Margarita (Parte 2/2)

El oficiante

¡Ay, por Dios! ¡Que alguien baje esa luz!

Me llevo una mano a los ojos a modo de visera, ya encima de los lentes de sol. Punzadas de dolor estallan en mi cabeza, como si alguien atacara mis sienes con un maldito martillo neumático. ¿De dónde viene esa pinche luz? Ya nadie respeta la cruda…

Me armo de valor para levantar mi vista hacia lo que haya en frente, a ver quién chingados es el culpable. Ah, no es ningún foco, acaban de abrir las puertas. Ha de ser la novia. Qué suerte la mía…

Bajo la vista otra vez y hurgo en mi bolsillo, a ver dónde están esas cabronas… Ah, ¡ya las tengo! Agarro la pequeña botella de plástico y con el pulgar y el dedo índice saco unas cuantas, discreto para que nadie me vea, claro. Rapidito me las echo a la boca y me las trago sin agua, como todo un profesional.

Ya me toca, supongo.

—Estamos aquí para unir en matrimonio a Eduardo Cabrera y Margarita Bellagio —leo textualmente del guión pegado con chicle al atril—. En primer lugar, voy a proceder a dar lectura al acta mat… matri… matrimonial —carraspeo y trago saliva, tengo la boca más seca que el pinche Sahara—. Siendo las once horas del día veinticinco de abril de 2021, comparecen ustedes al objeto de contraer matrimonio civil en virtud de autorización recaída en el expediente número 3286, bla, bla, bla… Oigan, ¿les importa si me salto la parte aburrida y vamos directito a lo jugoso?

El bato de la playera de esmoquin niega con la cabeza, con una sonrisa de payaso que no se le quita. El muchacho con la mochila cuadrada parado a su lado concuerda después de dudar un segundo. Qué raro, pensé que iba a ser una novia. ¿Y qué clase de nombre es Margarita para un hombre? Ah, me vale madres, no me importa que sean gays, o travestis, o cómo chingados sean, nomás que no me inviten a su noche de bodas….

—Bien, ¿ya tienen los anillos?

El güey de la playera nomás se queda toqueteando los pantalones y el saco de su esmoquin imaginario mientras busca el anillo. Tarda unos buenos segundos, pero da con él. Híjole, es de metal y todo. Ya pensaba que iba a ser de esos de plástico, como los que encuentras al fondo de una caja de cereal.

—Ok, prepárense chicos, que aquí viene lo divertido.

El chico de rojo saca una gran caja de cartón de algún lado, ni cuenta me di de que estaba ahí. Ay, caramba, ¿qué tan grande va a ser ese pinche anillote? Tiene algo más encima, una velita blanca. Es un poco tarde para ponérsela ahorita, ¿no? Pues muy su pedo…

Vuelvo a concentrarme en el guioncito que mi secretaria imprimió hace unos diez minutos:

—Eduardo, ¿tomas a esta muj… —toso para disimular mi error, pues no hay que suponer cosas—. ¿Tomas a Margarita para ser su esposo, para vivir juntos en matrimonio, en salud y en enfermedad, guardándole fidelidad, durante el tiempo que duren sus vidas?

—Sí —masculla el James Bond de segunda—. Digo… sí quiero.

—Margarita, ¿recibes a este hombre para ser su ¿espose?, para vivir juntos en matrimonio, en salud y en enfermedad, guardándole fidelidad, durante el tiempo que duren sus vidas?

—…

—¿Mande? —pregunto.

¿Será que susurró?

—Lo puedes repetir, por favor?

—Eh… dijo que sí —responde el primer noviecito.

Pinches novatos, ¿que no saben que no tengo todo el perro día? Aquí hay una boda cada quince minutos, y si alguna de ellas tarda más de lo debido me voy a perder la hora feliz en The Booby Trap, un téibol chingón por excelencia.

—Va, ya tengo unos votos con más sabor… Eduardo, repite después de mí: Yo, Eduardo Cabreras, te recibo a ti Margarita Bellagio, para ser mi espose, para tenerte y protegerte de hoy en adelante, para bien y para mal, en la riqueza y en la pobreza, pero sobre todo en la riqueza, en salud y en la cruda, para amarte y cuidarte hasta que los dos colguemos los tenis.

El bato nomás murmura y acierta como el 80% de las palabras. Eso es.

