Cosas raras están pasando en Sonora (Parte 2/3)

Diario de Fernando Uribe Schultz

15 de enero de 2019

Es increíble. Ha superado todas mis expectativas, y más rápido de lo que hubiera creído posible. Sin duda, lo que acaba de acontecer hoy marcará un antes y después en la historia del hombre. Cuando empecé esta tarea hercúlea hace tantos años, no estaba seguro de que fuera posible. Tenía que intentar, mi pundonor me urgía continuar, pero en el fondo tenía dudas agobiantes. ¿Cómo se puede revivir a un muerto?

Había dos retos principales. En primer lugar, había que encontrar una manera de reemplazar todos los tejidos perdidos. Hoy en día, millones de trasplantes de tejidos se llevan a cabo por todo el mundo cada año, ¿pero reemplazar el 92% del cuerpo? ¿Con una docena de donantes diferentes? Y el segundo gran obstáculo: ¿sería capaz de reanimar a alguien que lleva tanto tiempo muerta? Impensable, hasta ahora.

Afortunadamente, si es que así se puede decir, el día del accidente de Raquel tuve la peculiar suerte de encontrar el coche destrozado antes que las autoridades. Habíamos hablado por teléfono sólo momentos antes, discutiendo sobre mi supuesta intimidad con una amiga suya. Las acusaciones eran ridículas, pero estaba tan enfurecida, tan enloquecida… Dijo que teníamos que hablar cara a cara, y que iba en camino a mi laboratorio en ese mismo instante. Jamás llegó.

Chocó contra un árbol, al parecer a una velocidad espeluznante. Escuché el estruendo desde el otro lado de la línea. Entrando en pánico, corrí a mi auto y me apuré a buscarla en la única carretera que llegaba al pueblo; no me tardé mucho en encontrarla. A apenas un kilómetro del laboratorio, descubrí la mole de metal torcido y vidrio roto que antes era su coche. Frené en seco, bajándome del auto y corriendo tan rápido como pude hacia ella. No estaba preparado para ver esa escena tan sangrienta.

Al abrir de un jalón la portezuela pandeada del lado del conductor, me desgarró el corazón ver que una rama atravesaba el abdomen de Raquel de manera cruel. Fragmentos del parabrisas destrozado anidaban en su pelo, en sus manos, en el cuero de los asientos. Un chorro de sangre oscura escurría por sus labios hasta formar un charco a sus pies. Era mi culpa.

No sabía qué hacer, no podía pensar racionalmente, sólo tenía claro que tenía que salvarla como fuera. Vi sus heridas devastadoras e intuí que los paramédicos nunca llegarían a tiempo. Me apresuré a colocar dos dedos sobre su arteria carótida; aún podía sentir el calor de su piel, pero no estaba seguro de si quedaba un pulso. Reteniendo las lágrimas, agarré la rama y la jalé con toda mi fuerza hacia el enorme hueco donde antes estaba el parabrisas. Pude sentir la resistencia viscosa de sus tripas mientras retiraba el cuerpo extraño de sus intestinos y tórax. Cargándola en hombros, regresé a mi auto y manejé con toda prisa hacia el laboratorio, donde el equipo criogénico nos esperaba.

Las autoridades son ineptas. Como era de esperar, pronto descubrieron el auto destrozado de Raquel abandonado al lado de la carretera. Encontraron las manchas de sangre, los fragmentos de vidrio, y abrieron una investigación para determinar si los destrozos fueron producto de un accidente automovilístico o más bien de un asesinato. Si fuera un accidente, ¿por qué no estaba el cuerpo? Eso dijeron.

Como el marido de la desaparecida, fui interrogado varias veces. Por supuesto que no podía decir la verdad. ¿Cómo podría explicar que había movido su cuerpo de la escena del accidente, sin llamar una ambulancia o la policía? ¿Cómo hacerles entender que no había otra manera de salvarla que mantener su cadáver en estasis criogénica, hasta el día en que encontrara la forma de curar todas sus heridas devastadoras? ¿Cómo explicar que después, al evaluar la magnitud del daño que había sufrido, los huesos pulverizados, los órganos triturados, la piel desgarrada, la metralla incrustada en sus miembros, que había decidido separar quirúrgicamente su cabeza del resto del cuerpo, preservándola hasta el día en que lograra reconstruir a la mujer que recordaba? Sus mentes cerradas nunca lo entenderían.

