El niño con la cicatriz

Viena — El 24 de diciembre, 1898

El sol se ha escondido, dejando un cielo gris y lúgubre, apenas iluminado por la luna. No hay nadie en la calle, todos han huido del continuo embate de aguanieve que azota la ciudad. Hace mucho que vi al último cochero desaparecer por una callejuela, apurando a sus caballos con una fusta para poder resguardarse en casa.

Tristemente yo no tengo coche. Mis zapatos chapotean sobre los adoquines resbaladizos mientras un perro lejano ladra y gime patéticamente, seguramente olvidado por su amo. Subo el cuello de mi abrigo en un intento de mantener a raya el frío cruel.

Espero que llegue a tiempo, si no mis padres se enfadarán. ¿Qué hora es?

Hurgo en mis bolsillos, buscando el regalo que acabo de comprar para mi padre. Al sentir el metal frío en mis dedos, saco el aparato de oro y me detengo un momento al lado de un farol. Bajo la luz trémula de la bombilla, examino la esfera del reloj en mi mano. ¡Ay! Son las 6:30, Madre ya habrá preparado la cena y comenzado a poner la mesa. Devuelvo el reloj a mi bolsillo y apresuro el paso hacia casa.

Como todos los demás apartamentos del barrio, el nuestro se sitúa en un antiguo edificio barroco de color arena, sin interés. Al entrar al zaguán, veo que todos los vecinos han puesto guirnaldas navideñas en sus puertas. Sus agujas verdosas y cintas carmesís parecen luchar contra el monótono marrón de los ladrillos desvaídos, pero están perdiendo la batalla. Subo las escaleras de caracol rápidamente hasta llegar al tercer piso, enfilándome hacia una puerta al final de un estrecho pasillo.

Esperando pasar desapercibido, giro con cuidado el pomo de la puerta y empujo. Me quito el abrigo y la chistera, desprendiendo una capa fina de nieve. El calor de la chimenea me hace bien.

—Lukas, ¿dónde estabas? ¿Por qué te tardaste tanto? —me interroga una mujer de cara rubicunda y cabellera rubia recogida en dos grandes trenzas.

—Lo siento, Madre —contesto—. El gerente pidió que cubriera el turno de Elias, que no llegó al banco hoy. Dicen que tiene sarampión. Al salir del trabajo, apenas me dio tiempo para ir a la tienda y comprar el regalo para Padre antes de que cerraran las puertas.

Madre me examina con unos ojos cerúleos penetrantes, los brazos cruzados sobre el pecho.

—De acuerdo. Pero la próxima vez me avisas antes, ¿entendiste?

Asiento con una inclinación de la cabeza.

—Bien. Ahora siéntate, no quiero que la comida se enfríe.

Antes de ir hacia el comedor, me detengo en la sala para colocar el reloj en la caja adornada con una cinta que ya tenía preparada y lo pongo al pie del árbol de Navidad, al lado de los demás obsequios. Me entra por la nariz un aroma agradable. Inhalo. Huele a carpa con papas hervidas, como cada año en Nochebuena.

Al llegar al comedor, veo que todos ya están sentados en torno a la gran mesa de roble. Mis primas Annika y Katharina mantienen una conversación animada con la tía Marie sobre la moda moderna mientras sus respectivos maridos parecen estar más interesados en devorar la comida de sus platos. Un par de niños pequeños juegan con un tren de madera montado en el suelo, felizmente ignorando a los adultos. Sentado en la cabecera de la mesa, Padre mira al vacío mientras atusa su barba canosa. No ha tocado su comida, su tenedor yace inerte al lado de su plato.

Pisando con cuidado para franquear el juguete de los niños, me acerco a la mesa y tomo asiento al lado de Padre. Veo que la silla en frente de mí está vacía, y sé que seguirá así. Se me hace un nudo en la garganta.