Repito lo mismo para la tal Margarita, pero apenas escucho nada. Me duele un chingo la cabeza, no tengo ganas de decir la misma mamada otra vez. Muy apenas puedo entreabrir los párpados con la maldita luz del sol.

—Bien, ahora quiero que se tomen de la mano y que se miren a los ojos un ratito.

Siempre creen que soy un romántico, pero agrego esa parte para que me dé chance de tomarme un traguito del ron que guardo en una pachita…

—Ah, una cosita más antes de seguir con los anillos, casi se me olvida. Si alguien tiene algo que objetar, que hable ahora o calle para siempre. ¿Alguien? ¿Nadie?

De la nada irrumpe una voz femenina y chillona:

—¡¿Es neta?!

La ex

Momentos antes

—Amiga, ¿has visto ese nuevo video de Kim Kardashian? —pregunto.

—No, ¿por? —contesta Mía, medio distraída con el celular mientras caminamos por la calle.

—Pues que le crecieron las pompis, están enormes, güey.

—¿Y? No es ninguna noticia, amiga, todos sabemos eso. Hasta mi abuelita lo sabe.

—No, o sea sí, pero esta vez es diferente. Como que se puso otra mamada ahora, cuando camina esas nalgas parecen dos búfalos en pleno cocheo. ¿Me explico?

—Pues han de ser implantes de silicona, mi prima se puso unos hace algunos meses, se le ven padrísimos.

—No sé, güey, son demasiado grandes, tiene que ser otra cosa. Como inyecciones de algún tipo, como esteroides. O sea, ¿puedes ponerte esteroides nomás en el trasero?

—Es una excelente pregunta… —termina Mía, volviendo a checar Instagram.

Apenas llevamos una hora caminando por The Strip y ya me duelen los pies. ¿Por qué diablos me puse tacones esta mañana? El antro ni siquiera está abierto ahorita, y a este paso no sé cómo voy a sobrevivir hasta la noche. Pero sí que se ven bien padres mis zapatos, quiero que salgan en TODAS las  fotos de hoy. Hablando de eso…

—Oye, ¿quieres tomar una selfie aquí amiga?

—¿Claro, pero al lado de qué? Aquí no hay nada aparte de unos bares cerrados y ese señor que está jetón en el suelo.

—¿Qué tal esas palmeras grandotas ahí? Como que están bonitas, ¿no?

—Va, me late.

Cruzamos la calle y me empiezo a arreglar el pelo, Mía igual. Me paro al lado de ella en medio del camellón y saco mi celu. Tomo unos segundos para ver mi cara en la pantalla, a tiempo para ver que me falta algo de labial rojo. Me lo pongo rapidito.

—¿Lista, amiga?

—Sí, claro.

—Ok, ahí va. Tres, dos, una…

Mi dedo ya está en el botón para sacar la foto, pero una notificación inesperada me distrae. Un mensaje de texto:

American Express: Un pago de $63.48 a UberEats se efectuó el 25 de abril con la tarjeta que termina con 21032. Si usted no reconoce la transacción, llame el # en su tarjeta.

¿Cómo? Hace meses que no pido comida con ellos, Door Dash es mil veces mejor. Veamos qué está pasando…

Cierro mis mensajes y abro la aplicación de Uber Eats. Veo un cochecito rojo que se mueve lentamente por el mapa, y noto otra notificación: Jimmy ha recogido tu pedido y ya viene en camino. Dale unos minutos para llegar a la puerta. Hijo de puta, definitivamente no soy yo. Y si la comida ya está hecha no se puede cancelar, mierda.

—¿Todo bien, Ale?

—Un güey acaba de usar mi tarjeta para comprar comida, no sé cómo chingados tiene mis datos. Viene de un lugar que se llama Mario’s Pizzería, ha de ser una pizzería bien pinche cara al parecer.

—¡Ay no, amiga! Qué mala onda. ¿Qué vas a hacer? ¿Puedes bloquear la tarjeta?

—Sí, claro… —digo, mientras unas posibilidades intrigantes se agitan en mi coco—. Pérate, tengo un mejor plan. La dirección no está tan lejos de aquí, quiero ir a hablar con ese güey para preguntarle qué pedo.

—¿En serio? O sea, ¿no crees que basta con que bloquees la tarjeta? ¿Qué tal si el man es peligroso?

—No mames, ahorita yo soy la peligrosa. No sabe con quién se ha metido. Y vas a ir conmigo a grabar todo para el Insta, ¿no?