Así que mentí. Dije que estaba fuera de mí por la preocupación, pero que no tenía ni idea de dónde estaba. Pregunté si podía tratarse de un secuestro. Aunque no solíamos presumirlo, éramos una de las parejas más adineradas del pueblo. Era una especie de secreto a voces, a lo mejor unos maleantes se enteraron y buscaban el dinero fácil. La verdad, no sé si la policía llegó a creerme, pero lo cierto es que nunca encontraron pruebas en mi contra. Era lógico, en realidad no la había matado, pero tampoco es que investigaran tanto tiempo. En una tierra tan violenta como esta, los secuestros y los feminicidios se olvidan a la velocidad de la luz.

Escribo todo esto porque, dado los avances de hoy, ahora sé con completa y absoluta certeza que todo ha valido la pena. Con la gratitud que ofrece la retrospectiva, quiero recordar los sacrificios que he hecho, las heridas sentimentales que aún me duelen, así como a las no pocas mujeres y animales que han contribuido a este proceso, a su manera. Pero no todo es dolor. Hace sólo unas horas, aquí en el laboratorio acaba de pasar algo de lo más improbable. Si fuera más creyente, diría que he presenciado un milagro.

Y es que hoy, después de innumerables horas —no, años— buscando la fórmula precisa, he finalmente perfeccionado el suero que permite que las células de un organismo acepten combinarse con los tejidos de cualquier otro miembro de su misma especie. No ha sido fácil, tuve que empezar con conejillos de indias, luego gatos y perros callejeros hasta finalmente experimentar con tejidos humanos. Era un paso absolutamente esencial, si no, sería sumamente improbable (por no decir imposible) que el tejido restante de Raquel no rechazara fatalmente la multitud de órganos provenientes de tantas donantes distintas. La otra clave era encontrar un proceso adecuado para reanimar las células del cerebro que han muerto debido a la falta de oxígeno. De eso podría escribir cientos de páginas, pero por ahora basta decir que he encontrado una solución improbablemente perfecta a ese problema. Me pueden pedir más explicaciones cuando me den el Nobel.

Creo que sigo divagando, pero no puedo evitarlo. Aún siento el éxtasis inducido por la adrenalina que fluye por mis venas, y es que hoy la vi más hermosa que nunca. Estaba tendida sobre la camilla, por fin descongelada por completo. Al comenzar la primera inyección intravenosa, le tomé la mano, frotándola ligeramente con la mía. Antes de ponerle el respirador, aparté suavemente los caireles castaños y brillantes que caían sobre su rostro pálido. Aunque parezca infantil, me hizo pensar en la beldad de Blancanieves, durmiendo eternamente mientras esperaba a su príncipe azul.

Seguí todos los procedimientos tal como los había ensayado. Primero me aseguré de que el respirador forzara el oxígeno a entrar en sus pulmones. Al terminar la primera infusión intravenosa, proseguí a colocar dos parches envueltos en plástico sobre su torso desnudo. Unos cables los conectaban al desfibrilador, el cual encendí. Después, con cierto nerviosismo, agarré las dos paletas y comencé a cargarlas. Manteniéndome a una distancia prudente de su cuerpo, puse las paletas en su pecho y le di la primera descarga. Miré ansioso hacia la pantalla que debía mostrar sus signos vitales. Nada. Esperé unos segundos y volví a darle una descarga. Silencio. Ninguna respuesta. Tragando nerviosamente, le di una última descarga. Para mi infinito alivio, la línea verde en la pantalla que monitoreaba su corazón comenzó a agitarse. Hubo un latido. Después otro. Y otro.

Poseído por una alegría cegadora, dejé caer las dos paletas al suelo ahí mismo, extasiado e indiferente al peligro eléctrico. Lo logré. Está viva. Y aunque sigue en un estado similar a un coma inducido, sólo es cuestión de tiempo para que se despierte…

ALIENS SECUESTRARON A MI NOVIA

(blognet.alienssecuestraronaminovia.com)

Post 16/01/2019 23.10

Soy un idiota. Y antes de que ustedes se hagan los chistosos, les voy a decir por qué.

