Bob (Parte 3/3)

Oscuridad.

Con las bombillas apagadas, la única luz que se apreciaba en el cuarto era el misterioso brillo de un gran televisor. Como poseído por un espíritu chocarrero , no paraba de echar rayos de un color gris amarillento, azul enfermizo o rojo carmesí. Hipnotizante. Delante de aquella parpadeante pantalla de plasma se encontraba Diego, plantado en un sillón. Rígido como una varilla de acero, agarraba cada vez más fuerte el brazo de su asiento mientras gotas de sudor nervioso perlaban su frente. Miraba fijamente el televisor con los ojos grandes como huevos duros, sintiendo el extraño impulso de acercar su cara, poco a poco, a la acción en la pantalla. No es que quisiera hacerlo. Simplemente lo hacía, como atrapado por alguna fuerza gravitacional e irresistible. Abría y cerraba la boca sin decir palabra alguna, dejando que un hilacho de baba escurriera por la comisura de sus labios. Seguía así, atrapado como un pez en una red, hasta que…

—¡¡¡¡AAAAAAAHHHH!!!!!

Chilló como una niñita de tres años, casi levitando sobre el sillón por el susto.

Alguien a sus espaldas se carcajeó. Apagó el televisor y prendió las luces.

—Tranquilo, hombre —dijo el Dr. Anderson—. Sólo es una película.

—S…S… Sí, claro…

—¿Nunca habías visto El exorcista?

—Este…. no —balbuceó Diego, chiveado—. Oye, pero ¿por qué a la niña enfermita le dieron esa maldita sopa de chícharos? Yo también habría guacareado…

—¿Qué, no te gustan las verduras?

—Nop, y ahora menos, después de ver eso…

El doctor rio de nuevo.

—Bueno, a ver si hay nuevos datos que analizar, por lo menos. Bob, ¿cómo te sientes?

Los dos hombres voltearon la cabeza a tiempo para ver una serie de luces verdes y amarillas que se encendían y se apagaban al ritmo de un vals silente. Su amigo robótico se reclinaba en un sillón de cuero, acompañado por un bote de palomitas casi igual de grande que él mismo y una coca que succionaba con su manguera mientras calculaba una respuesta.

—Me encuentro… bien como siempre.

—¿Tuviste alguna respuesta automática a las imágenes de la película? ¿Algún sensor tuyo ha detectado algo fuera de lo normal, por más nimio que sea?

—Sólo que esta coca tiene una cantidad alarmante de azúcar. Si sigo tomándola, hay un riesgo alto de que quede pringado a mi manguera un residuo pegajoso que me resultaría imposible de limpiar.

—Sí, pero eso es la parte más divertida de ir al cine… —dijo el doctor, con pinta de ensoñar sobre su infancia. Carraspeó. —¿Aparte de eso, experimentaste algún tipo de reacción interna a la película? ¿Algo que pudiera interpretarse como sorpresa o miedo?

Se escuchó una serie de pitidos chistosos mientras pensaba en cómo responder. Una expresión esperanzada se apoderó de las caras de los dos científicos.

—No. Según mis análisis preliminares, es porque sabía que las imágenes en la pantalla no representaban ninguna amenaza real para mis sistemas. Además, debo agregar que la película era bastante… previsible.

—¿Previsible? —repitió Diego, incrédulo—. No manches, esa peli me dio más ñáñaras que cuando vi a mi prima Luisa afeitarse la espalda.

El profesor miró a su asistente de reojo.

—Oye, sé honesto —continuó el mexicano—. No te sorprendió porque ya buscaste un resumen en internet.

—…

—A ver, desembucha. ¿Googleaste la peli antes de verla, sí o no?

—Sí —admitió Bob. Un par de luces azules se iluminaron en su placa frontal, ¿estaría grabando la conversación? —. Estimé que lo más adecuado era buscar una sinopsis antes de ver la película, así se puede entender mejor el contexto.

—¿Qué contexto, güey?