Lo piensa un segundo.

—Sí, cómo no, las redes están a punto de conocer al nuevo Lord Pizza.

—Eso —pronuncio con satisfacción—. Vamos.

Unos minutos y un par de cuadras después, llegamos a una sección un tantito abandonada de Las Vegas Boulevard. Nomás hay unos vagabundos pidiendo limosna y un par de turistas japoneses que andan bien perdidos por la calle. Unos pedacitos de plástico flotan por el aire, pasando por encima de una pila de porros ya fumados y las tarjetas de presentación de cierta dama con cero ropa pero mil ganas de cochar en un cuarto de hotel con vista a la torre Eiffel. Por cierto precio, claro. Ah, qué elegancia la de Francia…  Al lado del tiradero apestoso de un restaurante clausurado veo una pequeña capilla blanca y curiosamente bonita, como un castillo de princesa rodeado por un foso de pura popó.

—Es ahí —declaro, apuntando hacia la capilla mientras vuelvo a revisar el mapa de mi celular.

—¿Estás segura? —pregunta Mía.

—Sipi, aquí se paró el carro ese de UberEats, y la dirección coincide.

—Ok, pero apurémonos, ¿va? Me da cosita andar por esta zona.

—No manches, hay lugares en México que son mil veces peores —declaro mientras sigo caminando resuelta hacia la fachada blanca y azul de la pequeña iglesia—. Y además es de día. Ya te estás agringando, amiga, no te rajes ahora.

Giro la cabeza para mirar por el ventanal de la capilla y veo algo raro.

O a alguien raro, para ser más precisa.

—Qué. Pedo.

No puedo creer lo que estoy viendo. Ahí en el altar está Eddie, con la misma sonrisa medio tonta de siempre. O casi. Se ve un poco ido, está mucho más desgreñado de lo normal y tiene puesta esa estúpida playera de esmoquin que le dije que quemara cuando apenas empezábamos a salir. ¿Y quién chingados está con él? ¿El repartidor de comida? Y—ah verga, ya veo—, está sosteniendo una caja de pizza. Una pizza con un puto velo de novia.

—¿Estás viendo lo mismo que yo? —pregunto estupefacta.

—Yo creo que sí… —dice Mía, arrastrando el sí—. ¿Qué onda con eso?

—Güey, ¿qué chingados le pasó? ¿Si tienes alguna idea me lo puedes decir porfis?

—Amiga, pensé que ya te lo había dicho. Mi prima lo vio en una fiesta en Phoenix hace poco, se metía chingaderas por la nariz, y probablemente por otros orificios menos agradables… ¿No sabías?

—¿Qué? No manches, eso no puede ser cierto. No estaba tan mal cuando salíamos, ¿o sí? O sea, sé que se fumaba algún que otro porrito, pero hasta ahí, ¿no?

—Pues ya sabes, uno empieza con la mota, luego quiere probar otra cosa.

—No mames, Mía, a ti te he visto pacheca en más de una ocasión. ¿A poco estás así tú también?

—Güey, yo soy una ex-per-ta. No se vale comparar.

Lo niego con un sonoro “bah” y volvemos a mirar por la ventana. Ahí sigue el drogadicto de mi ex, mirándole fijamente a la pizza. Está moviendo sus labios, creo que está diciendo los votos sobre cuánto ama la pizza, o un pedo así. Aún no me lo creo. Sé que Eddie tiene un papá nacido de este lado de la frontera y todo, pero no mames, ninguna green card hubiera valido la pena…

—¿Pues vas a hacer algo? —quiere saber Mía—. O sea, no nos podemos perder este show…

Tiene razón. Quiero ver su jeta cuando me vea.

Agarro la manija de la puerta y empujo. Ahí vamos.

—¡¿Es neta?! —grito bien fuerte para que todos se saquen de onda.

Eddie nomás se me queda viendo, moviendo su boca sin decir palabra alguna. Como un pez fuera del agua. Me da pena ajena.

El repartidor mete las manos en sus bolsillos, haciendo como que no existe.

—¿Que… que.. qué haces aquí? —por fin tartamudea el marihuano que solía cogerme en la casa de su tía allá en Phoenix. ¿Qué chingados hacía con él otra vez?

—Lo mismo digo. Veo que ya tienes novia de nuevo, qué bonita se ve.