Madre vuelve de la cocina trayendo un gran plato repleto de col roja. Lleva un mandil rojo manchado de harina y aceite, el de siempre. Al posar la comida sobre la mesa, toma asiento al lado de la tía Marie y prosigue a hablarle de las recetas de hoy.

Mientras los primos continúan sus pláticas banales con una sonrisa perpetua grabada en el rostro, pasando los platos alrededor de la mesa como si todo fuera normal, yo no puedo dejar de pensar en esa fatídica noche. Debí haber sido más rápido, haberlo defendido. Una mezcolanza de furia, dolor y culpa empieza a borbotear de los más profundo de mis entrañas. Le echo otra mirada al asiento vacío de mi hermano. No soporto que los demás actúen como si no hubiera pasado nada. Cierro la mano derecha en un puño, que comienza a sudar.

No aguanto más.

—¿Qué vamos a hacer? —interrumpo, casi gritando.

Todos dejan de hablar y vuelven a verme.

—¿De qué hablas, Lukas? —pregunta Annika.

—Sabes perfectamente a lo que me refiero. Hablo de Noah.

Hay un silencio incómodo. Annika juguetea con su servilleta, sonrojada.

—Ya hemos hablado de esto, Lukas —responde la tía—. Hemos hecho todo lo que se puede. La policía peinó el bosque y no encontró nada. Tampoco nadie ha respondido a los carteles que esparcimos por todo el barrio pidiendo información en caso de que alguien lo haya visto. Aún hay esperanza de que vuelva, dado que no han hallado ningún…

Todo el color ha desvanecido del rostro de Madre.

—Claro que seguiremos buscando —continúa la tía—, pero lo más probable es que Noah vuelva él solito cuando esté listo.

—Así es —agrega Madre, débilmente—. Seguro que sigue acampando en el bosque, y que volverá a casa cuando se canse de la aventura. Ya sabes como se pone a veces, siempre quiere jugar al vaquero o al bandido…

—Madre, perdone, pero ¿qué dice? Noah lleva más de dos semanas desaparecido. Además, ya les dije lo que vi, ¿por qué lo siguen negando? Había una bestia peluda, enorme…

—Lukas tiene razón —interrumpe Padre, volviendo de entre los muertos—, y no fue ningún lobo ni oso. Lo que Lukas nos contó fue demasiado similar a las historias que escuché de niño. Creo que se trata del ente del que hablaban nuestros antepasados durante generaciones: el mismísimo demonio de la montaña.

La tía Marie abre lo boca como para decir algo, sin poder pronunciar palabra alguna. Los demás bajan la mirada.

—Me temo que no hay manera de saber a dónde ha llevado al niño—sigue Padre—. Sólo nos queda rezar por su alma.

El 5 de diciembre, 1898

Escalofríos me recorren la espalda. Me froto las manos, acercándome a la fogata que crepita mientras irradia una luz de color sangre. Echo por la boca un vaho que parece quedar congelado en el aire frígido, contrastando curiosamente con las pavesas que desprende la leña envuelta en llamas. No puedo ver mucho más allá del fuego, que solo alcanza a iluminar la tienda de campaña y parte del pequeño claro nevado en el que decidimos pasar la noche.

—¿Qué hay más allá de esas montañas? —me pregunta un muchachito de ojos verdes y pelambrera castaña.

—Más montañas —contesto con tono burlón.

—No, hablo en serio, Lukas —responde Noah—. Nunca hemos ido lejos del pueblo. Quiero saber qué hay al otro lado.

—Eres demasiado joven para recordarlo, hermanito, pero sí que hemos cruzado los Alpes. Fuimos a Alemania hace unos años para visitar al tío Felix.  

—¿Ah sí? ¿Y qué tal estuvo? No puedo creer que no lo recuerdo…

—Pues, estuvo bien. Había muchísimas vacas por todos lados y comimos tanta salchicha que no soportaba ver a un cerdo durante una semana entera. Y claro, todas las mujeres eran más guapas en ese lado —bromeo.

