Margarita (Parte 1/2)

La maquilladora

—Eh, disculpa… ¡Disculpa! —chillo un poco más fuerte de lo que quería.

Un guardia se para a unos dos metros de mí, uno de esos tíos calvos y musculosos que seguramente se pule el coco con cera cada mañana. Parece un tanto mosqueado.

—Perdona, pero es que no encuentro la torre Augustus por ningún lado, tampoco he visto ningún letrero. ¿Sabes por dónde tengo que ir?

El tipo suelta un suspiro de molestia.

—Sí, sigue por aquí y da vuelta a la izquierda, luego a la derecha —me refunfuña con un manoteo distraído.

Me doy una vuelta para ver a dónde ha apuntado, creo que ha indicado cierto pasillo lleno de turistas borrachos y ludópatas. Como todos en este casino descomunal y laberíntico. Pero a ver, hay dos salidas al otro lado de la fuente griega, ¿cuál ha dicho?

Volteo, pero ya es tarde. El tiarrón ya se ha echado a andar, ahora para gruñirles a los clientes para que se pongan la mascarilla. Como si eso fuera a hacer una gran diferencia, entre las caladas incesantes que se apuran a dar a sus pitillos. Desprenden una nube de humo nauseabundo y carcinógeno, la cual se dispersa lentamente por el aire hasta llegar a mis fosas nasales. Qué asco. Pero en fin, así es Las Vegas…

¿Por qué decidí mudarme aquí?

Ah sí, por tonta.

Bueno, también por la pasta, pero sobre todo por tonta.

Saco el teléfono de mi bolso para ver la hora. Son las 8:51, me quedan unos diez minutos para encontrar esta condenada torre o mis clientes se van a enfadar. Y mucho. Según mi experiencia, las novias no son muy propensas a perdonar las tardanzas durante El Gran Día. Solo espero que esta no sea otra maldita bridezilla.

Me echo a andar más o menos por donde ha indicado el guardia, esquivando a camareros trajeados que llevan todo tipo de bebidas alcohólicas en sus bandejas y a los clientes ya ebrios que las siguen tragando como si de agua se tratase. La mayoría mantienen sus retinas pegadas a las mesas de ruleta y de póquer, inconscientes del hecho de que el alcohol que ya fluye a raudales por sus venas no puede más que empeorar su suerte. Pasando de allí, una bandada de viejitos se ha anidado delante de un mar de tragaperras, emocionados por apostar con puras monedillas. Sus caras se iluminan esporádicamente por una miríada de pequeñas luces coloridas, siempre acompañadas por un tintineo animado y engatusador, haciéndoles creer que sólo están a un paso de ganarlo todo. Que sigan soñando…

Ya llegando a la fuente de Poseidón, con sus extraños caballos-sirenas haciendo las veces de guardias, me enfrento a un dilema. A mi derecha veo dos salidas distintas, y ninguna tiene un letrero que mencione esa tal Torre de Augustus. No tengo ni pajolera idea de cuál tomar, pero opto por la primera. Más vale que funcione, porque hace quince minutes que se me han agotado las ganas de seguir caminando en un jodido círculo…

Apresuro el paso por un corredor oscuro y alfombrado de terciopelo; por fin parece que me he liberado de la multitud de obstáculos humanos. Bueno, aparte de un trío de turistas japoneses que se están tomando selfies en frente de la efigie de una diosa egipcia, empotrada en lo alto de la pared. Un señor de unos setenta años está alzando los brazos en un intento de tocarle los pezones de sus desproporcionados senos dorados, la cara del viejito es de puro deleite. ¿Cuándo fue la última vez que vi una estatua sin tetas ni polla en esta ciudad? Ni me acuerdo.

Evito salir en sus fotos con un repentino cambio de trayectoria y un hábil baile de pies (pues siguen retrocediendo con la cámara en alto sin avisar). Acto seguido, examino el final del pasillo y veo otro letrero. No puede ser… Sí, ¡sí que lo es! Dice claramente “Torre Augustus”. Joder, que ya pensaba que iba a tener que recorrer otra manzana entera antes de encontrarla. Al final he tenido algo de suerte.

Sigo las flechas de guía hasta encontrar unos ascensores. Me apuro a oprimir el botón y me subo al primero que se abre. ¿Cuál era el número de la habitación otra vez? Saco mi móvil y reviso los mensajes que me ha mandado el cliente. 5321, dice. Bien.

Después de una subida rapidísima en el ascensor (al parecer los arquitectos se saltaron los pisos 2 a 49), salgo y avanzo por el angosto pasillo, revisando los números arriba de las puertas. Mientras sigo caminando, me llama la atención una pila de cajas de cartón aparentemente tiradas al suelo sin cuidado alguno, un auténtico follón. Cajas de pizza, diría, juzgando por los oscuros churretes de salsa de tomate y la insignia de Mario’s. ¿Quién narices tiene el mal gusto de tirar su basura así para que todos la vean?

Espera.

Confirmo mi sospecha al reexaminar la placa sobre la puerta. Es la habitación de mis clientes. Eso no puede presagiar nada bueno…

Toc, toc, toc.