¿Se acuerdan de esas lucecitas extrañas en el desierto? ¿Cuando saqué al sabuesito del infierno a mear? Pues las seguí.

Después del numerito del perro de dos jetas, moría de ganas de saber qué más estaba pasando allí en el desierto. Sentía que las luces que vi esa noche eran una especie de rayo tractor, jalándome lenta e inevitablemente hacia lo desconocido. Y aunque corriera peligro, tenía que investigar. Se lo debía a ustedes, ya llevo más de un año informándoles sobre todas las cosas paranormales que el gobierno nos quiere ocultar, no les iba a defraudar. De nada.

Como iba a ser una misión furtiva, decidí dejar a Elvisito en casa. Que se cruzara de patitas el cabrón. Bueno, ¿a quién estoy engañando? Obviamente meó por doquier mientras yo no estaba. Incluso, como averigüé al volver, consiguió profanar mi guía fotográfica del Área 51 con su pipí. No sé cómo le hizo, el libro estaba en un estante bien alto cuando salí. Ah, se me olvidó, será el chamuco que lo ayudó.

 Decidí llevarme todo el equipo necesario para espiar y documentar las actividades extraterrestres que encontrara. Ya saben, lo normal: gafas de visión nocturna, mochila, una navaja suiza, un palo de selfie, pilas AAA y un buen de cecina para la pancita. No me juzguen, siempre me da hambre cazar alienígenas.

Caminé un buen rato, sin toparme con absolutamente nadie (debía de ser pasadas las 11:00 de la noche, cuando casi todo el pueblo suele estar o dormido o borracho), hasta llegar a la duna donde vi al perrón ese. En modo ninja, me agaché discretamente al lado de un cactus particularmente grandote y empecé a escanear el horizonte con los binoculares de visión nocturna. Arena. Vi un friego de arena, matas y cactus altos que apuntaban insistentemente hacia el cielo, dando la impresión de querer despegar como cohetes y escapar de ese paisaje tan monótono. Lamentablemente no encontré ninguna astronave de verdad, pero sí que descubrí algo raro.

Un poco más allá de la colina en la que estaba encaramado, vislumbré un edificio de paredes completamente curvadas, hechas de un metal plateado y reluciente a pesar del polvo que debía cubrirlo. Parecía uno de esos módulos futurísticos que los científicos gringos quieren poner en Marte. Como si los marcianos fueran a permitir que inmigrantes terrícolas invadan su territorio. Qué ignorancia.

Descendí de la duna, enfilando despacito hacia el edificio extraño. Al acercarme a la construcción, me di cuenta de lo realmente grande que era, más que suficiente para albergar a unos científicos alienígenas mientras llevaban a cabo sus experimentos nefastos con animales. Tenía una fachada modesta, con un par de escalones que llevaban a una gruesa puerta de acero. Estacionado en la entrada, noté un añejo sedán de color azul marino. Por alguna razón, me parecía familiar. Proseguí a caminar por el perímetro, hasta descubrir un par de ventanales en el lado trasero de esa gigantesca canica metálica. Para husmear con un poco más disimulo, me tumbé entre unos arbustos bajitos que acompañaban unas flores marchitas. Me pareció que era un jardín desaliñado, uno que había sido olvidado y abandonado a su suerte hace mucho tiempo. Sacando una vez más los binoculares de visión nocturna, miré por los enormes ventanales para descubrir qué había dentro de ese edificio enigmático. No estaba preparado para ver lo que vi.