Noah pone los ojos en blanco.

—¿Y había algo más interesante que las vacas y las chicas? ¿Algo distinto a lo que tenemos acá? —vuelve a preguntar Noah.

—Déjame pensar… Sí, de hecho, tío Felix nos enseñó a cantar a la tirolesa.

—¿De verdad? A ver, muéstrame.

—¿Qué? ¿Ahora?

—Sí, ¡ahora mismo! Veamos cómo te sale. No hay nadie cerca que pueda juzgarte. Bueno, aparte de mí.

—De acuerdo, pero me debes una —acepto con una risa, poniéndome de pie.

Encarando la sombra imponente de las montañas, inhalo profundo, tensando el diafragma cual fuelle a punto de atizar una flama descomunal.

—¡Yooo-deeee-leee-iii-uuuuuu! ¡Yoo-dee-leee-iii-uuu! ¡Yo-de-le-iiiiii-uuu!

Los ecos resuenan por todo el claro. Escuchamos un momento, como esperando a que un rebaño de cabras aparezca de la nada para reunirse con su pastor. La única respuesta es el lejano repique de un cencerro, me imagino de alguna vaca extraviada.

Noah aplaude con entusiasmo.

—¡Bravo! ¡Bravo! ¡Hasta creo que podrías ser un granjero como tío Felix!

—Gracias, hermanito —contesto halagado—, aunque no me puedo imaginar limpiando caca de cerdo por el resto de mi vida.

—Buen punto —responde Noah riendo.

Volvemos a sentarnos al lado de la fogata, las manos se nos están congelando otra vez. Nos detenemos un momento a escuchar el sonido del bosque. Ningún búho ulula, ningún insecto grilla. Sólo llegamos a oír el viento que brama entre las ramas y el cencerro que vuelve a repicar, un poco más cerca esta vez.

Miro fijamente la leña que se está reduciendo a cenizas. La llama mengua.

—Necesitamos más madera, si no el fuego se nos va a apagar —digo—. Voy para el árbol seco que pasamos en el camino, no me tardo.

—No, no, ¡espera! Que lo hago yo. Ya estoy grande, quiero recoger mi propia leña.

—¿Recuerdas cómo manejar el hacha, sin perder el control, o un pie?

—Claro, me lo acabas de enseñar hace un par de horas, tonto.

Le miro a los ojos, está decidido.

—Vale, pero no te alejes mucho. Y no le digas a Madre que te dejé ir solo.

Noah no dice nada, sólo sonríe de oreja a oreja. Entra a la carpa, volviendo un momento después con el hacha entre las manos. El filo del acero destella al lado de la lumbre.

—No te tardes, o te busco yo. Acá te espero.

—¡Bien! Será la mejor leña que jamás has visto, ¡ya verás! —exclama Noah, enfilando hacia un sendero entre los arboles a mis espaldas.

Ahora solo, sentado en un tronco al lado de la fogata, me pongo a pensar en Sophie, la recepcionista del banco. Pienso en su cabellera rubia y ondulada, en sus labios carnosos y en su sonrisa coqueta al verme. Creo que le gusto. Quizá, cuando el clima esté mejor, podría invitarla a un paseo por el bosque también. Sería romántico. Podríamos ver las estrellas, calentarnos al lado de la fogata…

Un alarido.

Alarmado, me levanto de un salto y escruto los árboles a mis espaldas. No veo nada en la penumbra.

—¡¿Noah?! —grito a todo pulmón, agarrando una antorcha a la que prendo fuego.

Otro chillido de terror atraviesa la negrura del bosque.

Con la piel hecha carne de gallina, corro hacia el sendero por el que se fue Noah. Avanzo a tropezones, tratando de esquivar las enredadas raíces que se levantan del camino terroso, cual dedos de una mano enorme y malvada, resuelta a detenerme.

