El hombre pájaro (Parte 1/4)

¿Es en serio? Ya hay tres chicas asesinadas, ¿y nuestra única pista es un gilipollas que cree que es una especie de pajarraco gigante?, pensó el inspector Rafa Marcos mientras marchaba por la acera, empapándose bajo la lluvia. He visto un montón de mierda en mi vida, pero esta gilipollez es la puta guinda del pastel.

Y era verdad. Había visto un montón de mierda. A sus cincuenta y cuatro años, sus ojeras oscurísimas, bigotito canoso y creciente panza cervecera lo atestiguaban. Durante sus más de treinta años sirviendo en el Cuerpo Nacional de Policía había visto algunos de los crímenes más abyectos y desalmados que uno podría imaginar: mujeres golpeadas hasta perder un embarazo, retrasados mentales robados y humillados, hasta gatitos recién nacidos que alguien había tirado a la basura por puro capricho. Su asignación a la unidad de homicidios hace más de dos décadas no había ayudado en nada. Bueno, a menos que cuentes su divorcio pendiente y problemas con la bebida que «tenía bajo control».

Bramó el viento.

De repente el aguacero arreció hasta alcanzar niveles diluvianos. Mascullando maldiciones en voz baja, el policía agarró más fuerte su maletín y apresuró el paso. Apenas eran las 6:00 de la tarde, pero hacía tiempo que el sol se había escondido, como si fuera demasiado cobarde para hacer bien su trabajo y alumbrar la ciudad. No había nadie en la calle, o al menos eso le parecía al inspector, que apenas veía en la penumbra generada por las farolas anticuadas de la zona. Bajó la cabeza con amargura, echando bocanadas de vaho mientras escuchaba el chapoteo constante de sus zapatos al pisar el sinfín de charquitos en la acera. Plic. Plac. Plic. Plac. Splash.

—Joder, justo cuando pensé que mi día no podía ser peor —gruñó en voz alta —. La app esa del clima ni siquiera decía que iba a llover. Es la última vez que le creo a un puñetero teléfono…

Unos instantes y varios insultos después el policía dio con su objetivo: un modesto edificio de ángulos muy rectos y pintura monocromática —al parecer al arquitecto le molestaba cualquier color que no fuera «marrón-caca»—. En una esquina del césped cuidadosamente cortado, una señal escrita en una letra ridículamente pequeña a duras penas revelaba el nombre del lugar:

Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Sevilla.

Aliviado que la marquesina por fin lo protegería de esa maldita lluvia, el policía avanzó a trancos hasta la entrada y tocó la puerta. Ya había pasado la hora de las visitas, pero éste era un caso especial…

Esperó.

Esperó más.

No podía ver si alguien venía, pues no había ninguna ventana cerca. De pronto se sintió idiota. ¿La cita era a las 6 o a las 4? Ya a punto de checar su reloj inexistante, el policía por fin escuchó el ansiado clic de la cerradura. La gruesa puerta de hierro se abrió con un chirrido enervante, revelando la presencia de un doctor vestido con la obligatoria bata blanca. Era pelón hasta relucir (¿se puliría el coco con cera, tipo Don Limpio?), pero por debajo del armazón de sus gafas cultivaba una gran barba de color sal y pimienta, triangular en apariencia y cuidadosamente recortada.

—Inspector Marcos, me alegro de que haya llegado a tiempo —dijo el psicólogo—. Con esa lluvia de locos, yo que usted me habría quedado en casita— terminó con una risita.

—Sí, algo así —farfulló el policía, un poco molesto; en realidad no sabía con quién estaba hablando. El psicólogo pareció captar su incomodidad.

—Perdón, no me he presentado. Soy el Dr. Alonso, creo que usted ha hablado con un colega mío esta mañana cuando ha llamado —dijo, extendiendo el brazo para estrecharle la mano al inspector.

—Ah, así debe de ser… —contestó el policía, culpando en silencio a las cañas que se había echado al mediodía de su falta de memoria. Luego se reparó en el firme y prolongado apretón de manos del loquero barbudo. ¿Pensaba en soltar su mano en algún momento?