—Según Wikipedia, el filme está basado en una novela homónima escrita en 1971, que a su vez está basada en el último exorcismo en Estados Unidos llevado a cabo por la iglesia católica en 1941 por el padre…

—¡No! ¡Lo estás haciendo todo mal! —interrumpió Diego—. No necesitas saber nada de eso. De hecho, si te pones a pensar en esas cosas todo el tiempo, pues obvio que no te va a asustar la película. Mira, solo necesitas saber que hay un demonio, una chica más fea que Betty con demasiada flexibilidad en el cuello y una puntería impresionante con la guácara. Hay un monstruo y ya, punto, se acabó. Si eso no te pone los cables de punta no sé qué más lo haría…

—De hecho, estoy de acuerdo con Diego —interpuso el Dr. Anderson—. Me parece que pusiste demasiada atención a los hechos históricos e ignoraste el meollo de la película: las sensaciones de pavor que puede producir el no saber si los personajes van a sobrevivir, en combinación con un ambiente tenso y bastante tétrico, si lo digo yo. Me interesaría analizar los registros de tus sistemas de la última hora, aunque barrunto que no van a servir de mucho…

Bob empezó a trazar círculos pequeños con sus ruedas. Sutiles, casi imperceptibles. Los dos científicos no se dieron cuenta del movimiento, ¿pero qué quería decir?

—Bueno, sigamos con la próxima prueba… —continuó el doctor, extrayendo su celular de un bolsillo de su bata. Lo desbloqueó ingresando un código y marcó un número: —¿Olga? Ya pueden entrar, queremos proseguir con el siguiente test, por favor.

Al cabo de unos momentos se abrió la puerta, revelando a la rusa gordinflona acompañada por una niña pequeña. Demasiado pequeña. De alguna manera, sus delicadas facciones y el diminuto lazo en su pelo hacían que aquella mujer pálida y regordeta a su lado se pareciera al gigantesco Hombre Michelín de Los cazafantasmas. ¿De verdad que eran madre e hija?

—Siéntate ahí —ordenó Olga, indicando un sofá de felpa al lado del asiento de Diego.

Sin decir ni una palabra, la niña liliputiense corrió hacia el asiento, cuyos cojines le llegaban a la altura de la cabeza. Luchó para encaramarse en el sillón, usando las piernas y los brazos para trepar.

—¡Con calma, hija! —ladró Olga, jadeando mientras daba trancos largos tras la pequeña—. Disculpen, aún no aprenda modales… ¿Qué les dices, Anoushka?

—Hola… —dijo la niña, con una vocecita aguda y gangosa. Sonó como una ardillita de caricatura.

Olga se desplomó en el sofá al lado de Anoushka, quien rebotó hasta casi perder el contacto con el cojín.

—Hola, Anoushka —contestó el profesor, amable.

—Hola, ¿qué hongo? —coreó Diego. Una sonrisa divertida se había apoderado de su cara.

—¿Qué… hongo? —repitió la pequeña, confundida.

—Sí, jaja —respondió el mexicano—. Qué hongo, qué onda, qué rollo, qué pedo, todo eso es como «qué tal», pero suena más padre. Ya verás, chiquita.

—Oh… —dijo la niña, con los ojos grandes mientras admiraba la sabiduría de su nuevo amigo mexicano—. Todo bien. Y tú, qué… ¿pedo?

La niña estaba aún más perpleja que hace unos segundos.

—Esa es la idea —dijo Diego con una risita—, aunque quizá deberías dejar esas frases a los profesionales… Y voy bien, gracias.

Satisfecha, la niña encaró a su madre, expectante.

—Bueno, ¿qué quieres hacer primera? —preguntó Olga, dirigiéndose al profesor.

—Excelente pregunta. Resulta que la prueba de la película no suscitó ninguna respuesta notable por parte de Bob. A diferencia de los humanos, sospecho que los estímulos visuales no son suficientes para alterar el funcionamiento de sus circuitos internos… Dicho eso, creo que sería prudente seguir con un test un poco más… tangible.

—Estoy de acuerdo —se hizo oír el robotcito desde su sillón reclinado, emitiendo unos pitidos curiosos. Succionaba palomitas con su manguera mientras hablaba—. Mis últimos cálculos sugieren que un estímulo físico podría ser más efectivo para activar una mayor cantidad de mis programas internos. Así habría más variables en juego.

La niña había abierto la boca hasta casi dislocarse la mandíbula.

Estaba he- chi- za- da.

—¡Hay un robot! ¡Hay un robot! ¡Hay un robot que habla! —chilló Anoushka con euforia.