—¡¡Noah!! ¡¿Dónde estás?!

Esta vez no es Noah quien grita. Es algo más. Algo inhumano.

Por fin vislumbro el tronco del árbol desarraigado. Noah está agazapado detrás de él, encogiéndose de miedo. A sólo unos pasos de él está la criatura horripilante. Es enorme, del tamaño de un oso y cubierto de un pelaje pardo y grasiento, pero camina sobre dos piernas musculosas como un hombre. Sus zarpas terminan en largas garras filosas, y de su testa peluda salen dos cuernos ébanos curvados en espiral. Avanza a grandes zancadas hacia el árbol seco, aplastando las ramas caídas que crujen bajo el peso de sus pezuñas.

 Quiero gritar, agarrar el hacha a unos pasos enfrente de mí y combatir la bestia, pero no puedo. Me desfallecen las fuerzas y dejo caer la antorcha, que rueda hasta reposar en unas piedras a mis pies. Estoy paralizado, inmovilizado por el terror.

Como si fuera un muñeco de trapo, el engendro agarra a Noah de la nuca y lo sostiene en el aire. Cuando se lo acerca a su hocico baboso para olisquearlo, distingo las gotas de saliva espumosa que escurren por sus dientes serrados. Una lengua bifurcada y roja como la sangre sale por sus fauces, acercándose poco a poco al rostro de Noah, quien tiembla y gime cual cachorro indefenso.

Impulsado por una rabia que comienza a superar el miedo, me lanzo al hacha y la cojo por el mango. Blandiendo el arma con las dos manos, avanzo hacia la bestia, decidiendo por donde atacar. Dos ojos amarillos fluorescentes se fijan en mí, estudiándome con sus pupilas en forma de rendija, como los de una serpiente venenosa.

Antes de que mi hacha pueda hincarse en su abdomen musculoso, la bestia da un enorme salto en el aire, cual pulga monstruosa que brinca hacia su presa. Para mi asombro, pasa por encima de mi cabeza, volando velozmente por el aire hasta aterrizar a varios metros de mí. Volteo y corro a toda velocidad hacia el bruto, pero es demasiado rápido. En cuestión de segundos, esprinta entre las rocas y el ramaje nevado hasta desaparecer en la oscuridad, llevando a mi hermano consigo.

El 6 de diciembre, 1899

—¿Estás bien, Lukas? —me pregunta Sophie, tomándome de la mano mientras caminamos por la calle—. Te noto un poco distante.

—¿Cómo? —respondo por reflejo.

—Es que apenas me has dicho dos palabras desde que salimos del banco. Y tienes la mirada perdida, no sé en qué estarás pensando. Me estoy empezando a preocupar, ¿hay algo que me quieres contar?

Dejo escapar un suspiro.

—Es sólo que ayer se cumplió un año desde que mi hermano desapareció. Me pone a pensar sobre ciertas cosas. No te preocupes, se me va a pasar.

—Entiendo, pero si necesitas hablar de algo, aquí estoy.

Me mira con sus dos ojos grandes y azules, que parecen sonreír sin que su boca se mueva. Le aprieto ligeramente la mano.

—Gracias, de verdad, pero estoy bien.

Continuamos caminando por las calles, pasando carruajes tirados por caballos y vitrinas que exhiben abrigos de piel y trajes carísimos. Un manto grueso de nubes grises esconde el sol, que sólo alcanza a irradiar unos pocos rayos naranjas y rojos. Sopla un viento frío, pero tranquilo.

Al llegar a un gran edificio de arenisca rojiza, adornado con gárgolas en forma de perros alados en la cornisa, subimos las escaleras y nos detenemos enfrente de la entrada.

—Bueno, aquí estamos. —me dice Sophie, tocándose el cabello—. ¿Nos vemos mañana?

—Claro que sí —contesto, pasándole el brazo por la cintura y plantándole un beso en los labios—. Te quiero.