—El Dr. Carrón me ha dicho que usted quería ver al Sr. Muñoz, pero no tenía tiempo para explicar por qué. ¿Puede usted decirme la razón de su visita?

—Sí —afirmó Rafa, volviendo en sí —, aunque antes de empezar, ¿le parece si vamos a un lugar un poco más… privado? Es información confidencial, no quiero que ningún curiosillo nos escuche…

—Ah, claro. Sígame.

Sin más, el psicólogo se dio la vuelta y desapareció detrás de la puerta. El inspector Marcos lo siguió, y al cruzar el umbral lo impactó una sola cosa: la blancura cegadora del lugar. Había entrado a posiblemente la habitación más limpia del planeta. Se trataba de una especie de vestíbulo cavernoso de paredes níveas, desprovistas de arte y de cualquier decoración. El mobiliario austero consistía en un par de sillas metálicas y un diván de color crema, apenas distinguible entre la blancura abrumadora del salón. Por el aspecto estéril e inmaculado de todo el lugar, Rafa sospechaba que los loqueros no acostumbraban tener muchas visitas. De hecho, no vio a nadie más en la sala aparte de un conserje que dejó de fregar el suelo tan pronto vio al policía, congelado en una pose incómoda como si hubiera visto un fantasma. Era…

Raro.

El doctor se empeñaba en avanzar por un estrecho pasillo sin mirar atrás. El inspector apresuró el paso para seguirlo, oyendo los crujidos de sus zapatos mojados al pisar el linóleo reluciente del suelo. Pasó varias puertas cerradas, no sabía si eran despachos o las celdas de los pacientes. Quizá fuera culpa de ver demasiadas pelis de terror, pero a Rafa le daban mala espina los manicomios…

—Aquí está —anunció el Dr. Alonso, indicando con una mano la única puerta del corredor que estaba abierta.

 El policía dudó casi imperceptiblemente antes de entrar, pero terminó por aceptar la invitación. Una vez dentro, constató que el despacho generaba en él la misma sensación de desasosiego que el vestíbulo, aunque tardó en saber por qué. Le echó un vistazo rápido a todo el cuarto y supo la razón: no había ni una partícula de polvo, ni el menor indicio de desorden.

—Siéntese, por favor. Le prometo que no muerdo —bromeó el Dr. Alonso, apuntando a una poltrona de cuero blanco en frente de su escritorio. Rafa asintió, arrimándose a la mesa y dejando su maletín al lado de sus pies. Fuera del despacho, un golpeteo constante dejaba saber que la lluvia seguía tan fuerte como antes.

—Vale, voy directo al grano. Ha habido tres asesinatos en el pueblo en las últimas dos semanas, todos sospechosamente parecidos a los que cometió su paciente, Pablo Muñoz. Demasiado similares para ser casualidad.

El doctor frunció el ceño.

—¿Similares en qué sentido? Si me permite la pregunta…

—Cada víctima sufrió mutilaciones en una parte distinta del cuerpo, como las que haría un animal. Según las autopsias, fueron infligidas después de la muerte, como si el asesino quisiera mandar un mensaje. Seguro que le parecerá un disparate, pero dígame, ¿alguna vez su paciente ha salido de este lugar?

El psicólogo bufó con incredulidad.

—Imposible. Jamás en los últimos once años ha salido del sanatorio. Lo tenemos vigilado veinticuatro horas al día, todos los días, sin permiso de salir. Así es el protocolo para todos los pacientes con trastornos violentos.

—Claro, es lo que pensé. La verdad, creemos que podría tratarse de un imitador, o quizá una especie de aprendiz. ¿Sabe usted qué tipo de contacto tiene Muñoz con el mundo afuera? ¿Hay alguien que lo visita, alguien con quien habla?

—Hmmm —contestó el doctor, atusando su barba canosa mientras pensaba—. Hace años que no recibe a ningún visitante, ni siquiera su padres vienen a verlo ya. Es como si el mundo lo fuese olvidando poco a poco… Aunque sí que habla con un hermano por teléfono de vez en cuando, diría que una vez cada una o dos semanas. Pero escuchamos algunas de las llamadas de manera aleatoria, nunca hemos notado nada fuera de lo normal. Aparte de eso, sólo tiene contacto con los propios empleados de esta clínica, ni siquiera tiene acceso a internet. Así fue la recomendación después de su sentencia, hemos limitado su contacto con el mundo afuera precisamente por el tema que ha mencionado usted. A veces, los asesinos en serie pueden llegar a ser bastante… influyentes.