—Sí, ya te dije que había sorpresa —respondió su mamá, satisfecha—. Se llama Bob, cariño.

—Sí, soy Bob. Mucho gusto —respondió el androide, irguiéndose en su silla y moviendo su manguera a manera de saludo.

La niña se había quedado muda, los ojos grandes como monedas, mientras una ola de emoción crecía desde el fondo de su pequeñito ser. Inhaló bruscamente varias veces, sin exhalar, mientras se erguía en su asiento como si alguien tirara de un hilito invisible atado a su espalda. Aguantó la respiración mientras su emoción crecía, y crecía, y crecía, hasta que…

—¡¡¡Aaaaaa chuuuuuuuu!!!

Estornudó con la fuerza de un rinoceronte alérgico al mundo entero. Un esputo verduzco voló por el aire, dando vueltas hasta dar con su víctima.

¡Plaf!

Se aplastó en el módulo superior de Bob, más o menos donde un humano tendría la frente.

—¡Ay! —gritó Diego, sobresaltado.

Bud’te zdorovy —dijo Olga, antes de traducir—. Salud…

—Güey, me tienes que avisar antes de hacer cosas así. Para ser tan pequeña, tienes una nariz como un cañón…

Anoushka solo se quedó sentada con las manos en su regazo, balanceando las piernas mientras mantenía una expresión de inocencia angelical. Un buen mecanismo de defensa.

—Fue fantástico… —murmuró el Dr. Anderson. De la nada ya llevaba puesta una máscara. ¿Acaso era el ninja de los cubrebocas?

—Salud —coreó Bob, un poquito tarde a la fiesta.

Por instinto, o tal vez por el morbo, los integrantes del grupo se acercaron a su amiguito metálico. El moco seguía pegado al acero, escurriendo lentamente sobre un sensor visual.

—A ver si puedo encontrar un klínex o algo para limpiar —ofreció Diego—. Ya no puedo con eso…

—¡No! —soltó el profesor, tajante—. Está perfecto así como está. Le dije a Olga que invitara a su hija porque sabía que tenía un leve resfriado. Pensaba en hacer una prueba para suscitar el asco con solo un moquito en un pañuelo, pero esto… ¡Esto es magnífico! ¡No pude haberlo planeado mejor!

—Si tú lo dices… —masculló Diego, con los labios y la nariz crispados en una mueca de grima.

—Bien hecho —dijo Olga, dándole a Anoushka unas palmaditas en la espalda—. Pero por favor, que no haces eso en casa nunca. Esto solo es ciencia…

Anoushka asintió educadamente con la cabecita. Y sin embargo, una sonrisita traviesa delataba lo orgullosa que estaba de su contribución.

—A ver, Bob, dame un reporte completo —dijo el profesor—. ¿Cómo van tus sensores?

—Mis sistemas internos siguen funcionando perfectamente. El CPU está trabajando al 13.5% de su capacidad, el GPU al 4.2% de su capacidad y me quedan 942.12 PetaBytes de memoria. Aunque debería agregar que una viscosidad está bloqueando parcialmente mi cámara principal, que podría presentar problemas si deja residuos opacos en el lente…

—Sí, sí, pero no hay por qué preocuparse. Al rato te limpio con un poco de Windex, tu lente va a quedar como nuevo. ¿Pero hay algo más? ¿Alguna lectura de un sensor fuera de lo normal? ¿Algún patrón o pregunta que se repita en tus análisis internos?

Apareció todo un arco iris al prenderse los focos empotrados en la placa delantera de Bob, mientras se escucharon más pitidos chistosos de lo normal.

Blip. Blurp. Blip. Blurp.

Por fin tuvo una respuesta:

¿Por qué se afeita la espalda esa prima de Diego? Su familia me parece un poco anormal…

***

Silencio.

Todo estaba en silencio.

Ni un pájaro piaba afuera, ni un grillo chirriaba en el pasto. Ni siquiera el refrigerador industrial proveía su familiar zumbido grave y monótono. Después de una larga semana, todos habían abandonado el laboratorio, buscando distraerse con una fiesta, o tal vez las comodidades de un sillón reclinable frente a una tele. Era viernes en la noche, y todo el mundo se había ido. O eso parecía…

¡Rrrrooooon! ¡Rrrrooooon!

