botones del controlador con frenesí.

Me encanta cuando se hace el difícil.

Me siento a su lado en la cama con un gesto tan seductor como me es posible, y le planto un besito en la frente.

—¿Cómo estás, cariño? ¿Qué tal anoche? ¿Lo disfrutaste tanto como yo?

—Ajá.

Qué emoción, ¡dijo que sí!

—¡Lo sabía, Vladi! Y me alegro —contesto, acurrucándome a su lado. Noto como la piel lechosa de su torso contrasta vívidamente con la mía de color camote—. ¿Y dime, cuál fue tu parte favorita?

—Este… langosta. Me gusta langosta —me contesta con su marcadísimo acento ruso.

—¡Yo también! ¡A mí me encanta la langosta! ¡Somos perfectos el uno para el otro!

—Ajá. Y… ¿tenemos trato?

—¿Un trato? ¡Ah sí, claro! Crimea es Rusia, Crimea es Rusia. Sólo me lo repetiste como diez veces anoche. ¡Y por supuesto, nadie te va a molestar por eso cuando sea presidente! ¡Haría cualquier cosa por ti, Vladi! ¡Hasta podrías reclamar media Europa del Este para la Madre Rusia si quieres!

—Bien —responde escueto, aún enfocándose en el videojuego.

Me arrimo aun más a él, abrazándolo como la cuchara grande, aunque prefiero ser la cucharita. ¿Quién dice que un obeso septuagenario de color calabaza no necesita apapachos?

—Oye, aún no puedo creer que ayer fue la primera vez que nos vimos en persona, y en este motel del amor siberiano, quién lo iba a decir. Se siente como si te hubiera conocido toda la vida. Bueno, será por todos esos mensajitos traviesos que me mandabas…

—Traviesos, sí… —responde sin desviar su mirada de la tele. Juguetea con el controlador, pulsando los botones con un ritmo acelerado. Empieza a emocionarse poco a poco, contrayendo la cara en una sonrisa que parece extenderse hacia su papada incipiente, hasta que:

—¡¡Goooooool!! —interrumpe la voz enérgica del presentador virtual.

—Siiiiiiiii —vocea Vladi, eufórico —¡Así se hace! ¡Así se hace! ¿¿Viste eso?? ¡¡Soy puto amo!!

—¡Qué bien! ¿Eres buen jugador, eh?

—Sí, soy mejor jugador —confirma Vladi, sonriendo de oreja a oreja.

—Y oye, te tengo una preguntita…. —le digo, acariciándole la espalda—. ¿Qué tal si… compartiera lo nuestro? No sé, podría mandar un Tweet, tipo… “Primer encuentro con mi chico Vladi. ¿Quién dijo que sólo hay nieve en Rusia? La cosa ya se está poniendo CALIENTE”

Los ojos de Vladi se ponen grandes como toronjas.

—Niet!!!!! Nieeet!!! ¿¿¿Estás tarado???

—¿Qué te pasa, cariño? Sólo quiero compartir mi felicidad con el mundo, no veo cuál es el problema.

—¿Cómo que no hay problema? ¡Hay problema! Ni siquiera estoy hablando de Melania, eso es lío de ustedes… Si admites que me viste, gente sabrá por qué ganas. Gente va a preguntar: ¿De dónde son hackers? ¿De dónde son hackers? Y gente siempre sabe.

—No, no, no, estás exagerando, Vladi. Nadie sabrá que fuiste tú. No te preocupes, mi amor.

—¡¡No lo hagas!!

—Pues no sé qué decirte… —le digo, sonrojado —pero ya lo publiqué. Ya sabes, nunca planeo mis Tweets, los mando en el mismísimo momento en que me pasan por la cabecita. Es parte de mi encanto, ¿no? Sólo te pregunté para ver tu cara, pero no era precisamente como esperaba…

Vladi no dice nada, sólo niega repetidamente con la cabeza, como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar. Me ruborizo más y bajo la mirada, como un cachorrito al que acaban de pillar haciendo una travesura.

—¡Bórralo! —ladra con su voz de leñador soviético. No sé por qué, pero aun cuando está enojadito su voz me parece irresistible— Neguemos todo. ¡Todo! Gente no puede saber esto nunca.

Suspiro con resignación.

—Ok, lo que tú digas, mi rey— accedo, sacando el celular para eliminar el mensajito.

Tap. Tap.

Eliminado.

—Mira, ya está. Como si nunca hubiera pasado.

Vladi sigue refunfuñando en voz baja.

—Debo irme. Tengo dolor de cabeza —anuncia.

—¿Ah sí? ¿Por qué será? ¿Te sentías súper bien hace un momentito, no?

No contesta, sólo se incorpora en la cama y empieza a ponerse zapatos.

—¿Puedo ir contigo? Podría preguntar a mi chofer si tiene un Advil para ti. No quiero que a mi presidentito le duela nada.

—No. Gente no nos puede ver —responde firme—. Quédate aquí hasta que te diga.

Se enfila hacia la puerta. Parece un osito de peluche sin su camisa puesta. Adorable.

—Ok, si tú lo dices… ¿Y no te estás olvidando de algo?

—¿Qué cosa?

—Una camisa, mi rey.

—Hombre fuerte no necesita camisa— responde, riéndose de la idea—. Así fotos son mejores.

—Ah, ya veo… Y una cosita más, ¿cuándo nos volveremos a ver? —le pregunto de modo suplicante.

—Te llamaré.

Camina hacia la puerta, pero al asir la manija, voltea para agregar:

—Bueno, ¿qué opinas sobre Kim Jong Un? ¿Qué tal si lo invito a salir con nosotros alguna vez?

—¿Hombre cohete? Este…. estaría bien, supongo…

—Muy bien —responde, sonriendo con picardía. Abre la puerta, pero al pisar fuera del umbral lo detengo con una última pregunta:

—Entonces, ¿sería un ménage à trois?

Voltea a verme con una mirada traviesa y una sonrisa satisfecha en los labios.

—Quizá —contesta, antes de desaparecer por el pasillo del hotel.

Al cerrar la puerta, me quedo completamente solo. No me entusiasma la idea de compartir a mi jefito ruso con nadie, pero si es lo que él quiere, está bien. Sigo pensando en el futuro fantástico que nos espera cuando sea presidente. En los muros que construiremos, en las exóticas selfies presidenciales que tomaremos, y en los millones de seguidores que ganaremos en Twitter como el dúo presidencial más hot de 2016. No sé exactamente qué vaya a pasar en los próximos años, pues incluso me cuesta pensar en qué ropa me voy a poner hoy, sólo tengo claro que a mi Vladito no lo voy a defraudar nunca.

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