—Bien. Igual, me gustaría hablar con él directamente, a ver si tiene alguna idea de lo que podría estar pasando. ¿Se puede, doctor?

El loquero frunció el ceño otra vez.

—La verdad, veo imposible que se haya involucrado en nada. Como dije, no habla con nadie aparte de nosotros, y no tengo la menor razón para sospechar de nadie en mi equipo. Los conozco a todos personalmente.

—Entiendo, Doctor. Pero créame, esto no puede ser una coincidencia. Todas las víctimas tenían rasguños de uñas y mordeduras humanas infligidas post mortem. Me rehúso a creer que otro chalado haya decidido imitar esa mierda sin un poco de inspiración. ¿Me explico?

—Perfectamente… —respondió el psicólogo, solemne —. Muy bien, sígame —continuó, levantándose del escritorio y extrayendo un teléfono de su bolsillo. Marcó un número y llevó el dispositivo a su oreja:

—Hola Jordi, ¿qué tal?

Respondió una voz metálica y aguda, el volumen estaba demasiado bajo para que Rafa entendiera.

—Oye, necesito que me hagas un favor. Hay un policía aquí que quiere hablar con el Sr. Muñoz, ¿nos vemos en frente de su habitación? Y trae unos sedantes, ¿vale?

La voz contestó algo, pero Rafa sólo escuchó estática.

—Es uno de los celadores —explicó el Dr. Alonso al colgar—. No creo que los medicamentos harán falta, pero más vale prevenir que lamentar, ¿verdad?

—Claro…

Rafa cogió su maletín y los dos hombres prosiguieron a marchar una vez más por el largo corredor, internándose en un laberinto de pasillos de paredes blanquísimas e inmaculadas.

—Oiga, Inspector, ¿y qué más sabe del paciente? ¿Ya le han explicado la naturaleza de su situación… delicada?

—Pues… si lo llaman el hombre pájaro, por algo será, ¿no? —contestó el policía, reprimiendo una risa.

—Desde luego que sí… —contestó el Dr. Alonso, serio como una lápida—. El Sr. Muñoz sufre de trastorno de identidad disociativo. Es decir, hay dos personalidades distintas que habitan un mismo cuerpo, o al menos de eso está convencido el paciente. Una de ellas es la de Pablo, agradable y tranquilo, aparte de unos episodios de ansiedad recurrentes. Pero la otra… le ganó el apodo mediático que usted ya mencionó.

—¿Es en serio? Perdón, pero no me joda. Eso me suena a puras chorradas inventadas por su abogado para aligerar su sentencia. No existen los pájaros humanos, que yo sepa.

—Veo que usted lleva poco tiempo con el caso —repuso el psicólogo, irritado —. Se desconocen las causas exactas del trastorno, pero diría que es un mecanismo de defensa, probablemente producto de algún trauma severo de su pasado. La transición se desencadena cuando Pablo se siente amenazado, especialmente cuando se menciona el tema de los asesinatos por los que fue acusado. Sufre dolores de cabeza agonizantes, y el cambio de personalidades le ocasiona lagunas de memoria, una especia de amnesia selectiva: Pablo no se acuerda de lo que hace su otro yo.

—Vaya coartada —soltó Rafa, sarcástico.

—Créame, lo hemos probado mil y una veces. Es increíble, un fenómeno más extremo que nada que he visto en los treinta y dos años de mi carrera… La otra personalidad no tiene nombre propio, al menos no lo he averiguado hasta la fecha, Pablo sólo se refiere a su otro yo como «Él» con e mayúscula. Cuando Él está al mando, tiene un comportamiento peculiar, a veces violento, como el de un animal que se siente amenazado. Hasta pierde la facultad del habla.

—Ajá —respondió Rafa, escueto —. Ya veré, supongo.