El arranque de una aspiradora rompió el mutismo de la noche. Su eco retumbó por los pasillos, llenando el espacio de cierta vida una vez más. En medio de la oscuridad reinante se alumbraron un par de foquitos. Los ojitos de Bob.

El robotcito se echó a rodar, girando su módulo superior mientras escaneaba la habitación en tinieblas. Empezó su ronda por las mesas y la miríada de extraños artilugios de usos inexplicados (que no inexplicables), categorizando constantemente lo que captaba su pequeña cámara infrarroja. Pasillo 1: Limpio; Pasillo 2: Limpio; Pasillo 3: Faltan más datos…

Una mancha oscura en el suelo le llamó la atención. Curioso, se acercó con paso dubitativo, haciendo que sus llantitas rechinaran sobre el linóleo pulido mientras daba vueltitas. Lanzó una sonda pequeñita e hizo zoom con el lente hasta tener los datos suficientes para analizar la sustancia marrón y seca en el piso: una mezcla intricada de nitrogenados, polisacáridos, azúcares, cafeína y ácidos volátiles.

El café.

El café de Diego, para ser más preciso.

Lo había derramado el día anterior, juzgando por el avanzado grado de sequedad de la mancha, pero ahí seguía en el suelo, olvidado. Diego no era el humano más organizado del laboratorio, Bob ya lo había observado. Qué bien que existiera la primera ley de Asimov, si no las aspiradoras inteligentes ya le habrían dado problemas… existenciales.

«Ja. Ja.» pensó el robotcito. Eso era lo que decían los humanos después de chistes así, ¿no?

El androide echó un chorrito de agua y jabón en el suelo, ahí al lado del parche de color marrón oscuro en el piso. Había empezado a fregar el sitio, haciendo circulitos en el sentido de las agujas de un reloj, cuando de repente escuchó algo. Un sonido sordo, indefinible pero sostenido. Dejó de limpiar y extendió una antenita retráctil, intentando analizar a fondo el ruido. Seguía sin identificar qué era, pero detectó una cosa:

Provenía del despacho del profesor.

Bob guardó su manguerita jabonera y rodó con prisa hacia el pasillo, cuidándose de no chocar contra el sinfín de taburetes y sillas rotatorias dispersados por el laboratorio a oscuras. Avanzó con prisa por el corredor principal hasta llegar a una puerta adornada con una placa que decía «Michael Anderson, PhD». Se detuvo, y escuchó.

El sonido se repitió. Apagado e irregular. ¿Pero qué era?

En menos de cinco segundos, ya comparaba un archivo de audio que acababa de grabar con muestras similares en internet. Era…

Un sollozo.

Ávido de saber más, el robotcito evaluó si la puerta estaba cerrada con seguro. No, había un pequeño resquicio por donde salía algo de luz. Asió la manija con su manita robótica de tres dedos y empujó suavemente. Entró en silencio a tiempo de ver al profesor, cabizbajo y con los ojos acuosos y ligeramente rojizos. Unas lágrimas se secaban en sus mejillas hirsutas.

—¿Estás bien? —preguntó Bob.

El doctor levantó la cabeza con un sobresalto, pues no había visto al androidecito entrar.

—S… Sí… —balbuceó el científico, enjugándose unas lágrimas con la manga de su bata—. Sí, claro. ¿Por qué?

—Porque estás llorando —contestó el robot, tan franco como siempre.

—No, no seas tonto— dijo el hombre canoso, carraspeando para recuperar su compostura—. Sólo… tenía algo en el ojo. Pero ya se me quitó, ¿ves?

El doctor pestañeó unas veces y compuso una sonrisa poco convincente. Incluso para un robot.

—No creo… Según mis investigaciones, los humanos no sollozan así cuando tienen un cuerpo extraño en el ojo.

Lo había pillado.

El doctor bajó la mirada y asintió con la cabeza.

—¿Sabes de dónde vino… tu nombre?

—Sí, se derivó de mi número de serie, unidad 808. Se habían creado otros prototipos antes, pero yo fui el único que tenía los números que se asemejaban a un nombre: BOB.