Jaulas. Filas y filas de jaulas. Y dentro de ellas, encogiéndose de miedo, había todo tipo de animales de pinta enfermiza. Roedores con el pelaje manchado de una sustancia oscura que sospechaba era sangre, perros a los que les faltaban algún miembro del cuerpo, otros que tenían demasiadas patas o rabos, como si se tratara de un grotesco juego de ponle la cola al burro. Todos tenían la misma expresión lastimera de dolor y miedo grabada en sus caritas. Incluso pensé que vi parte del cuerpo de una mujer inconsciente, pero no tuve tiempo para confirmarlo, porque en ese preciso instante se abrió de golpe una puerta de la perrera. Entró un güero de pelo ralo y canoso, vestido con una bata blanca. Su rostro adusto me era familiar, pero no lo ubicaba en ese momento. Llevaba una jeringa en una mano, y con el otro brazo sostenía una bolsa de lo que supuse era alimento para los animales.

Entonces se me ocurrió que debía comenzar a documentar todo, así que saqué el celular para tomar unas fotos, pero al activar la cámara hubo un pequeño problemita: ¡El flash estaba activado! Mientras tomaba las primeras fotos, los destellos de mi teléfono llamaron de inmediato la atención del científico loco, quien me lanzó una mirada con igual grado de alarma y odio a través del vidrio delgado que nos separaba. Tuve que salir corriendo a toda velocidad hacia el otro lado de las dunas para que no me atrapara.

De vuelta en casita, mientras revisaba las fotos que logré tomar, me di cuenta de por qué la cara de ese chiflado me parecía tan familiar: era El Doctor. Bueno, me imagino que tiene un nombre de verdad, pero ahorita no lo recuerdo; así todos los del pueblo le decían. Se trata de un tipo sesudo y rico, creo que era un cirujano en algún momento. Tenía una reputación de ser algo excéntrico y mujeriego, y creo que trabajaba en algo científico, pero bien raro. ¿Crio-algo? No me acuerdo de la palabra “oficial”, pero si no me equivoco, tenía que ver con el congelamiento del cáncer. Como si los pacientes de cáncer no tuvieran suficientes problemas, ahora tienen que preocuparse por un güey que quiere congelarlos, o partes de ellos. Pero lo realmente interesante es que básicamente desapareció de la faz de la tierra, después de que su mujer murió en un accidente raro hace un buen de tiempo. Era el tema principal del chisme del pueblo por unas buenas semanas.

No sé qué pensar de todo esto, pero sé que lo que vi en ese laboratorio no era normal. Ahora sé de dónde vino ese mini-Cerbero roñoso el otro día, pero surgen nuevas preguntas. ¿Por qué querría alguien experimentar con tantos animales, dándoles más patas y cabezas de las que Diosito quiso? ¿Y había una mujer en una de esas jaulas? No la veo en las fotos, pero no me dio tiempo para captar todo lo que vi… Y si resulta que sí, ¿por qué? ¿La quiere dar a sus amiguitos extraterrestres? ¿Están respaldando sus experimentos raros? ¿Habrá sido uno de ellos todo este tiempo, sin que nos diéramos cuenta?

Como siempre, comenten abajo con sus mejores teorías y explicaciones. Me encantaría leer sus opiniones al respecto.

Les mando un fuerte abrazo de osito cuadrúpedo,

Juan

COMENTARIOS AL POST DEL 16/01/2019

ElMasJarcorDeTo2 dijo…

¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Tenía forzosamente que haber alguien que ayudaba a los aliens, si no, como lograrían mantenerse en secreto todo este tiempo? ¿Pura chiripa? Claro que no, los cabrones siempre necesitan a gente que les ayude a seguir sus planes nefastos sin que se ensucien ellos mismos

LunaDMiel dijo…

Otra vez con los animalitos, nooo!!! Creo que me voy a volver vegana solo para compensar lo que acabo de leer….

TheRealPeñaNieto dijo..

K poco original wey, es la tipica istoria del sientifico loco, inbéntate algo nuevo! No se por k sigo leiendo esto en lugar de jugar el Fortnite…

Luisito Informa dijo…

Qué chido que encontraste el laboratorio secreto! Ahora te tocar subir a un ovni, a ver qué nos cuentas

Like para que lo lea

https://cuentosdeungringo.com/2020/06/04/cosas-raras-estan-pasando-en-sonora-parte-3-3/

3 comentarios en “Cosas raras están pasando en Sonora (Parte 2/3)

  1. Pingback: Cosas raras están pasando en Sonora (Parte 1/3) – Cuentos de un gringo

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