—Eso sí —terminó el psicólogo, parando en frente de una puerta igualita a las otras cien que habían pasado. Ahí los esperaba un muchacho fondón vestido con un chándal blanco. En una mano traía una jeringa enorme, tamaño mataelefantes; el acero de la aguja relucía en la luz fluorescente, amenazante.

—Hola, Doctor —croó el tipo. Su voz no era precisamente… normal.

—Hola, Jordi. Puedes guardar eso por ahora —dijo el psicólogo, indicando la jeringa rebosante de un líquido turbio—, sólo queremos hablar con Pablo.

—Como usted diga —obedeció el celador, apartándose de la puerta con cierta reticencia.

—Gracias —respondió Alonso, abriendo el seguro grueso de la puerta —. Sólo espera aquí afuera, por favor. No quiero asustar al Sr. Muñoz antes de nuestra charla de amigos…

El tipo gruñó algo parecido a un sí.

Alonso empujó la pesada puerta, abriéndola con un chirrido sostenido. El inspector entró después del doctor, echándole un rápido vistazo a la habitación. Las paredes y el suelo eran acolchados hasta el extremo, como en las pelis. Los cuadrados blanditos y blancos como la nieve formaban una cuadrícula que cubría cada centímetro del lugar, incluso en el techo —no podían permitir saltitos peligrosos, ¿verdad?—. Adosado a una pared había un colchón en el piso, adornado con un bulto de sábanas. El paciente estaba sentado sobre la cama con las piernas cruzadas, mirando fijamente algún punto indeterminado de la pared adyacente.

Mirando hacia la nada.

—¿Pablo Muñoz? Soy el inspector Rafael Marcos, tengo unas preguntas para usted.

Nada.

No reaccionó en lo absoluto.

—¿Pablo, me escucha? —preguntó el policía, acercándose con cuidado al camastro, despacito.

Joder, ¿por qué siempre quieren jugar a esto?, pensó Rafa, caminando de mala gana hacia el hombrecito de melena greñuda, inmóvil como una estatua de mármol. Estaba de espaldas. No veía su cara, no vio el destello raro en sus ojos…

—¿Me escuchas, Pablito? —repitió el policía, encabronándose un poco. Seguía avanzando, pasito a pasito. Levantó una mano, estaba a punto de tocarle el hombre cuando…

—¡Pablo! —ladró el doctor, con el tono autoritario de un entrenador alemán—. Tienes una visita.

Frufrú. El bulto de sábanas se agitó, y de pronto el inspector se topó con la cara pálida del chiflado, que le miraba fijamente con sus ojos pequeños y oscuros.

—Perdón, no los he escuchado entrar —pronunció Pablo, cuyo rastro no acusaba emoción alguna. Tampoco pestañeaba.

No los he escuchado, mis huevos, pensó el policía.

—Soy el inspector Marcos. Sólo quiero hacerte unas preguntas, si no estás demasiado ocupado…

—Creo que tengo el tiempo —respondió Pablo, algo distraído.

—Perfecto…

En el centro del cuarto había una mesa de goma con todos los bordes redondeados, al parecer para imposibilitar que nadie se lastimara dando cabezazos. El policía se acercó y arrimó la única silla del cuarto.

—¿Algo más que quiere agregar antes de que empecemos? —preguntó Rafa, refiriéndose al psicólogo.

—No, nada. Haga como si no estuviera aquí, sólo voy a observar.

Rafa asintió con la cabeza y se sentó en la mesa. Pablo no se movió. Ni un ápice.

El policía carraspeó.

—Dime, Pablo, ¿has visto las noticias últimamente?

El hombre estatua negó con la cabeza. Despacio.

—Qué curioso. Porque yo sí, y creo que te interesaría. Mucho.

Silencio.

—Mira, ha habido unos asesinatos en el pueblo. Dos chicas y un muchacho. Es extraordinario porque me recuerda mucho a algo… Me recuerda a ti, para ser preciso. Algo en los detalles, algo en su naturaleza… Es como si lo hubiera hecho un animal. ¿Quieres ver?