El güey de Uber Eats se pone a ver fijamente la punta de su zapato izquierdo, cada vez más incómodo. Espero que Eddie le haya pagado lo suficiente para que este rollo de pizzafilia valga la pena. Me vale madres que haya usado mi cuenta de Uber Eats, podré cambiar la contraseña más tarde. Este espectáculo fue un regalo del destino y lo voy a disfrutar.

—No… no te metas con mi Margarita. Ella no se lo merece.

Ah chingá, hasta tiene nombre. Su tipo de pizza favorito, claro.

Alguien deja escapar un suspiro.

—¿Podemos seguir con la ceremonia, por favor?

Es el reverendo. O eso creo… Parece una versión mexicana y alcohólico de Elvis, pero nomás por el pelo. Hasta acá huelo su mal aliento, y los lentes de sol no hacen nada para disimular su cara de bebedor arrepentido.

—Pero es una pizza… ¿Neta, puedes casar a alguien con una pizza? —quiere saber Mía.

—Ya, ¿qué importa? —responde el oficiante, cortante—. Miren, el papelito aquí me dice que case a Eduardo Cabreras y a Margarita Bellagio, y eso pienso hacer. Ya estoy perdiendo la paciencia, que vienen más grupos después de ustedes y tengo cosas más divertidas en la agenda que estar aquí discutiendo sobre asuntos del amor. ¿Estamos?

—Sí, está bien —digo—. ¿Te importa si nos quedamos aquí nada más para ver el espectáculo?

—Hagan como quieran, me da igual.

Cómo se nota que le gusta su trabajo.

Mía y yo nos sentamos en la segunda fila de las bancas. Crispada por la anticipación, agarro el respaldo del asiento en frente de mí  mientras mi amiga saca el celular, lista para documentar cada segundo de esta locura. Se me acaba de ocurrir algo, ¿será que vio que estábamos en Las Vegas por el Insta e hizo lo del UberEats para traernos acá, tipo, de manera inconsciente?

No, eso sería demasiado complicado. Además de creepy y perturbador…

—Bueno, ¿en qué estábamos? —rezonga el reverendo—. Ah, los anillos. ¿Están listos?

Eddie y el repartidor asienten con la cabeza, este último ya ha sacado un delgado anillo plateado sin nada de brillo. Ha de ser de un material baratísimo, tipo hojalata, juzgando por el pedazo de chatarra que Eddie quiso hacer pasar por una antigüedad de la familia poco antes de que cortara con él. “Era de mi abuelita” mis ovarios…

—Eddie, repite conmigo: Yo te coloco esta alianza como señal y promesa de nuestro amor constante y fidelidad duradera.

El güey habla entre dientes, creo que ya le da vergüenza decirlo en voz alta. Me parece increíble que le dé penita ahorita, o sea, ¿qué chingados ha hecho durante todo el pinche día hasta ahora? No manches, se pasó de lanza. Incluso para él.

Bueno, a lo mejor le preocupan los memes que están por venir…

El oficiante le dice lo mismo a la pizza, pero claro, es un alimento inanimado y no dice ni pío. Eddie toma el anillo que le ofrece el güey de Mario’s y se lo pone él solito en el dedo. El repartidor ha de estar hasta la madre con todo esto, pero se prepara para el siguiente paso:

—En virtud de la autoridad que me conceden las leyes del estado de Nevada, no puedo decir ni madres… Pero aquí entre nosotros, de manera muy extraoficial, los declaro marido y… pizza.

Eddie tiene los ojos llorosos, no sé si por la emoción o porque tiene hambre y ya huele la salsa de ajo. O los dos…

Ya ha llegado el momento. El repartidor retira la vela y abre la caja de cartón, revelando un círculo dorado cuidadosamente cortado y adornado con tomate, mozzarella y albahaca. Eddie duda un segundo, mirándole al oficiante como para pedirle permiso para seguir. Éste vuelve a esconder una petaca de algo que definitivamente no es agua, y proclama:

—Puedes comer a la novia.

Ya con la luz verde, Eddie agarra una rebanada humeante y se la acerca a la nariz, gozando del aroma de cerca. Abre ligeramente los labios, dejando ver la saliva que escurre por sus labios mientras la sigue mirando de manera golosa. Me da cosita verlo, pero sigo con los ojos pegados al espectáculo por el morbo. Acto seguido, y demasiado rápido para que pueda sacarle una foto a tiempo, le echa una mordida voraz y contundente.

Una mordida del amor.

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