—Y yo a ti —me responde, sonriendo—. Cuídate.

—Hasta pronto —digo, despidiéndome de ella.

Al volver a la calle, me volteo y miro un momento hacia la entrada. Sophie ya ha desaparecido detrás de la gran puerta de madera.

Sigo avanzando lentamente por las vías pavimentadas con adoquines, evitando pisar los charcos dejados por el chaparrón de hace unas horas. Los demás peatones me pasan con prisa, ávidos de volver a casa antes de que vuelva a llover. A mí me da igual. Mi apartamento queda cerca, de todos modos.

Adelante, en la esquina, entreveo algo curioso. En medio de la multitud de paseantes y el ajetreo constante, veo a un joven de espaldas que está parado en la calle, completamente inmóvil. Mientras me acerco, noto que sus pantalones están raídos, ensuciados con una plasta de lodo. Briznas de hierba seca están pegadas a su abrigo.

—Oye muchacho, ¿estás bien? —pregunto, tocándole el hombro.

Cuando el sujeto se da la vuelta, no puedo creer lo que veo.

Es Noah. Se ve bastante demacrado, pero es él.

Sin pensarlo dos veces, le doy un fuertísimo abrazo, sin querer soltarlo.

—¡Noah! ¡No puedo creer que seas tú, hermano! ¡¿Cómo es posible?!

Cuando estoy convencido de que el niño al que estoy abrazando es de carne y hueso, y no un mero fantasma, retrocedo un poco para verle la cara. Su rostro ha cambiado. Tiene los labios partidos y costrosos; una larga cicatriz zigzaguea a través de su mejilla hasta llegar a su ojo derecho, acuoso y enrojecido.

—¿Qué te pasó, Noah? ¿Cómo llegaste aquí?

Tiene la mirada perdida, confundida.

—No lo sé, no… no recuerdo todo. Sólo partes. Estaba… Estaba encadenado. En una celda. No veía el sol, siempre tenía frío. Y había otro niño conmigo. No le veía la cara, estaba en otra celda, pero hablábamos.

Mi alegría se está convirtiendo en horror.

—¿Quién te mantenía preso, Noah? ¿Sabes dónde estabas?

—No sé quién mandaba, no recuerdo haber visto a nadie. No había ventanas. Nos daban latas de sardinas y pan por una rendija en la puerta cada mañana, o cada noche, no estoy seguro. Nunca nos hablaron, sólo escuchaba ruidos extraños. Pregunté a mi compañero, Daniel, y me dijo que había otros niños como nosotros, que nos buscaba el monstruo…. No sé qué quería, pero tiene un nombre…

—¿Sí? ¿Cómo se llama?

—Krampus.

—¿Estás seguro?

—Sí, así lo llamaban los otros.

Me suena el nombre. Cuando era chico, Padre solía contarme leyendas sobre un demonio que se llamaba así. Es sólo que me lo imaginaba diferente a lo que vi esa noche, más humano.

—¿Cómo te hiciste esa cicatriz? ¿Pasó cuando te escapaste?

—¿La cicatriz? —pregunta Noah, llevando una mano a su mejilla—. No me acuerdo… No recuerdo cómo llegué aquí. Una noche estaba durmiendo en mi celda y cuando me desperté estaba en la calle, cerca de aquí. Tengo hambre…

Le miro con cada vez más preocupación. Se ve malnutrido.

—Ven conmigo, vamos a casa. Madre te hará lo que quieras para comer. Los otros no lo van a creer….

Noah asiente débilmente con la cabeza y partimos hacia casa. Le pongo un brazo sobre los hombros, asegurándome de que siga aquí entre los vivos. Caminando por la calle, con el viento bramando a mis espaldas, me pongo a rumiar lo que acabo de escuchar. Me temo que, aunque haya vuelto mi hermano, nada volverá a ser igual que antes.

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