—No —fue todo lo que articuló Pablo, con la mirada ida. Parecía prestarle la misma atención al policía que le pondría a un mosquito que revoloteaba sobre su cabeza.

—¿En serio? Bueno, ya tendremos tiempo para eso. Por cierto, el buen doctor me contó que hablas a menudo con tu hermano. ¿Cómo se llama?

—Raúl.

—Ah, Raúl, me gusta ese nombre. ¿Oye, y de qué hablas con él? ¿Del fútbol? ¿De las nenas? ¿De mis putos cojones?

—Con todo el respeto, Inspector —intervino el psicólogo—, no creo que sea el tono adecuado, ni que sea útil hablarle así. Pablo es más frágil de lo que parece. Hay que tener un poco de tacto con él, ¿vale?

Rafa suspiró, fastidiado.

—Vale, vale. Volvamos a empezar…—dijo el policía, volviendo a encarar al sospechoso—. Por casualidad conoces a la empresa Ixitec? ¿Te suena el nombre de algo?

Pablo pestañeó.

—¿No? Pues es curioso, porque todas las víctimas trabajaban en esa misma empresa. ¿Y sabes qué? Resulta que es un subsidiario de Digitálica Salud, ¿y de qué conocemos a esa empresa, Pablito?

Ganas de bostezar se dibujaron en el rostro del interrogado.

—¡Ah! Ya me acuerdo, ahí currabas tú antes de tu pequeño incidente aviar. Era un curro de mierda, ¿verdad?

El doctor hizo un amago de chistar, pero no dijo nada. Rafa se atusó el bigote y continuó:

—¿Tienes hambre? Yo sí. ¿Te importa si me como algo rápido?

Cogió el maletín al lado de sus pies, poniéndolo sobre la mesa y abriendo los cierres con un chasquido seco. Extrajo una bolsa de plástico, que envolvía un bulto grasoso. Metió la mano dentro y extrajo algo:

Una alita de pollo.

—¿Quieres? —preguntó, ya hincando los dientes en el suculento trozo de pollo asado. Batió la mandíbula con cierto brío.

Pablo negó con la cabeza. Su expresión neutra daba paso paulatinamente a un ceño fruncido. Se mordió el labio casi imperceptiblemente.

—¿Qué es todo esto, Inspector? —interrumpió el doctor—. Con todo respeto, me parece una burla.

—Ya. ¿Y los asesinos en serie son todos unos angelitos educaditos también, no? —gruñó el policía con sorna—. Sólo quiero que me hables, Pablo. Que hagas algo, por Dios. ¿Por qué sólo me miras así, sin decir nada? ¿No te importan las muertes?

Pablo se rascó el codo. Un atisbo de nerviosidad. ¿O era enojo?

—Te importan una mierda las víctimas, ¿es eso? Pues veamos si estas fotos te ayudan…

De otro compartimento del maletín sacó unas fotos grotescas. Había mucho rojo. Eligió una al azar y enunció:

—Emilia Moya, 23 años. Programadora estelar. La encontraron muerta en su apartamento, los ojos extirpados. A mano —Puso la foto nauseabunda en la mesa, eligió otra y continuó—. Juan Gallardo, 27 años. Muerto en su casa, el perro también. Encontraron sus dedos envueltos en una servilleta, y no, no estaban unidos a su mano. Se le habían sido arrancados a mordiscos… Rebeca Aranda, 31 años. Atada a una silla y asfixiada. En lugar de orejas, tenía unos hoyitos sangrientos, como si fuese una puta foca. ¿Te dice algo?

Pablo tragó nervioso, gruñendo algo incomprensible. Examinaba las fotos de reojo.

—¿No? Pues qué pena, pensé que te haría recordar algo… Ah, ya sé, así encontraron a tus tres primeras víctimas, ya me acuerdo. Los cadáveres estaban igualitos, incluso los encontraron en el mismo puñetero orden. ¿Cómo te hace sentir? ¿Cómo te hace sentir, ver estas muertes otra vez? Quieres perfeccionar tu obra maestra, ¿es eso?

Pablo se inquietaba en la cama. Una expresión de angustia y enfado añejo se apoderaba poco a poco de su rostro, como agua hirviendo en una olla.