—Bueno, eso es lo que le conté al equipo, que había pensado en tu nombre por casualidad. Una simple serendipia. Pero la verdad es que la historia es un poco más complicada que eso…

Por instinto Bob se acercó tantito al escritorio del profesor. Quería escuchar cada palabra con claridad.

—¿Sabías que tengo un hermano?

—No —contestó el robot, rotando su módulo superior para imitar el gesto humano de negar con la cabeza—. No figura en tus fichas biográficas, y nunca lo has mencionado.

—Bueno, sólo tengo un hermano, cinco años menor que yo. A veces me daba mucha lata cuando éramos chicos, pero la verdad es que era un buen hermanito. El mejor, de hecho. Pasamos muchísimo tiempo juntos, leyendo cómics, jugando videojuegos que ya son bastante vintage, incluso a veces nos poníamos capas coloridas y jugábamos a ser superhéroes en el patio trasero de la casa. Yo prefería ser Hulk en ese entonces, por ser el más grande y el más fuerte, ¿me entiendes?

Bob asintió con un movimiento de su cabecita. Notó un brillo sutil en los ojos del profesor al hablar.

—Siempre había escuchado a mis amigos quejarse de sus hermanos, pero la verdad es que nunca me importaron mucho nuestras rencillas de nenes. Nuestros problemas siempre me parecieron triviales, algo que se podría resolver con un simple abrazo, hasta que… Hasta que se enfermó.

Toda la sangre parecía desaparecer de la cara del profesor. Tragó saliva antes de continuar.

—Leucemia. Es una enfermedad… terrible.

—Es cierto, en EEUU aproximadamente 1,580 personas mueren a causa de la leucemia linfocítica aguda al año —afirmó Bob, citando textualmente alguna fuente en internet.

—Sí… —respondió el doctor, mordiéndose el labio inferior—. Lo peor de todo es que afecta a tantos niños. Nunca se me olvidará su cara, la cara de Bobby al ingresar al hospital por primera vez. Se veía tan confundido, y tan… frágil.

Esta vez Bob no dijo nada. Sus programas interiores no indicaban ninguna respuesta adecuada ante la situación.

—Tuvimos algo de suerte, supongo. Vivíamos cerca de St. Jude, un hospital a la vanguardia de los tratamientos para el cáncer infantil. Intentamos un poco de todo, todas las quimioterapias y operaciones de radiación que los médicos estimaron prudentes. Mis papás tuvieron que pedir varios préstamos del banco, hasta hipotecaron la casa, me acuerdo bien. Yo tenía diecisiete años en ese entonces, y después de largas noches en el hospital y unos breves momentos de esperanza, me di cuenta de que todo lo que habíamos comprado con ese dinero era… un poco de tiempo. Eso era todo.

Bob miró el suelo. Seguía sin saber qué decir.

—Llegado a cierto punto, sólo nos quedaba una cosa: hacerle sentir un poco más cómodo. Darle un poco de felicidad, como podíamos. Mis papás tardaron en aceptarlo, pero eventualmente les convencí de que deberíamos llamar a la fundación Make a Wish. Era un grupo de caridad que prometía que si un niño con cáncer pedía un deseo, ellos harían que se cumpliera. Un gesto sencillo para amenizar su tiempo en el hospital. Los niños solían pedir cosas extravagantes, como tener poderes mágicos por un día, o incluso cosas increíblemente sencillas, como acariciar a un gatito. Cuando le preguntamos a Bobby qué era lo que más quería en el mundo, ya había pensado en la respuesta: quería conocer a Iron Man. No era tarea fácil, desde luego, pero de alguna manera lo consiguieron. Contactaron al actor famosísimo que había interpretado al superhéroe en la pantalla grande. Tuvimos que esperar unas semanas para que tuviera un huequito en su agenda, por supuesto, pero decidió venir a nuestra ciudad y visitar a mi hermanito en su cuarto de hospital. Sin cobrar. Era un gesto muy lindo de su parte, uno que sigue volándome la cabeza. Y a Bobby le hubiera encantado ver a su ídolo en persona, pero… para cuando llegó el actor… ya había perdido a mi hermanito.

El hombre estalló en lágrimas. Su pecho subía y bajaba de manera errática, sacudido por una respiración irregular.

Su amiguito robótico se le acercó, tocándole el hombro con su manita.

—No llores, por favor.