Saco un pequeño espejo para asegurarme de que no tenga nada indebido en mis dientes mientras espero a que contesten la puerta.

—¿Quién es? —pregunta una voz ronca y masculina. Apenas ha entreabierto la puerta, solo alcanzo a ver un pie descalzo que usa como cuña.

—María Carmen, la maquilladora —respondo. —¿Eres Eddie?

—Ajá, llegaste justo a tiempo. ¿Trajiste lo que te pedí?

—Claro, aquí tengo todo en mi bolso. Eh… ¿puedo entrar?

—No, no será necesario.

¿Qué ha dicho?

—Perdona, que no he entendido bien. Habéis contratado mis servicios por dos horas, para maquillar a dos personas, además de la novia. ¿Quieres que vuelva en otro momento? Sólo tendría que agregar cierta tarifa por la molest…

—No —me interrumpe. —Nuestros planes han cambiado. Sólo deja las cosas ahí, el maquillaje, los botonieres y eso, y toma tu dinero.

Una mano de uñas descuidadas y sucias emerge de la oscuridad. Se abre para ofrecerme un fajo de billetes.

Esto tiene que ser una broma. ¿Quién coño contrata a una experta en maquillaje del otro lado del charco, con servicios no precisamente baratos, sólo para rechazarla en la puerta?

Acepto el dinero después de dudar un momento. Acto seguido, el tipo cierra la puerta con un sonoro clac. Qué gente tan rara.

Vale, pues si así lo quieren, así será. Bajo el saco de mi hombro y dejo los artículos que me habían pedido. En seguida me doy una vuelta en u para largarme de ahí.

A ver, ¿sí que me han pagado todo? Quito la goma elástica de alrededor del fajo y me pongo a examinar los billetes uno por uno. Veinte, uno, uno, uno, uno…

—Menudo cabronazo —mascullo.

El tío me ha dado puros billetes de uno envueltos por uno de veinte, un timo de los antiguos. Volteo hacia su habitación crispada como si me acabara de dar un rayo. Me da igual si no quieren mis servicios, esto no va a terminar así como así…

El novio

No lo puedo creer, no lo puedo creer, este es el mejor día de mi vida, estoy tan feliz, tan fantástica, espléndida y magníficamente FELIZ, no puedo creer que ya me voy a casar! Todo está perfecto, la capilla blanquita, las flores rositas, las bancas, mira como brilla la madera, como una bola de boliche, y el reverendo tan buena onda, y tan cool con sus lentes de sol, ojalá yo también tuviera lentes de sol, pero a ver, no que él iba a vestirse como Elvis? Qué importa, este es el mejor día de mi vida, qué importa si no vino nadie, yo ya estoy y ella va a llegar, ella va a llegar, mi Margarita va a llegar, no como la otra, esa vil, rastrera, cara de suripanta otra, Ale y Eddie 4EVER mis huevos, que bien que cortara con ella, que este es el mejor día de mi vida, mejor disfrutarlo sin suripantas, oye, como que repito mucho mis palabras, no? Palabras, palabras, palabras, palaaabraaas… Casi escucho el eco aquí en mi coco, ha de ser un efecto secundario, pero qué importa, que este es el mejor día de mi VIDA…

Sí va a llegar, verdad? O sea, creo que sí sé que sí, es solo que ya estoy sudando, sudando  mucho como un puerco, espero que no se ensucie el traje, no demasiado, que me lo van a cobrar carísimo, me va a costar un huevo, a ver si puedo echarle la culpa al fulano ese cuando llegue, sí va a llegar, verdad? Más vale que sí, le di una buena propinita, que no todos los días es el mejor día de mi vida a ver, qué fue eso? Ah, es la música, ya pusieron música, no como esa tonta música típica de las bodas, de esas con piano y harpas y no sé qué, no, pusieron una canción de las buenas, siempre me ha gustado Bon Jovi, pero por qué pusieron You Give Love A Bad Name, que yo no hice eso, la zorra esa hizo eso, la suripanta, ramera, cara de boba, que no quería vivir feliz para siempre, la tonta, como pudo rechazarme a mí? No, ella a mí no, yo a ella, que eso tiene más sentido, eso tiene mucho más sentido, que no quiero a ninguna suripanta en mi vida, oye, qué es esa luz?

Están abriendo las puertas, las puertas gigantes, rayos, como pueden ser tan grandes? Ya sabía, ya sabía que podía confiar en ese tipo, tiene uniforme, uniforme rojo, tiene que ser de confiar, verdad? Y ahí está ella a su lado, ahí está mi Margarita, mi Margaritita, se ve radiante, suculenta, sexy y SABROSA, siempre se ve mejor en persona que en sus fotos, verdad que sí? Amo todo de ella, su aroma, su calor a mi lado, es tan fiel y suculenta y sabrosa, que no me ha abandonado nunca, no puedo esperar a empezar mi vida con ella, que este es el mejor día de mi vida, vamos a vivir felices para siempre, felices para siempre….

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