—¿Te gusta hacer a la gente sufrir? ¿Eh, puto psicópata de mis cojones?

Pablo se agitaba aun más, mordiendo más fuerte su labio inferior para reprimir un grito.

—¿O más bien te suda la polla? Conozco tu tipo, sé que te importa un carajo lo que siente la gente, sólo quieres continuar haciendo tu «arte», tu obrita de mierda.

Pablo se sobaba la frente, acusando un dolor fuertísimo de la cabeza.

—¡Pare! ¡Pare! —chilló el hombre desde la cama, pálido como la parca.

—¡¡Ya basta!! —bramó el psicólogo—. Le advierto que debe parar esta farsa ahora mismo, por su propio bien, inspector. He tolerado este comportamiento impetuoso hasta el momento, pero es obvio que el paciente no lo puede soportar más. Si continúa así será un peligro tanto para sí mismo como para nosotros.

—Aún no termino, Doctor —repuso Rafa, sin dejar de mirar fijamente a Pablo. Tenía clarísimo que para sonsacarle información útil, tendría que charlar con su amiguito invisible que tenía escondido en el coco—. ¿Qué tenían en común estas víctimas? Aparte de un mogollón de cloroformo en su cuerpo. Una manera bastante cobarde de secuestrar y matar a alguien, ¿no te parece, Pablito?

Rafa agitaba las fotos cruentas en frente de las narices del paciente, cuyos gritos dieron paso a unos graznidos horripilantes. Algo en su mirada ya no era… humano. Se colapsó sobre el piso acolchado, retorciéndose como una serpiente electrocutada con una corriente de cien voltios.

—Ya. Viennnneeee —bufó desde el suelo.

—¿Quién? ¿Quién viene? —preguntó Rafa.

—Éeeeel.

Aunque fuera la meta de Rafa desde el principio, no le iba a gustar lo que sucedió después.

¡Blam! El celador irrumpió en la cela, embistiendo la puerta con un fuerte empellón del hombro. Blandía la jeringuilla, filosa como un estilete.

—¡Corre! ¡Ayúdame a sujetar al paciente! —ordenó el doctor, chillando. El celador no tardó en obedecer, precipitándose sobre el paciente como un gorila que juega al rugby, inmovilizándolo con el peso aplastante de su pierna. Pero cuando extrajo el sedante y estaba a punto de inyectarle una dosis suficiente para dormir a un elefante, el policía se interpuso y detuvo su brazo con toda su fuerza:

—¡¡No!! ¡No he terminado con él!

—¡¿Está loco?! —respondió el doctor, atemorizado— Usted no tiene ni idea de lo que es capaz en este estado.

—Ya me hice una idea, doctor —espetó Rafa—. Dime, Pablo, ¿con quién estás hablando? ¿Quién te está ayudando?

—Pablo no esssssstá —siseó el ente que antes era Pablo. Daba escalofríos escuchar esa distorsionada voz de pesadilla. Era demasiado ronca y grave para provenir del mismo hombrecito que momentos antes parecía tan callado y flemático. Te penetraba, como un gusano que horada por las tripas de un cadáver.

Rafa no sabía qué hacer. Qué decir. Coño, era verdad lo que habían dicho en los noticieros. Desesperado por algo de información, alguna pista, algún hilo del que tirar, preguntó:

—¿Ya te acuerdas de lo que hiciste, cabrón? ¿Tienes algo que decirme? Me cago en la puta, si no me dices una jodida palabra que me sea útil, ¡¡te juro que te daré mil hostias!!

El energúmeno batió sus fauces, tensando el cuello hasta hinchar las venas y ladeando la cabeza como un buitre desquiciado. Intentaba morder a alguien, a quién sea, y aleteaba alocadamente con los brazos en un vano intento de liberarse de sus captores. Sus pupilas se dilataron, grandes como monedas. El celador ejerció más presión sobre su pecho con una pierna rolliza, apenas dejándole respirar. Cada vez menos oxígeno le entraba a los pulmones. A la sangre. Al cerebro. Por fin resignándose, Él graznó una sola palabra:

—Granjjjjjjja.

Y con eso, se desmayó.

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