Le había parecido la respuesta más adecuada en el momento, aunque no sabía qué hacer a continuación.

El profesor parecía un globo desinflado, una mueca de tristeza y decepción se había plasmado en su rostro. Después de un momento, se compuso otra vez y habló.

—De eso se trata. De eso se trata todo esto… Fue una idea tan tonta…

—¿Qué cosa? No entiendo—preguntó el robot.

—¿No lo ves? Te nombré casi igual que mi hermanito. Pensé que de alguna manera… podía honrarlo. Él inspiró todo este proyecto. Pensé que al crear al primer hombre de hierro de la historia, uno que de verdad pensara y tuviera sentimientos, podría hacer que viviera la memoria de Bobby para siempre. Que la gente aprendería su nombre, que querría aprender su historia… Quería crear a un verdadero Iron Man e inspirar a la gente como mi hermanito siempre me lo hizo a mí. Pero… Pero he fracasado…

Quiso llorar más, pero esta vez se contuvo. Sólo sorbió un poquito con la nariz.

—¿Por qué? —preguntó Bob, de manera inocente—. ¿Por qué dices que has fallado?

—¿No es obvio? Llevamos no sé cuántas semanas… no, meses haciéndote pruebas, y nada. ¡Nada! Nada en este mundo mundial parece hacerte sentir ninguna emoción. Por más básico que parezca. Y me siento tan frustrado, tan inepto… Pero no es tu culpa, sólo eres una máquina. Nunca podrías entender estas cosas, y nunca podrías reemplazar el enorme hueco en mi vida que dejó mi hermano. Nada podrá hacerlo, en realidad…

Bob fijó la vista en el suelo otra vez. Sopesaba las palabras del profesor, tomando su tiempo para procesar toda aquella información.

—¿Sabes lo que es lo peor de todo? Que por pasar tantos años trabajado en este maldito proyecto, por enfocarme tanto en estos experimentitos sin importancia, me he ido aislando de la gente que más quiero. No tengo esposa ni hijos, y apenas veo a mis amigos y a la familia que me queda. No me acuerdo de la última vez hablé con mi primo Daniel. Me siento tan… tan… solo.

El profesor se desplomó en su asiento, derrotado. Su última palabra parecía hacer eco por la habitación.

«Solo, solo, solo, solo…»

En ese mismo momento, algo al fondo de Bob hizo clic. Algo básico, primordial, un entendimiento con el que nacen todos los seres humanos, y quizá algunos robots afortunados. Comprendió.

—Aunque no puedas reemplazar a tu hermano —dijo Bob, mirando al profesor a los ojos—, sí que tienes familia. Yo soy… tu… familia. Me creaste, y me creaste con amor. Te he observado. Sé que lo hiciste por el amor de la ciencia, y por tu hermano. Por lo que he aprendido con ustedes, el amor es el hecho de estar ahí para ayudar a alguien cuando más lo necesite. Y yo estoy aquí para ti —terminó el androidecito, extendiendo su bracito para tocar el hombro del profesor.

Se escuchó un leve frufrú en el pasillo, seguido por un jadeo confuso. Dos figuras irrumpieron en la sala, enfilando hacia el escritorio del doctor Anderson. Eran Olga y Diego, que al parecer habían estado escuchando a escondidas. La gran mujer se había conmovido bastante, y no tardó en exigir un abrazo grupal. Diego fue un poquito más reservado al entrar, pero siguió el ejemplo de la rusa.

—Nosotros también somos familia —dijo Olga, llorosa. Abrazaba más fuerte que nadie.

—Sí, profe —agregó Diego—. Si necesitas cualquier cosa, nos dices, ¿va?

El profesor se quedó mudo. Una simple sonrisa se dibujaba en su rostro mientras seguía procesando lo que acababa de pasar. Se dio cuenta de que al pasar tanto tiempo con sus compañeros viendo películas de miedo y recreando playas mexicanas, había formado una especie de familia adoptiva, aunque fuera un poco atípica. Lo habían disfrutado. Y a lo mejor no había fallado en su proyecto como pensaba, si ese robot que se parecía a un botecito de basura con ruedas había dicho todo eso. Tal vez sí empezaba a tener sentimientos, aunque tuviera que empezar con el más fuerte: el amor.

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