El miedo a los humanos

El sol luchaba por salir en el horizonte, apenas logrando echar una luz carmesí y anaranjada sobre la bahía. Subiendo y bajando con el vaivén de las olas, Sam surcaba el agua cristalina, aferrado a una larga tabla de surf. Respiraba profundo, apreciando la brisa fresca y el olor a sal. Amaba surfear. Más que nada en este mundo.

Seguía remando con las manos, brazada tras brazada. Cuando se hubo alejado de las frondosas palmeras de la playa, levantó la cabeza para mirar el mar. Ahí las olas crecían pacíficamente mientras la luz del sol se esparcía sobre la superficie tremulante del agua, revelando su color azul marino y haciéndola centellear como si estuviera hecha de vidrio.

Perfecto, pensó. Aquí puedo calentar.

A manera de lagartija, empujó con el pecho y se apoyó sobre los brazos extendidos. Justo cuando estuvo a punto de ponerse de pie, vio algo curioso por el rabillo del ojo. Se quedó congelado.

¿Qué fue eso?, se preguntó.

Despacito, giró la cabeza de un lado a otro para examinar el agua oscura, como si pudiera escudriñar el fondo mismo del océano. A pesar de sus esfuerzos, no notó nada fuera de lo normal, sólo las gaviotas que graznaban a lo lejos y las olas incesantes que balanceaban la tabla bajo su cuerpo tenso, tan tenso como si él también estuviera hecho de madera. Y entonces lo vio:

Una aleta.

Su forma gris oscura y triangular era inconfundible. No había delfines en esa zona (que Sam supiera), y una aleta de ese tamaño sólo podía pertenecer a una cosa: un tiburón. Uno grande.

Con la respiración medida y calma —no era su primer encuentro así— se bajó despacio hasta acostarse en la tabla de cedro rojo. Se cuidó de no hacer ningún ruido, pues no quería alertar a su enemigo escualo. Lento, tan lentamente que le costó trabajo seguir un ritmo tan controlado, levantó la cabeza para mirar otra vez las profundidades del agua. El tiburón seguía ahí, nadando a apenas un metro de él. Desde tan corta distancia, el surfista pudo apreciar la larga raya nívea que le cubría el vientre. Sabía que esa marca blanca funcionaba a manera de camuflaje para el escualo, escondiéndole ante los ojos de los pequeños pececitos más abajo que lo confundirían con la luz del sol. Pero de nada le iba a servir con Sam ahí. No aquel día.

El surfista escudriñó el agua una vez más, haciendo unos rápidos cálculos mentales. Poco después, inhaló profundo y dio un clavado al mar. Nadó veloz e incansablemente, como un arpón que vuela por el aire en pos de una ballena indefensa. Al llegar al lomo del pez descomunal, se aferró a la aleta dorsal con un agarre de hierro e hincó los dientes en ella. Sorprendido, el tiburón agitó rápidamente el cuerpo de un lado a otro en un intento de sacudirse de encima a su depredador humano. Fue en vano, pues Sam lo agarraba demasiado fuerte, envalentonado por la adrenalina que fluía a raudales por sus venas. Con los nudillos tan blancos que se apreciaba cada detalle de las falanges, apretaba cada vez más fuerte mientras sacudía rabioso la cabeza como un pitbull, arrancando escamas grisáceas con los dientes. Al cabo de unos segundos, logró su cometido: una fina nube rojiza empezó a emanar de la mordida, suficiente sangre para darle un escarmiento a esa bestezuela que tanta lata daba cuando uno sólo quería disfrutar de unas vacaciones en la playa.

Satisfecho, Sam le asestó un rotundo puñetazo en la nariz del escualo. Por fin soltó la aleta, alejando al pez gigante con una última patada. Dolorido (más por la afrenta a su orgullo que por la herida en sí), el tiburón pareció aceptar la derrota y volvió achicopalado a las profundidades del mar, nadando con unos movimientos desganados y sumisos.

—A ver si te acuerdas de mí para la próxima —pronunció Sam en voz alta, una vez que hubo vuelto a la superficie.

Había logrado su objetivo. Estaba harto de esos bullies del océano que las películas de Hollywood representaban con demasiada frecuencia, pero las cosas ya habían cambiado. Pues ahora, a los tiburones había que infundirles miedo a los humanos.

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